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Cubierta de 'Mi planta de naranja lima'

Cubierta de 'Mi planta de naranja lima'Asteroide

Ser como niños junto a 'Mi planta de naranja lima'

Recuerdos de infancia en clave lírica para contemplar la realidad con los ojos de los más pequeños

Es la voz de un niño brasileño de cinco años. Le llaman Zezé y, aunque es pequeño, habla y da mucho de qué hablar. El niño es inquieto, vive en un barrio humilde del Brasil, su familia es pobre y su mejor amigo es una planta de naranja lima a la que llama Minguinho.

Cubierta de 'Mi planta de naranja lima'

Traducción de Carlos Manzano. Asteroide (2011). 208 páginas

Mi planta de naranja lima

José Mauro de Vasconcelos

Escribe un autor de Bangú, José Mauro de Vasconcelos, también brasileño, también pobre, también inquieto. Una pluma sensible que sensiblemente relata sus recuerdos de infancia y que consigue conquistar a quienes, desde 1968, se acercan a la sombra de esta planta de naranja lima. Junto a ella escucharemos los diálogos que un niño mantiene con el árbol de su jardín, al que considera su confidente a falta de la atención de sus padres. Estos sí están al quite cuando se trata de reaccionar a las ocurrencias del chiquillo, cada cual más dispar y original.

No obstante, Vasconcelos tiene el mérito de rebajarnos hasta tal punto a la altura de un chaval de cinco años que llegamos incluso a empatizar con sus ideas, sensaciones y «razonamientos». Desde sus zapatos llega a parecernos acertado hacer novillos para cantar y vender cuadernillos, asustar a los transeúntes con serpientes elaboradas con medias o agarrarse a la parte trasera de un coche para hacer de murciélago. Son juegos de niño, quién lo duda, pero este niño es especial. Ocurrente pero profundo y profundamente inteligente. Obligado quizá a madurar de manera precoz, azuzado por la vara de la precariedad, sus cinco años parecen doblarse o triplicarse cuando se trata de reflexionar acerca de lo que sus ojos observan y sus oídos perciben. Entonces, sus formas de actuar ante la pobreza del hogar o la falta de flores en el jarrón de la maestra, ya no son solo ocurrentes, sino de una delicadeza y hondura que emocionan. Aunque, pensándolo bien, ¿acaso no son estos detalles un fruto de la inocencia más pura de los pequeños?

De hecho, él mismo es consciente de que «mayores» y «tristes» son dos adjetivos que van de la mano y le pesa, aunque a la vez le entusiasma que el tío Edmundo le diga que ya va teniendo uso de razón. Estas y otras explicaciones son las que reclama a su experimentado tío. Será él quien le aclare que pronto ha de deshacerse de ese pajarito que canta en su interior aunque no se oiga, y que aquello de «hablar y verse por dentro» se trata del pensamiento. De Edmundo hereda también los nuevos vocablos que repite como puede e incorpora como sabe a sus intervenciones, dejando sorprendidos al resto de adultos. Las conversaciones con este miembro de la familia son magistrales y ponen la piel de gallina por la naturalidad tan sincera con la que el protagonista anhela conocer la verdad, entender el mundo y abrirse paso en la vida.

Pillo, precoz, corazón de oro, malo… Lo mismo da, Zezé solo desea jugar, conocer, crecer… y no se cansa de repetir «quiero ser sabio y poeta y llevar corbata de lazo». A sus cinco años, el muchacho está realmente cerca de conseguirlo. Sabio es: aprendió a leer sin que nadie supiera cómo, percibe lo que no se ve y aprende por todos los poros de la piel; es rápido, es ágil, es astuto, es muy inteligente. Y es poeta, pues poetas son casi todos los niños. Con lirismo explican los fenómenos más complejos de la manera más sencilla y bella; con fino arte transforman en tesoros las realidades que los adultos banalizan. Y qué decir de su intento de describir lo indescriptible por medio de las imágenes más sorprendentes que bien podrían ser metáforas de los grandes maestros de la poesía.

En definitiva, poco le queda a este niño pobre para alcanzar su sueño. Parece, de hecho, que solo le falta esa corbata de lazo que llevan los mayores. No crezcas Zezé, tampoco reniegues de tu sensibilidad. Con cada capítulo pretende Vasconcelos alargar este duro tránsito a la primera madurez. Un tránsito obligado cuando las condiciones familiares no son fáciles y ya desde niños protagonista y autor se vieron obligados a realizar trabajos de hombre.

Sin embargo, el tono no es pesaroso ni se percibe como un lamento, es más bien un canto, una oda a la infancia. Esa infancia que arranca sonrisas de rostros doloridos, provoca carcajadas a base de ocurrencias y hace de un árbol el mejor confidente, más aún si se trata de una planta de naranja lima.

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