Olas de mar en una playa
'El campamento de los santos': la debacle de una civilización
Homo Legens rescata la novela con la que Jean Raspail anticipó que la amenaza para Occidente no vendría de la fuerza del que llega, sino de la parálisis moral del que recibe
Como consecuencia de la lectura de la polémica y famosa Sumisión de Michel Houellebecq, hace unos diez años llegó a mis manos El campamento de los santos, publicada en 1973, del también francés Jean Raspail. Viendo los derroteros que estaba tomando Europa, a mi entender, las dos obras iban a convertirse en santo y seña de la anticipación política y los cambios sociales que el continente comenzaba a padecer en la primera parte del siglo XXI. Desgraciadamente, el tiempo parece haber dado la razón a mis peores presagios.

traducido por Manuel Vázquez
Homo Legens (2026). 456 páginas.
El campamento de los santos
Recientemente, la editorial Homo Legens ha reeditado la novela de Raspail, concebida en una época –principios de los 70– marcada por el optimismo, los últimos coletazos del crecimiento económico posterior a la Segunda Guerra Mundial y el auge del progresismo social. De esta forma, la novela irrumpía como un bronco, inesperado y aguerrido contrapunto, formulando una distópica y alegórica hipótesis que, sin duda, hacía tambalear los consensos ideológicos del momento.
Homo Legens recupera este clásico del desencanto civilizatorio en un contexto en el que los debates abordados por Raspail han dejado de ser meras elucubraciones de ficción para, por lo visto, situarse en el centro neurálgico del intenso debate sociopolítico de Europa y, por lo que ahora vivimos y sufrimos, de nuestra sometida nación española.
La trama narra el viaje e inminente desembarco en las costas del sur de Francia de una flota con un millón de hambrientos procedentes del subcontinente indio. Sin embargo, el verdadero núcleo de la novela no es el choque físico o la amenaza militar, sino la vergonzosa parálisis espiritual, ética e institucional del mundo occidental frente a semejante marea humana. Tal vez, si cambiamos los protagonistas y la ubicación geográfica por marroquíes y la frontera del Tarajal en Ceuta, podemos empezar a asimilar vaticinios y casualidades en nuestro presente.
Raspail no centra la tragedia en la fuerza de los que llegan. Analiza y pone el foco en la fragilidad de receptores acomplejados por un sentimiento de culpa gestado por el poscolonialismo y la sobredosis de relativismo moral que, desde las élites políticas o religiosas hasta los medios o el propio pueblo, cala e inunda sin piedad todos los estratos sociales.
Por otro lado, hay dos aspectos reseñables: el desarme ideológico y el vacío cultural. En el primer caso, las instituciones europeas dan sobradas muestras de su ineficiencia e incapacidad a la hora de defender sus fronteras. Por otra parte, hay una fuerte crítica a la pérdida del arraigo, la identidad o las tradiciones debido al consumismo e hipnosis social imperantes en un débil continente europeo incapaz de oponer una mínima resistencia a su invasor.
Con el paso de décadas, los distintos prólogos firmados por Raspail en sucesivas ediciones del libro enfatizaron que su relato no pretendía ser un ejercicio de provocación, sino una advertencia sobre la vulnerabilidad civilizatoria. Más de medio siglo después, la obra adquiere una dimensión marcadamente profética como el incómodo espejo que refleja nuestra incierta contemporaneidad a niveles continental y nacional.
Y, así, lo desarrolla el filósofo Miguel Ángel Quintana Paz en un impecable e indispensable epílogo que enfatiza la parábola profética a través de una pulcra disección de las patologías morales que sufre la civilización occidental.
Sin embargo, Quintana Paz matiza la supuesta cualidad «adivinatoria» atribuida a Raspail. Citando al propio autor, explica que el libro no debe interpretarse como una predicción literal de sucesos, sino como una profecía en su sentido verdaderamente bíblico: una parábola que actúa como mensaje urgente para denunciar lo que todavía muchos se niegan a ver y reconocer en nuestro más rabioso e infame presente. Raspail no retrata al «Otro» invasor; proyecta la mirada hacia nosotros mismos (aquel de nobis ipsis de Francis Bacon). El dedo en la llaga y verdadero núcleo de la novela es el colapso ético de las élites e instituciones occidentales –clérigos, políticos, intelectuales y periodistas– sorprendentemente paralizados ante el temor de defender su propia identidad.
Además, el epílogo rescata una distinción clave formulada por el propio Raspail en 2011: mientras Orwell advirtió contra el Big Brother (un poder totalitario omnipresente), la amenaza actual para Occidente es el Big Other (el Gran Otro). Este concepto, divinizado por la ideología woke y ensalzado por la corrección política, exige un sometimiento constante en forma de culpa, arrepentimiento e inacción defensiva.
En este punto, Quintana Paz profundiza en la crítica a conceptos pervertidos y envenenados como la «empatía suicida» o la compasión mal entendida. Apoyándose en el ordo amoris de S. Agustín de Hipona y Sto. Tomás de Aquino, así como en ideas de pensadores como Kierkegaard o Erriguel, denuncia cómo la moral moderna ha desmantelado la auténtica caridad cristiana –aquella que prioriza el deber hacia los más cercanos (patria, familia, vecinos)– para reemplazarla por un desangelado y endeble sentimentalismo cosmopolita. Esta «compasión burguesa» confunde la capitulación con la virtud y la fidelidad con el odio. Hasta esos extremos hemos llegado.
Frente a la incesante cancelación, los vetos corporativos (como el amago de censura a El campamento de los santos llevado a cabo por Amazon hace años) y los señalamientos de figuras del establishment galo como Lionel Jospin, el filósofo reivindica la trayectoria vital e intelectual de Raspail para tajantemente desmentir su supuesto supremacismo al haber sido gran defensor de minorías como los alacalufes o los mapuches en la Patagonia o, unánimemente, haber rechazado y condenado los genocidios de judíos, nativos americanos o colonos europeos en Los reinos de Bóreas.
En ese amor a lo propio, que no conlleva odio al extranjero o lo desconocido, la defensa de Raspail es la del que sabe medir y distinguir con nitidez a la hora de usar el escudo para proteger el hogar de sus ancestros y la espada para agredir al recién llegado. El valor de las conclusiones de Quintana Paz reside, pues, en invitar a leer El campamento de los santos no desde el pánico destructivo o apocalíptico, sino desde la responsabilidad histórica que toda época y hombre precisan. Es un aviso a navegantes sobre cómo la cobardía disfrazada de buenismo destruye todo aquello que costó siglos edificar en el pasado.
En definitiva, un texto urgente y necesario para recordar que amar o defender nuestra propia civilización no es un acto de odio, ostentación o provocación, sino un deber de inmensa gratitud hacia nuestros antepasados y de justicia para con generaciones venideras que deberán cumplir y prolongar el compromiso de la defensa de la Patria.