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Cubierta de 'El final se escribe solo'

Cubierta de 'El final se escribe solo'Urano

'El final se escribe solo': un fin de semana para escribir… y sobrevivir

Una isla, un manuscrito inacabado y demasiados secretos

Una isla en un lugar recóndito. Cinco autores. Y un final incierto.

¿Qué podría salir mal?

El famoso escritor Arthur Fletch ha muerto. O, al menos, eso es lo que aseguran sus editores. Tras él queda una novela inacabada y un final que alguien tendrá que escribir.

Cubierta de 'El final se escribe solo'

cido por José Monserrat Vicent
Stefano Books, Ediciones Urano (2026). 448 páginas

El final se escribe solo

Evelyn Clarke

Cinco autores. Cinco géneros. Y una competición tan extraña como tentadora: viajar hasta la isla privada de Fletch –sin saber qué les espera allí–, encerrarse durante un fin de semana y demostrar quién merece terminar una de sus obras más esperadas.

El premio bien merece intentarlo.

Todo parece dispuesto para pasar unos días escribiendo frente al fuego de una chimenea recién encendida, en el lugar donde nacieron las historias de Fletch. Dejar que los dedos recorran las teclas de una máquina de escribir y esperar a que la imaginación haga el resto.

Todo parece perfecto.

Al menos si no se tiene en cuenta lo que está a punto de suceder.

El final se escribe solo está firmado por Evelyn Clarke. Aunque, en realidad, Evelyn Clarke no existe. Tras este nombre se esconden V.E. Schwab y Cat Clarke, dos autoras que decidieron escribir juntas una historia protagonizada, precisamente, por escritores. La novela tarda muy poco en transformar ese retiro literario en algo completamente diferente. La casa empieza a revelar secretos. Aparecen pasadizos en los lugares más insospechados. Y la presencia del escritor muerto parece seguir vagando por unos pasillos donde cada vez resulta más complicado distinguir lo imposible de aquello que alguien quiere hacer pasar por imposible.

Incluso la muerte de Fletch acaba poniéndose en tela de juicio.

Las autoras dirigen una orquesta empeñada en captar la atención del lector para desviarla de lo que realmente está sucediendo. Un juego de verdades a medias con reminiscencias del misterio clásico de Agatha Christie empieza a tomar forma. Un espacio cerrado. Un número limitado de personajes. Secretos. Sospechas. Y una posibilidad que cada vez cuesta más descartar: cualquiera –o todos– podría estar ocultando algo.

El engaño está presente desde las primeras páginas y obliga a desconfiar de lo que se cuenta, incluso de la explicación aparentemente más lógica. Las autoras administran la información ofreciendo lo suficiente para alimentar una teoría antes de introducir una nueva pieza capaz de hacerla tambalear.

Lo que inicialmente invita a imaginar un misterio clásico, casi un juego de salón alrededor de unas joyas desaparecidas, tarda muy poco en convertirse en un auténtico sálvese quien pueda. Ese cambio de escala sorprende porque llega justo cuando el lector creía haber entendido las reglas del juego y eleva una tensión que ya no vuelve a desaparecer.

La narración salta entre sus protagonistas sin permitir que ninguna perspectiva termine imponiéndose sobre las demás. Cada escritor llega con su propio bagaje profesional, pero, sobre todo, personal, y esas diferencias alteran continuamente la percepción de lo que ocurre. Lo que para uno resulta sospechoso puede ser perfectamente razonable para otro.

Resulta inevitable coger cariño a ciertos personajes. Otros despiertan precisamente la reacción contraria. También hay zonas grises y comportamientos impulsivos difíciles de descifrar. Las primeras impresiones rara vez sobreviven demasiado tiempo y la convivencia se convierte en otra fuente de conflicto.

Mientras unos intentan escribir, otros investigan. Los acontecimientos adquieren tintes inexplicables y dejan asomar, por momentos, un componente casi sobrenatural. ¿Hay realmente alguien de otro plano recorriendo esos pasillos? ¿O alguien está jugando con ellos?

Ambas posibilidades permanecen abiertas el tiempo suficiente para que la duda se convierta en un personaje extra. Nunca importa únicamente qué está sucediendo, sino cuánto podemos confiar en la versión que acabamos de recibir.

La casa se convierte en una jaula cada vez más pequeña que estrecha el cerco sobre sus protagonistas. La limitación espacial, lejos de encorsetar la historia, aumenta la sensación de aislamiento. El ritmo hace el resto consiguiendo que avance con ligereza hasta llegar a un desenlace que sorprende, pero que no necesita sacar ningún as de la manga para conseguirlo.

Lo que comenzó con té, pastas y literatura termina pareciéndose cada vez menos a una competición literaria con un suculento premio al final del camino y mucho más a una trampa.

La novela juega incluso con la ironía de su propio título. Aquí nada se escribe solo. Ni las novelas. Ni las historias que los personajes cuentan sobre sí mismos. Mucho menos el cierre de un fin de semana que se complica a cada página.

El verdadero reto nunca fue descubrir quién sería capaz de terminar la novela de un muerto.

Sino averiguar si la historia necesita tener un final.

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