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Cubierta de 'El Gran Inquisidor'

Cubierta de 'El Gran Inquisidor'Alianza

'El Gran Inquisidor' o la más cristiana de las acusaciones ateas

Dostoyevski se supera con una leyenda sintética sobre el ateísmo y la libertad que incide en lo más profundo del drama humano

«Nada hay más seductor para el hombre que la libertad de su conciencia, pero nada hay tampoco más atormentador». Esta y otras muchas sentencias de hondura semejante son las que encontramos en El Gran Inquisidor (1880), novela breve pero definitiva en la obra del gran Fiodor Dostoyevski (1821-1881). Escrito un año antes de su muerte, este relato es una síntesis magnífica de los temas más profundos y recurrentes tratados por el autor ruso a lo largo de toda su producción novelística.

Cubierta de 'El Gran Inquisidor'

Traducción de Augusto Vidal
Prólogo de Iván García Sala
Alianza (2021). 136 páginas

El Gran Inquisidor

Fiódor Dostoyevski

A los lectores de Los hermanos Karamazov les resultarán familiares Ivan y Aliosha. La presente novela se abre con un diálogo marco entre estos dos hermanos: el primero, ateo; el segundo y menor de los hermanos, monje novicio. No es una secuela de la anterior, sino que, realmente, El Gran Inquisidor habría de insertarse en esta. Su contenido, anunciado en el coloquio inicial, es de hecho el texto que el mayor proyecta escribir: una conversación entre el Gran Inquisidor y Cristo, que hace su aparición en la Sevilla del s. XVI.

Se trata de una venida ficticia de Cristo, pues en absoluto quería el ruso hacer elucubraciones o anticipaciones de la parusía prometida al final de los tiempos. Es Cristo quien desciende y se persona, pero no sabemos de su presencia más que por las apelaciones que el Inquisidor, interlocutor único, le dirige como una suerte de monólogo. Ese Cristo que en la primera Pascua callaba y no abría la boca, parece presentarse ante un Pilato moderno, más exigente que aquel romano, que saca punta a sus actuaciones y cuestiona el mensaje evangélico. A diferencia del que preguntó por la verdad, el Gran Inquisidor parece tan formado como el mejor de los seguidores del Maestro.

En medio de una Europa ansiosa de libertad y anhelante de una vida más feliz, Ivan plantea el antagonismo felicidad-libertad. ¿Se puede ser feliz siendo libre? o ¿trae la libertad su propia condena? Esta es precisamente una de las mayores acusaciones que el juez reclama al Cristo silente. Increpándole, le cuestiona por qué quiso venir a «estorbar» a la humanidad; indignado, le recrimina su mirada dulce como única respuesta a sus acusadoras palabras.

¿Acusadoras? Ivan creía estar haciendo el mayor de los alegatos contra Cristo, pero el resultado es bien opuesto a ojos de su hermano: «Tu poema es una alabanza a Jesús y no una afrenta… como tú querías». También Nikolai Berdiaiev en su comentario crítico manifestará su sorpresa: «Es asombroso que la Leyenda, en sí un elogio de fuerza desmesurada a Cristo, se ponga en boca del ateo Ivan Karamazov». No obstante, esta aparente contradicción de objetivos es para Von Balthasar una manifestación evidente: Ivan ha logrado formular «el único argumento u objeción de peso contra el cristianismo».

Dicho esto, lo que se anunciaba como una historia sencilla es de profundo calado. A ello contribuye la estructura narrativa, también compleja, que, con su juego de narradores, anticipa los recursos innovadores de la novela moderna. Y, ¿qué decir del género? Nos hemos referido a él como cuento o novela breve, pero Ivan Karamazov habla en realidad de un poema… ¿un poema narrativo? Indudablemente, el tono y los temas tratados bien podrían ser épicos. De hecho, comúnmente, se la conoce como «la leyenda del Gran Inquisidor». Por otro lado, el extenso monólogo que constituye el cuerpo principal de estas páginas nos descubre a un novelista excepcional. André Gide destaca que, a diferencia de otros escritores realistas que abundaron en las relaciones humanas, Dostoyevski se ha superado al relatar de modo excelente las del ser humano consigo mismo o con Dios.

Henri de Lubac, que tiene a Dostoyevski por profeta en medio del drama del humanismo sin Dios, exclama sin dudarlo: «¡Cuánta luz arroja sobre nuestra naturaleza todo este desdoblamiento que Dostoyevski multiplica como para obligarnos a ver, bajo apariencias excepcionales y anormales, la ley demasiado real de nuestro propio corazón!»

Así es, las dudas y el drama ateo son legítimos, y uno se descubre escuchando las preguntas como si de pronto brotaran de lo profundo de las propias entrañas. Dostoyevski, tan lejano en el espacio y en el tiempo, parece entonces sorprendentemente cercano a los entresijos del corazón del hombre. Con razón Stefan Zweig reconoció en él al «mejor conocedor del alma humana de todos los tiempos».

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