Ardashir I recibiendo el anillo de la realeza de manos del dios supremo zoroástrico Ahura Mazda
La Casa de Sasán, la última (y desconocida) gran dinastía persa
Los especialistas Kaveh Farrokh y Javier Sánchez-Gracia acercan al público hispanohablante la historia del nacimiento de uno de los grandes imperios de la antigüedad: el Imperio sasánida
Es conveniente recordar de vez en cuando que Persia siempre está ahí. Es más, Persia siempre estuvo ahí. Antes que Macedonia, antes que Roma, antes que Bizancio, antes que el islam, antes que Tamerlán y, por supuesto, antes que los Estados Unidos de América. Desde la Revolución islámica de 1979 denominamos a Persia –pues este nombre se lo dieron los antiguos griegos– como los mismos iranios conocieron desde la antigüedad a su propia tierra: Eransahr, y más tarde, Eran, de donde procede el término «Irán». Durante el apogeo del poder romano en el Occidente antiguo, entre el 100 a.C. y el 400 d.C., Persia estaba allí. Y era, de hecho, muchísimo más grande de lo que hoy es, yendo desde el Éufrates hasta el Indo, y desde Asia Central al mar Arábigo.

HRM Ediciones (2026). 336 páginas
Los sasánidas. El origen de un imperio
Seguramente el lector medio –aunque no de Media, si me permiten la broma– podrá situar razonablemente bien a los archiconocidos aqueménidas, la primera gran dinastía persa: Ciro, Darío I, Jerjes, etc., allá por los siglos VI-IV a.C. Todos ellos conocidos a través de varias fuentes, empezando por las suyas propias (las persas) en la epigrafía, los palacios y demás, así como en las fuentes externas, ya sea de otros pueblos orientales como el hebreo, en el Tanaj (Biblia hebrea), u occidentales como los griegos (obras de historiadores como Heródoto de Halicarnaso o Jenofonte de Atenas). Pero tras la caída de dinastía a manos de Alejandro de Macedonia a finales del siglo IV a.C. y el nacimiento del Imperio seléucida a comienzos del III a.C., la pista persa se desvanece. Es ahí cuando entra la dinastía parta de los arsácidas, cuyo centro de poder se situaba entre el mar Caspio y el río Oxus (Amu Daria). El Imperio parto sería, sin lugar a duda, el contrincante más formidable (y equilibrado) de los romanos. Ya lo dejaron muy claro en el 53 a.C., en Carras (noroeste mesopotámico), donde los jinetes arqueros partos infligieron una terrible derrota a las legiones de Craso. Pero eso solo fue el principio: César preparaba una gran campaña contra los partos en el 44 (justo antes de ser asesinado) que dejaría la guerra contra los galos a la altura de una riña de patio de colegio; campaña que Marco Antonio retomó entre el 37 y el 33 con desastrosos resultados, y que luego Octaviano volvería a retomar, teniendo que recurrir a la diplomacia y vender la situación, finalmente, como una victoria romana (como se aprecia en la coraza del Augusto de Prima Porta). A lo largo del Principado las campañas contra los partos se sucederían, siendo seguramente las más famosas las de Trajano (115-117) y Caracalla (216-217). En definitiva: los persas siempre fueron el auténtico peligro por afrontar de Roma.
En una situación de crisis para los sistemas imperiales como fue el siglo III, los arsácidas no se libraron, y cayeron ante unos rebeldes: una nueva dinastía que no sólo no era parta, sino que además hacía alarde de no ser parta, de ser auténticamente persa (de la provincia de Fars, la llamada Persis por los griegos) y, para más inri, ser sucesores de los aqueménidas. Esa dinastía, fundada por Ardashir I, no fue otra que la «Casa de Sasán», o sasánidas, como se les conoció después. Un formidable y nuevo contendiente que llevaría a los romanos hasta el límite de sus fuerzas en varias ocasiones, y que entre los siglos VI y VII crearían junto a los romanos la imagen de dos púgiles que, lentamente, se matan a puñetazos: con iguales fuerzas, igual potencia. Los sasánidas fue la última gran dinastía antigua de Persia que, por desgracia, no ha recibido atención alguna en la tradición historiográfica hispana, salvo excepciones y de manera muy colateral. Pues bien, el libro de los especialistas Kaveh Farrokh y Javier Sánchez-Gracia rompe con este pesado lastre que llevábamos cargando en la literatura histórica desde tiempos ignotos. Los sasánidas. El origen de un imperio (HRM Ediciones, 2026) es una obra pionera que pone el énfasis en el gran olvidado de las relaciones internacionales de finales de la antigüedad: la Persia sasánida. Y esto que quede claro: quien no conozca las características esenciales de este gran Imperio y su proyección en el mundo antiguo tampoco puede entender al Imperio romano (ni aquel último siglo de Alto imperio ni, por supuesto, el Bajo Imperio y el superviviente Imperio romano oriental), ni la Ruta de la Seda, ni India y China antiguas. Aún recuerdo con gran cariño uno de los trabajos en que me embarqué en la carrera, en la asignatura de Historia Medieval I, que el magnífico maestro que tuve la suerte de tener (hoy amigo y compañero) me animó a hacer sobre los ejércitos sasánidas. No sólo me introduje en un mundo que me resultó absolutamente desconocido y apasionante, sino también totalmente aislado de la lengua española. Esto ha cambiado en los últimos años, y el presente libro, con un tinte más divulgativo y accesible –por tanto, destinado a un público más general–, es buena muestra de ello.
Pero no todo va a ser miel sobre hojuelas. Hay que decir, pese a todo, que no es un libro perfecto: tiene puntos a mejorar. Por ejemplo, la irritante carestía de mapas (sólo hay dos, pp. 13 y 175, y resultan totalmente prescindibles), pues le hacen a uno impotente a la hora de situar enclaves con precisión, como Ardashir-Khwarrah, Istakhr o Darabgerd; o la aún mayor carestía de despliegues de ejércitos y desarrollo de movimientos tácticos en batalla (sólo hay uno, para el encuentro de Nísibe del 217, p. 32), dejando al albur del lector otros choques más importantes como la batalla de Edesa (260), donde Sapor I, hijo de Ardashir, derrotó al emperador Valeriano y lo tomó prisionero (pp. 224-228), así como dejar in albis a este respecto todo el capítulo 8, dedicado precisamente a «Las campañas militares de Shapor I contra Roma». También se echa de menos un capítulo introductorio, donde se ofrezca una visión general y sintética de los sasánidas, así como algunas líneas maestras del volumen o «planes de viaje» en la narración antes de «meterse en harina» con la campaña parta de Caracalla: en definitiva, lo que es una introducción. Y ya puestos, ante el despliegue de aparato bibliográfico, hubiera estado bien que los autores se citaran menos a sí mismos y más a otros colegas, destacando algunas notables ausencias como la del especialista Scott McDonough, en cuya amplia producción destaca «Military and Society in Sasanian Iran» (2013), recogido en la imprescindible obra The Oxford Handbook of Warfare in the Classical World. Aunque dudo que esto último impida disfrutar al lector que se acerque por primera vez al tema. La verdad es –retomando el hilo– que no siendo perfecto el libro, resulta un loabilísimo intento de traer este tema al público hispanohablante, y por tanto merece la pena su lectura.