Fundado en 1910

Cubierta de 'La conjura de los necios'Anagrama

'La conjura de los necios': la cima del humor norteamericano

Un vago genial, una madre al volante y Nueva Orleans como escenario del desastre

Nunca he sido de regalar libros. Más bien prefiero que me los regalen a mí. Pero cuando lo he hecho, siempre me he decantado por dos novelas que de una forma u otra me han marcado.

Una es Mi familia y otros animales, de Gerald Durrell. Es el libro favorito de mi madre y a mí también me encanta. El segundo, que es el que hoy nos ocupa, es La conjura de los necios.

Anagrama, Compactos (2023). 392 páginas

La conjura de los necios

John Kennedy Toole

Y ustedes se preguntarán por qué menciono a mi madre en una reseña literaria. Pues porque, como dice la canción, «madre no hay más que una y a ti te encontré en la calle». Tanto es así que, si no hubiera sido por la madre de su autor, la inconmensurable novela de John Kennedy Toole nunca habría visto la luz. Así que vaya por delante la mención a todas las madres.

Siempre me he preguntado cómo una persona con el sentido del humor tan desarrollado pudo acabar como acabó. Porque sí, efectivamente, el autor de La conjura de los necios, frustrado ante la negativa de las editoriales, acabó con su vida antes de poder disfrutar del merecido éxito que más tarde obtendría su novela.

Si no llega a ser por el empeño de su madre, Thelma, que tras la muerte de su hijo no se rindió y peregrinó de editorial en editorial hasta convencer a un escritor famoso, este libro nunca se habría publicado ni habría recibido el Premio Pulitzer de ficción en 1981.

Así como P. G. Wodehouse alcanzó la cima del humor inglés, John Kennedy Toole hizo lo propio con el humor norteamericano. Esta novela lo es todo, retrato social, farsa, tragedia disfrazada de comedia, y al mismo tiempo no cuenta absolutamente nada: apenas las andanzas de un vago monumental que se niega a trabajar. En esa desproporción entre lo que pasa y lo que significa reside su genio.

Una contingencia económica familiar obliga a Ignatius Reilly, gordo onanista de verbo afilado y moral rígida, a hacer lo impensable: «enfrentarse a la perversión de tener que ir a trabajar». A la tierna edad de treinta años tendrá que abandonar el enclaustramiento voluntario en casa de su madre, donde llevaba años vertiendo su genio a borbotones, sin orden ni concierto, en sus cuadernos Gran Jefe.

La delirante apertura al mundo real de Ignatius hará que el lector pase por distintos trances, que van desde la carcajada más absoluta hasta las ganas inconmensurables de estrangularlo. Sobre todo, en lo concerniente al trato con su madre.

Ignatius hará de cicerone del lector y lo llevará desde la decadente fábrica de pantalones Levy Pants hasta las calles del colorido Barrio Francés de Nueva Orleans, donde encontrará otra oportunidad laboral: devorar los perritos calientes que supuestamente debe vender desde el carrito ambulante de Vendedores Paraíso.

Mención especial merece su paso por las oficinas de Levy Pants, quizás la parte más hilarante de la novela: aquella en la que incita a los trabajadores de la fábrica, todos ellos afroamericanos, «moros», según su delirante nomenclatura medieval, a levantarse contra la opresión del patrón en la fallida «Cruzada por la Dignidad Mora», hazaña que le cuesta el despido.

Como el justiciero de un universo paralelo, Ignatius sorteará todo tipo de problemas, disfrazado de pirata, moralizando sin descanso en un mundo que no comprende y siempre guiado por su concepción de una sociedad huérfana de «teología y geometría, de decencia y de buen gusto».

Durante sus correrías con el carrito de Vendedores Paraíso conoce a Dorian Greene, un joven elegante y adinerado de la escena homosexual de Nueva Orleans. El encuentro, unido a las cartas de Myrna Minkoff, su corresponsal y némesis neoyorquina, que le reprocha su inacción política, alumbra otra de las grandes empresas redentoras de Ignatius: organizar a los homosexuales en un movimiento político internacional. Su razonamiento es impecable, al menos dentro de su cabeza: si logran infiltrarse en los gobiernos y los ejércitos, las guerras acabarán convertidas en fiestas y desfiles y la paz mundial será inevitable.

Ahí reside buena parte de la grandeza del personaje. Cada empresa es más ambiciosa que la anterior y también más catastrófica. Primero pretende liberar a los «moros» de la fábrica; después, servirse de los «sodomitas» del Barrio Francés para alcanzar la paz mundial. Él se cree un cruzado medieval destinado a restaurar el orden, pero solo consigue sembrar el caos allí por donde pasa.

Toole utiliza así la mirada deformante de un loco medieval para retratar la Nueva Orleans de los años sesenta. Un universo de personajes estrafalarios que, vistos junto a Ignatius, terminan pareciendo sorprendentemente normales.