Cubierta de 'Pequeños paraísos'
'Pequeños paraísos': el espíritu de los jardines
Un bellísimo itinerario a través de la historia de los jardines, vinculados con la tradición y nuestros antepasados, como oasis de serenidad y cultura
En ocasiones, observar a esta sociedad cada vez más deshumanizada, tan agarrada a lo virtual y que cada vez se ocupa menos del tacto, de una caricia, te lleva a pensar en un futuro desalentador. Sin embargo, desde el tan hedonista mediterráneo, entre coros de cigarras y el canto de las aves, tan concienciado con el buen uso del agua, valoro y admiro a nuestros antepasados que construyeron acequias e idearon vergeles como espacios de resistencia en forma de oasis, de calma y serenidad. La belleza está más cerca de lo que imagináis.

Acantilado (2017). 176 páginas
Pequeños paraísos. El espíritu de los jardines
Desde un jardín mediterráneo, leo el bellísimo Pequeños paraísos. El espíritu de los jardines, de Mario Satz, donde entre tradición, diseño y frutos transmite más verdad que la realidad que vivimos. Este ensayo breve de Mario Satz, filólogo, traductor, poeta y novelista, conformado en quince capítulos, crece en hondura a cada página. Pleno de numerosas citas y personajes históricos que nos guían e ilustran generosamente por la historia de los jardines del mundo gracias a las buenas prácticas de nuestros antepasados. No están todos los paraísos perdidos... Los famosos jardines colgantes de Babilonia, el jardín griego, el jardín persa, el jardín chino y el jardín japonés son algunos de los espacios propuestos por Satz, que también dedica otros capítulos al «jardín del alma» o los claustros como regreso al origen. Recuerden a los cistercienses: «el claustro era la representación del jardín del Edén» –que enlaza con el sentido del claustro materno–, de ahí que rezar para los monjes era como volver al paraíso, a la pureza. No dude, amigo lector, que terminará viajando a su jardín venerado.
El jardín, como escribe Satz, está intrínsecamente conectado con el jardín del Edén, por lo que aquí hay más lectura de lo que adivinamos al inicio. Una comunión entre lo divino y lo terrenal de la naturaleza. El mejor antídoto contra la soledad y las esperas eternas, contra el agotamiento y el desaliento. Una generosidad de flores, un clamor de frutos frescos y un estallido de salvíficos colores. De ahí que un jardín nos genere tal atracción, porque en él se desarrolla la vida dotada del misterio que toda belleza atesora. Asimismo, entendemos ese jardín como reflexión cultural al aunar diseño, historia y naturaleza. Cuenta que los jardines de cada época son un reflejo de las inquietudes y anhelos del hombre de acuerdo con su mirada hacia el mundo.
Esa mirada humanista nos trae jardines de oriente como oasis acotados llenos de dátiles, naranjos... Pero, sobre todo, de jazmines: «quienes los cultivan, los huelen o simplemente contemplan atentos, se creen alejados de la desgracia al menos durante unas horas, minutos o instantes». Por algo la península arábiga se llamó la Arabia perfumada. El jardín griego, con la figura de Epicuro a la cabeza, recordándonos que «el sabio huye de las miserias del mundo, que nada ambiciona, sino mirar a la naturaleza para vivir feliz, tenía en el horizonte una higuera, algarrobos, miel y un mediodía de espejos que se pierden en el mar». La tradición de los sufíes va inseparablemente unida al papel de impulsadores de la imagen del Generalife y ese temblor de la alberca, «el erguido ciprés y el incansable surtidor…». El jardín chino «fue el primero en acotar una zona determinada y considerarla lugar de manifestación de una belleza que debe ser cuidada, respetada y mimada». Babilonia va unida a los zigurats, «la torre desde donde se miran las estrellas», en cuyos bordes había jardines y pequeñas acequias. Y qué importante es el diseño, basado en la tendencia a la simetría. Por ejemplo, si observan los jardines de la Alhambra, estos nos llevan a los romanos, que inventaron la topiaria, el arte de recortar el boj o su arbusto estrella, al que podan constantemente para formar setos. Posteriormente lo perfeccionaría Versalles.
¿Y qué es un jardín sin flores? Las flores como culminación del jardín. La rosa fue durante un tiempo proscrita porque estaba asociada a la diosa romana Venus, que representaba el amor carnal, la pasión, la belleza sensual. En la época de Carlomagno, la rosa fue tomando una alegoría más espiritual. El emblema botánico más sagrado de la India fue el loto. Y, tras el bambú, el árbol que más crece en los jardines chinos es el melocotonero, que encarna el árbol de la vida. Los japoneses giran alrededor de la arena, la piedra, el agua, el musgo y, en menor medida, las flores.
Acudan, pues, a la belleza que encierran estas páginas por la extraordinaria realidad que evocan.