Cubierta de 'Esculpir el tiempo'
'Esculpir en el tiempo': Andréi Tarkovski, maestro de maestros
Su cine consiguió el milagro de crear un espejo del alma. Lo que sentía y pensó nos descubre un nuevo camino a espectadores y cineastas
Hubo películas bellamente narradas que nos atrapaban. Podíamos empezarlas entre el salón y la cocina mientras hacíamos la cena, y adiós tortilla de patatas y «ábrete, Sésamo» a las ventanas para que salga pronto el humo. No importaba. Cada escena nos embelesaba como si fuéramos ratoncillos tras el flautista de Hamelín.

Rialp (2025). 274 páginas
Esculpir en el tiempo. Reflexiones sobre el arte, la estética y la poética del cine
Luego, está el erial del panorama actual. El mandarinato cultural controla la financiación, producción y distribución para tratar –sin éxito– de imponer qué debemos ver y pensar. Lo que sí han logrado es excluir al talento y ahuyentar a la audiencia.
Muy pocas películas se guardan en la memoria. Son escasas las imágenes creadas desde la belleza que permanecen; mucho menos, los puntos de vista de autores que nos inviten a la reflexión o abran nuevos horizontes al pensamiento.
Tal vez ahora sea tiempo de permanecer en cuarteles de invierno, y revisitar ese maravilloso cine clásico o esas series que nos cautivaron.
O quizás sea el mejor momento para retornar a la lectura –como monjes del medievo– para descubrir la esencia y recuperar ese cine trascendental que alimenta el espíritu.
Y de pronto, la aguja en el pajar. Buscando un libro para una nueva reseña, me encuentro con esta joya que marcó mi formación. Publicado en 1986, lleva superadas las veintidós ediciones en Editorial Rialp.
Pero, ¿quién fue Andréi Tarkovski? Para la legión de espectadores educados en la sensibilidad que aún no conozcan al autor ni su obra, Tarkovski (1932–1986) fue un director de cine y escritor ruso. Se le reconoce como uno de los más importantes e influyentes autores en la Unión Soviética, y uno de los más grandes de la historia del cine.
No estamos ante un cineasta raruno para cinéfilos esnobs o amantes de la impostura. Diez o quince grandes directores de la altura de Bergman, Bresson, Kurosawa, Antonioni o Fellini decían de su cine que era un milagro irrepetible con tan solo siete largometrajes y morir a los cincuenta y tres años en el exilio de París, poco antes del estreno de El sacrificio, su última película y testamento.
Tarkovski concibió el cine como tiempo capturado por la cámara, que en teoría puede ser reproducido hasta el infinito. Cualquier otra disciplina artística se desarrolla en el tiempo; una función de teatro o danza, un concierto, la pintura que contemplamos, pero esos instantes se pierden. El cine, al ser tiempo capturado y sellado, permite ser esculpido a través de las otras seis artes. Y en el montaje de la película formar con cada toma, escena y secuencia un mosaico de tiempos en donde puedan desarrollarse el resto de las disciplinas artísticas.
También es un mosaico, pero de ideas, este libro que no tiene la coherencia ni estructura propias de un texto escrito del tirón; es más un diario sobre su trabajo, su relación con el arte y la espiritualidad.
Cada página invita a ser leída en paralelo al visionado de su obra. Y vuelvo a ver su primera película, La infancia de Iván (1962), con la que ganó el León de Oro del Festival de Cine de Venecia. Y me veo atrapado porque sé que voy a volver a contemplar todas las películas del maestro que consiguió encontrar el valor único en la vida del ser humano: la bondad y ese amor humilde que todo lo perdona.
Capítulo tras capítulo, Tarkovski no solo expone cómo considera la escritura de un guion, la dirección de actores, el tratamiento del color, el montaje o el empleo de la música y el sonido. Tarkovski reflexiona sobre lo específicamente humano y sobre lo eterno que vive dentro de cada uno de nosotros. «El hombre ha olvidado su responsabilidad hacia sus propios principios espirituales».
Cuando se llega al epílogo del libro, tras visitar su última película, El sacrificio (1986), es difícil no sentir y darse cuenta de todo lo aprehendido de su sabiduría, para encontrar la esencia que descubre el alma en sus infinitas formas de vida. Ahí está la esencia del cine y el arte. Y ahí no hay inteligencia artificial que solucione la tarea.
Como dijo el gran actor Marcello Mastroianni: «cinema non è gran cosa», y debe ser cierto porque tras Tarkovski, cualquier película es; pues eso, chavalada buscándose la vidilla como buenamente puede. Pero no será siempre así.
Esta es la reseña que, maravillosamente, más esfuerzo me ha llevado escribir, y mayor gratificación me ha regalado; la de recuperar la ilusión con un arte que no va a morir, y la esperanza en una nueva cantera de cineastas gigantes y espectadores sensibles y exigentes. «Cinema, amore mio». Le deseo que disfrute de esta lectura, tanto como lo he hecho yo.