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Cubierta de 'Hacia una cultura de la paz'

Cubierta de 'Hacia una cultura de la paz'Dykinson

'Hacia una cultura de la paz': la concordia como proyecto filosófico y cívico

En un ecosistema intelectual frecuentemente dominado por la deconstrucción sistemática, el análisis descarnado de la conflictividad y una polarización geopolítica constante, la última propuesta de la pensadora y profesora María Teresa Cid se erige como un verdadero oasis de lucidez y rigor conceptual. Su reciente obra, Hacia una cultura de la paz, editada con sumo cuidado por Dykinson, se aleja radicalmente de los manifiestos ingenuos o de las meras colecciones de buenas intenciones bienhechoras a las que nos tiene acostumbrados cierta literatura actual. Se trata, por el contrario, de un examen filosófico y antropológico profundamente enraizado en la tradición, que busca cimentar y diseccionar las verdaderas bases de la convivencia humana.

Cubierta de 'Hacia una cultura de la paz'

Dykinson (2025). 204 páginas

Hacia una cultura de la paz

María Teresa Cid

El volumen cuenta, además, con un lúcido y necesario prólogo a cargo de Juan Carlos Jiménez, quien enmarca a la perfección la pertinencia y urgencia de esta publicación en nuestro tiempo. Como bien sugiere el texto introductorio del profesor Jiménez, la obra de Cid no supone una concesión al pacifismo de salón ni a la utopía fácil, sino que representa una lúcida interpelación a nuestra responsabilidad cívica. Avalada por este brillante preámbulo, la autora despliega su tesis con el pulso firme de quien conoce a la perfección las corrientes del humanismo cristiano y del personalismo. Diagnostica así las graves patologías de nuestra era para ofrecernos una hoja de ruta esperanzadora para la reconstrucción del tejido social. El mensaje es claro: la paz no es, como pensaba la tradición clásica más contractualista, la fría y simple ausencia de un conflicto armado.

En el imaginario colectivo de las sociedades occidentales modernas, hemos incurrido en el error de convertir la paz en un mero trámite técnico. Hoy tendemos a delegar la gestión de la concordia en las macroinstituciones políticas, los tratados internacionales o los equilibrios económicos. Sin embargo, la autora advierte que este formalismo externalizado vacía a la paz de su esencia moral y de su contenido sustantivo, reduciéndola a una tregua inestable sujeta a voluntades mudables e intereses pragmáticos. Cuando la paz pierde sus raíces antropológicas, queda irremediablemente a merced del relativismo cultural y del utilitarismo descarnado. La sacralización de las puras formas legales, desprovistas de una conversión interior genuina y de un compromiso con la verdad, provoca una profunda anemia cívica y un individualismo atroz que empobrece el debate público.

Frente al individuo aislado, autosuficiente y atomizado que promueve la modernidad tardía —ese sujeto clausurado en sus propios derechos negativos y completamente desvinculado de su responsabilidad comunitaria—, el ensayo de Cid reivindica que somos seres constitutivamente relacionales. La verdadera paz, entendida en su vertiente positiva, no es una simple «libertad de» ser molestado por el otro, sino fundamentalmente una «libertad para» cohabitar, construir proyectos conjuntos y amar en verdadera comunión con el prójimo.

En plena era de la denominada «posverdad», la democratización de la opinión efímera y el emotivismo moral, uno de los pilares más valientes y contundentes del libro es su defensa inquebrantable de la verdad objetiva. Cid lanza una advertencia que resuena a lo largo de todas sus páginas: no existe paz verdadera si esta se construye sobre la mentira, el ocultamiento o el relativismo escéptico. El diálogo racional colapsa por completo cuando la verdad se diluye en un océano de narrativas equivalentes donde solo impera la ley del más fuerte o del más viral. A esta problemática se suma la alarmante crisis de autoridad legítima. En una sociedad que confunde constantemente la autoridad con el autoritarismo violento, hemos arrinconado a aquellos referentes morales, sapienciales y de ejemplaridad que son indispensables para guiar a la comunidad y custodiar la memoria histórica. Sin estos guías, la sociedad civil se desorienta, abriendo de par en par la puerta a la demagogia.

Afortunadamente, la profesora Cid no se instala en la abstracción ni en el lamento estéril, sino que desciende a la realidad orgánica para señalar dónde se libra verdaderamente la batalla por la concordia. La respuesta radica en revitalizar urgentemente las instituciones intermedias, con una protagonista absoluta en la cúspide: la familia, núcleo vital e irreemplazable de la ecología humana. En el hogar es donde el ser humano experimenta, por primera y definitiva vez, el amor incondicional y gratuito, ajeno a los fríos contratos de utilidad económica mercantil. Allí se asimila naturalmente el abecedario de la reconciliación, el respeto a la autoridad, el cuidado de los más débiles y la gestión pacífica de las diferencias. Por ello, concluye la autora, una sociedad que descuida, debilita o ataca deliberadamente a la institución familiar se incapacita a sí misma de manera crónica para generar ciudadanos verdaderamente pacíficos.

Como broche a esta propuesta integral, el libro despliega un valiosísimo enfoque pedagógico. La cultura de la paz no se impone por decreto-ley, sino que debe ser sembrada y cultivada en los corazones de las nuevas generaciones mediante una educación integral para la virtud. Cid clama por una necesaria revalorización de las humanidades en las aulas, advirtiendo que un sistema educativo centrado exclusivamente en el éxito económico individual acaba produciendo profesionales eficientes, pero «analfabetos emocionales y morales» incapaces de velar por el bien común. Hacia una cultura de la paz se convierte, en definitiva, en una lectura imprescindible y en una advertencia profética. Frente a la gélida lógica del «te doy para que me des», nos insta a inyectar en la vida pública el don y la gratuidad, demostrando que la perenne aventura de la civilización todavía merece ser defendida.

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