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Cubierta de 'La RAE para lectores curiosos'

Cubierta de 'La RAE para lectores curiosos'Almuzara

La dueña del retrete y otras cosas del decir

María José Solano escribe un ensayo ágil y bien surtido de anécdotas sobre la Real Academia Española desde su origen hasta el presente

Sí, intrigado lector, admito que he puesto al título de esta reseña un poco de cebo para el clickbait, palabra que la Academia no recoge (¿por ahora?) en su diccionario. Ya que ha picado, si quiere saber cuál era el cometido de esa dueña del retrete, consulte usted el capítulo «Palabras viajeras», sobre los cambios de significado a través del tiempo, en La RAE para lectores curiosos. Vinculada a ella laboralmente durante muchos años, María José Solano, historiadora del arte, periodista y escritora, le explica a su hijo, y por extensión a quienquiera que tenga interés, los orígenes, el funcionamiento, los hitos, mitos y ritos de la institución, en este ensayo sencillo y desenfadado, con el gracejo sevillano de la autora.

Cubierta de 'La RAE para lectores curiosos'

Almuzara (2026). 200 páginas

La RAE para lectores curiosos

María José Solano

Aparte de prólogo, epílogo y un «Anexo biográfico poco académico», el libro se compone de cuarenta y seis capítulos, breves y a veces brevísimos, guiño a la cifra total de académicos de número: justo esa, cuarenta y seis. Varios capítulos ofrecen de modo consecutivo y tácito continuidad en el tema, antes de saltar a otro bloque en que el contenido varía, siempre de forma abierta. Los primeros repasan la fundación de la RAE en 1713, tomando como modelo instituciones que ya existían en Italia y Francia, y van recorriendo las distintas sedes hasta el establecimiento en el edificio actual, tras su inauguración solemne en 1894. La autora nos hace una visita guiada por su interior.

Tras comentar cómo se gestaron y se desarrollaron dos empeños académicos formidables, el Diccionario de autoridades y el Quijote impreso por Joaquín Ibarra, nos sirve unos capítulos sabrosos por sus especiadas anécdotas. Trata en ellos de los dos supuestos retratos de Cervantes que custodia la institución, el atribuido a Alonso del Arco y el «falso Jáuregui», la reconstrucción museística de la casa de Lope de Vega y el increíble recorrido de un hueso que supuestamente perteneció a la cabeza del Cid. Ese fragmento de occipital viajero partió de San Pedro de Cardeña por obra y desgracia de los franceses, y recorrió media Europa antes de que Camilo José Cela gestionara su retorno para que don Ramón Menéndez Pidal pudiese tenerlo en sus venerables manos por su nonagésimo noveno cumpleaños (¡me quito el cráneo!). Al Cid en gran medida lo había desenterrado él, pero en el buen sentido.

Continúa el libro desvelando cuestiones internas de la Academia, con información sobre los sillones y el perchero (ay, ese perchero con lugar asignado nominalmente, donde cada vez que muere un académico se desplazan todos los nombres un puesto hacia el abismo…), las sesiones de los jueves, el procedimiento de elección de nuevos miembros y el desarrollo de la toma de posesión. Solano alterna las explicaciones generales con los casos históricos concretos. Un episodio reconfortante que demuestra la independencia de la RAE es el mantenimiento, bajo la dirección de José María Pemán entre 1938 y 1947, época difícil, de las vacantes causadas por el exilio de varios académicos.

Con esa estructura libre, pasa a tratar después la importancia del vínculo panhispánico a través de la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE). Tras glosar sus logros, vienen luego las mujeres que intentaron acceder a la RAE sin conseguirlo, y las que han llegado desde el ingreso de Carmen Conde en 1979. Poca gente sabe que hubo una académica honoraria en época de Carlos III, María Isidra de Guzmán, que accedió a esa dignidad con solo diecisiete años. Tras hacer un repaso a los diversos diccionarios de la RAE y a sus métodos de elaboración, a la Ortografía, a la Gramática y a la colección de clásicos lanzada en los últimos años, la autora destaca algunos de los tesoros bibliográficos que se hallan en las bibliotecas y en la cámara acorazada del edificio de la calle Felipe IV.

El último capítulo, que no podía faltar, se titula «La Academia y sus odiadores». Desde que se fundó, ha sido una institución polémica por distintas razones. Entre otras, una esencial: que maneja una realidad viva, la lengua. Y, como criatura viva que es, parece que aún hay dudas –esto no se plantea en el libro, sino que es la reflexión de uno– acerca de la actitud que la RAE debe adoptar respecto a ella, a la lengua, si la del taxónomo que se limita a clasificar lo que ve, o la del amaestrador que enseña al animalito a comportarse. El eterno dilema entre lo descriptivo y lo prescriptivo. De esa indefinición conceptual entre quienes se dedican a definir conceptos provienen tantos malentendidos hasta el día de hoy.

En el epílogo habla Solano del vínculo de la Academia con sus editores, señaladamente con Espasa Calpe, que ya ha cumplido el siglo, y termina destacando la importancia de la Fundación del Español Urgente (Fundéu), impulsada por la RAE y la Agencia EFE, para resolver las dudas acuciantes de quienes emplean la lengua sobre todo con proyección pública. Encuentro en la web de la Fundéu una información que me sirve para darle a esta reseña el trazo circular. En una encuesta planteada entre sus usuarios hace ya unos cuantos años, el término más votado para sustituir el anglicismo clickbait fue ciberanzuelo, seguido de cibercebo. Ya que ha tragado este, lector curioso, pique en el libro, que es ameno e instructivo. No se le va a atragantar.

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