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Cubierta de 'Madame Bovary'Alianza Editorial

'Madame Bovary' o la muerte del narrador

El adulterio provinciano que cambió la ficción para siempre

Hay tres novelas que marcaron con línea dorada su publicación, de tal manera que señalaron un antes y un después en el modo de escribir ficción. La primera de todas es El Quijote, que inaugura la novela moderna por numerosas razones que un lector español sabe o debería de saber de sobra. La tercera es Ulises de James Joyce, libro tan conocido como poco leído. Y entre medias nos encontramos a Madame Bovary de Gustave Flaubert. Tal vez un libro menos impactante que los anteriores pero con una presencia constante en el tiempo, con ejemplos tan distantes entre sí como Proust, Vargas Llosa o Julian Barnes ¿Qué tiene el relato de una mujer adúltera en provincias que se haya convertido en un texto tan influyente?

Alianza Editorial (2025). 432 páginas

Madame Bovary

Gustave Flaubert

La importancia de Madame Bovary no está en el argumento, o precisamente es el argumento lo que propició el cambio. Flaubert pretendió escribir sobre un asunto que le fuera absolutamente ajeno, para adquirir una distancia que le ayudara a trabajar el texto con frialdad casi científica. Tomó la historia de un hecho luctuoso sucedido en un pueblo cercano a Ruán: una mujer aburrida de su marido se enredó en adulterios y gastos desproporcionados, termina en la ruina y se suicida. Creo que nos suena. El desprecio que le provocaba aquella historia casi de folletín, tan apropiada para un novelón romántico, es lo que favoreció la muerte del narrador. La descripción de la realidad ficcional desde la atalaya del narrador objetivo y distante, intelectual y éticamente anulado. Es el narrador al que tanto estamos acostumbrados porque ha dominado la narrativa desde entonces.

No deja de ser divertido que ese punto de vista neutro y frío le llevara precisamente a tener problemas con la justicia. La primera versión de la novela se publicó, como era tan habitual en el XIX, en formato seriado en la Revue de Paris. Gustó y escandalizó pues esa distancia narrativa no se comprendió. El libro se interpretó como una apología del adulterio femenino. Se llevó a juicio y salió airoso precisamente por una explicación narratológica: el narrador describe, no juzga, son los personajes quienes hablan mediante el estilo indirecto libre. Salió airoso del juicio y la novela se publicó, pero no fue el único caso. Ese mismo año se llevó censuró Las flores del mal, de Baudelaire; y poco después la sociedad francesa consideraría una obscenidad El almuerzo sobre la hierba, de Manet.

Además de inaugurar el triunfo del narrador neutro, Flaubert ensalzó la figura del novelista a la categoría de artista. Esta aseveración puede chocar en el mundo en el que nos movemos, donde la novela es la reina y señora de los géneros literarios y los novelistas son considerados intelectuales por defecto. Pero hasta mitad del XIX la categoría de artista estaba reducida a poetas y como mucho dramaturgos, los narradores eran poco más que contadores de historias y las novelas apenas superaban la categoría de entretenimiento.

Ahí llegó Flaubert y se propuso trabajar cada frase de su novela con la intensidad y calidad de un verso: el mot juste. Leía sus textos en voz alta y hasta que no llegaba a la perfecta eufonía no pasaba a la siguiente frase. Como resultado de esa exigencia, solo escribió cinco novelas, en lugar de las casi cien de su contemporáneo Balzac y llevó una vida sobria de soltero empedernido y retirado en el campo.

Fíjese el lector que hasta ahora no he mencionado el argumento más que para denigrarlo, pero Flaubert aspiraba a la belleza, que nunca es hueca. Madame Bovary encierra además una gran verdad, unos personajes que no pretenden ser ejemplares pero sí auténticos y, como gran clásico, dice mucho de nosotros mismos. Casi desde su publicación se habló del bovarismo: el conflicto entre la vida real y la deseada. Una pulsión que puede llevarnos a ser mejores o a destruirnos. Curioso que quien antes padeció el bovarismo fue don Quijote, y no es casualidad pues Flaubert leyó y admiró la obra de Cervantes.

Aquella historia de adulterio provinciano escondía, sin saberlo, el germen de toda la ficción posterior. En lo formal es intachable y en lo profundo esconde una verdad incómoda sobre lo que deseamos ser. Todos podemos hacer nuestra la sentencia apócrifa de Flaubert: «Bovary, c'est moi».