Cubierta de 'La sorpresa'
Chesterton vuelve a sorprender
Teatro en clave de Sorpresa que deja boquiabiertos ante el ingenio chestertoniano
Astuto como pocos, ingenioso siempre, habría sido fácil augurarle grandes éxitos de haber elegido hacer carrera como dramaturgo. No obstante, este gigante de las letras inglesas, al que tanto le gustaban las sorpresas, nos sorprende con tan solo tres piezas teatrales. La Sorpresa ni siquiera llegó a publicarla en vida, menos a sacarla a escena. Escrita en 1930, con pocas o ninguna pretensión, no halló reconocimiento hasta años después de la muerte del autor.

Traducción y prólogo de Enrique García-Máiquez. Ediciones Ulises (2014). 132 páginas
La Sorpresa
La obra teatral que tenemos entre manos sorprende en todos los sentidos. La Sorpresa no es una sola, sino más bien toda ella, por eso, no por casualidad, es mayúscula. Y es que quién mejor que G. K. Chesterton para dejarnos boquiabiertos. Siempre con el dardo en la palabra, armado de audacia y dispuesto a inyectar una pregunta, escribiera lo que escribiera, el mago del lenguaje no defrauda. Muy al contrario, se corona de mérito: el de tratar lo complejo de manera sencilla brindando entretenimiento a base de cuestiones existenciales.
Entre ellas, el asunto de la libertad sale a escena de manera magistral. Como ya advirtió en Ortodoxia, muchos filósofos sostienen que Dios esclavizó el mundo al crearlo, mientras que el cristianismo habla de un acto libertador ligado a la creación. En este sentido, Chesterton añade: «podemos decir que Dios, más bien que un poema, había escrito un drama; un drama que había planeado como cosa perfecta, pero cuya representación quedaba confiada a los actores y directores humanos, quienes, desde luego, lo destrozaron». He aquí una síntesis perfecta de lo que el inglés plasma en La Sorpresa.
Dos actos, ocho actores, una indicación inicial imprescindible: a excepción del fraile franciscano y del autor, el resto de personajes aparecen como marionetas en la escena I del primer acto, y como seres humanos a partir de la escena II del mismo acto. Son, aparentemente, dos historias de amor cruzadas que se intercalan con las reflexiones de un autor y un fraile. ¿Nada más? Y nada menos. Los personajes, simples marionetas al inicio, custodian un anhelo que los supera: «quieren la sorpresa. No les basta lo suficiente ni les calma la seguridad». Sabedor de este grito del corazón, el autor se suma al anhelo: «quiero que sean y no que hagan. Quiero que existan». Así, solo así, permitiendo que se escapen de sus manos y que sean fuera de él, gozarán de «voluntades propias», pues merecen vivir.
Paradójicamente, la libertad no puede entenderse sin la obediencia. Bien lo sabe María, amiga de la princesa de Garfañana. Declara con vehemencia que la desobediencia no es condición para la libertad e ilustra su explicación con la imagen de las monjas de rostros alegres y obedientes «encerradas» en sus claustros.
Al asumir esta libertad tan específicamente humana, los personajes habrán de enfrentar el reto de la tentación. Aquel que clamaba Ovidio en su «Video meliora proboque» y del que se reconocía víctima San Pablo cuando hacía el mal que no quería y no obraba el bien que deseaba (cf. Rom 7,19).
Se trata, por tanto, solo en apariencia, de una típica historia de amor medieval que deviene sumamente alegórica para culminar como auto sacramental. Breve pero inmensa al mismo tiempo, en sus páginas hay cabida para múltiples sorpresas. Parece que la brevedad de la obra y su sencillez se deben a que todo remite a algo más alto, más grande, tanto que solo puede ser entendido, o al menos atisbado, fuera de la obra misma. Es el gran valor del «meta-» (μετά), el prefijo griego que apunta al «más allá».
Para ir más allá de lo dramático, Chesterton se sirvió de la misma lanza que Pirandello para romper la cuarta pared e introducir al autor en la reflexión acerca de la existencia y concepción de sus personajes. La creación artística y la labor del poeta dan sentido a toda la obra. «Los poetas nunca decimos la verdad salvo cuando la cantamos en fábulas». Algo tienen las historias para ser los mejores cofres de los tesoros mayores.
La propuesta dramática chestertoniana es, por lo tanto, una aconsejable oportunidad de adentrarse en el misterio. Humor, inquietud, reflexión, desconcierto, deleite y una gustosa expectación que augura La Sorpresa. Sin ánimo de desvelar su objeto diremos, tan solo, que el lector no se verá decepcionado. Terminará dando la razón a Enrique García-Máiquez, gran amante de Chesterton y eterno sorprendido, cuando afirma «Gilbert Keith Chesterton me ha deparado, a lo largo de mi vida de lector, incesantes sorpresas. No hay una página suya que no ofrezca una como mínimo».