Gustav Klimt: Retrato de Adele Bloch-Bauer I
Las piezas que faltan: ‘¿A quién pertenece la belleza?’
Un ensayo sobre las heridas que deja un patrimonio artístico desarticulado, con nueve casos ilustrativos
La belleza provoca el deseo connatural de poseerla. Aplicado al arte, ese impulso de apropiación ha sido causa de innumerables traslados de piezas desde su lugar de origen, sobre todo durante la Edad Contemporánea. Bénédicte Savoy (París, 1972), experta en la materia, impartió en el Collège de France un curso que sirve de base a este ensayo. Ofrece una honda reflexión sobre la complejidad del fenómeno, sus motivos e implicaciones en los diversos órdenes de la realidad, desde lo más delicadamente simbólico hasta lo más avaramente monetario. Y, como cada caso es único, la autora reconstruye los itinerarios de nueve objetos artísticos concretos, con los mapas correspondientes, donde las flechas señalan direcciones a veces inverosímiles, al albur de los vientos de la historia.

Traducción de Ariel Dilon
Cátedra (2026). 272 páginas
¿A quién pertenece la belleza?
Asunto polémico el de la posible devolución de fondos que se adquirieron de manera ventajista –ya fuera legal o ilegalmente–, Savoy lo enfoca con rigor académico, lejos de simplificaciones y con voluntad de comprender realidades en las que el matiz es muy importante. Aunque no existe una pauta común, las adquisiciones de los objetos artísticos que la autora selecciona se realizaron en condiciones de asimetría, de inferioridad económica, política o militar de quien acabó cediendo parte de sus bienes. Penuria, colonialismo, guerra, y una barbarie particular como la nazi, aparecen a menudo como trasfondo. Para evitar palabras connotadas que acaloran el debate –expolio, saqueo, confiscación, etcétera–, Savoy propone el concepto neutro de «translocaciones patrimoniales», que no anula los aspectos políticos, sino que los incluye en una categoría más amplia.
Con su doble naturaleza espiritual y material, donde confluyen a menudo devoción –religiosa o laica–, creatividad y maestría, ningún otro objeto como el artístico produce tal imantación y tal revuelo. Multitudes que se congregan para contemplarlo, que proyectan en él acaso aspiraciones nacionales, que están dispuestas a movilizar ejércitos para transportarlo en una caja de embalaje. Y, de fondo, siempre late la pregunta problemática que da título al libro: ¿a quién pertenece la belleza? ¿A todos? ¿A nadie? ¿Al pueblo en cuyo seno se creó, incluso si ya no existe? ¿A sus herederos? ¿Al que sabe apreciarla? ¿A quien tiene el poder para adquirirla? Al menos desde Cicerón y sus acusaciones a Verres por apropiarse de los bienes artísticos de los sicilianos, es esta una cuestión antigua y disputada. Sigue sin resolverse incluso en la noción actual, en principio integradora, de shared heritage o patrimonio compartido, porque cada obra sigue físicamente en un lugar al que, por diversos motivos, no puede acceder todo el mundo.
Los capítulos que dedica Savoy a cada una de las nueve piezas seleccionadas, objeto de «translocación», son verdaderos tapices narrativos donde se entrecruzan los más variados hilos: el arte y su mercado, los asuntos geopolíticos, las cuestiones jurídicas, la evolución del gusto y de las mentalidades. En todos los casos aparece implicada Europa, singularmente Alemania y Francia, que han sido las dos potencias más activas en agenciarse patrimonio ajeno, tomándolo a veces la una de la otra, según iban guerras y venían reparaciones. Fue a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, con las colecciones palaciegas abiertas al público en diversas cortes y con la Revolución francesa, cuando surgió la necesidad de allegar más fondos, sobre todo para educar a los nuevos artistas, y cuando se multiplicaron las adquisiciones, legítimas o ilegítimas, en otros países.
Ordenados cronológicamente según su fecha de creación, en capítulos sucesivos, y dando cuenta, cuando los hubo, de desmontajes y reconstrucciones, Savoy sigue la pista al busto de Nefertiti, al Altar de Pérgamo, al retablo del Cordero místico de los hermanos Van Eyck, a la Madonna Sixtina de Rafael, a las cabezas de bronce del Palacio de Verano de Pekín, a la Muestra de Gersaint de Watteau, a la estatua de la «reina bangwa» del Camerún, al Retrato de Adele Bloch-Bauer de Klimt y a los «tesoros reales» de Benín. Estos últimos tienen un significado especial para el asunto del que trata el libro, por el precedente que pueden sentar: han sido los primeros objetos de importancia devueltos por el Estado francés en 2021, tras rotundas negativas previas. Siempre cautelosa, de ahí deduce Savoy la necesidad del acuerdo, del consenso, si se decide que las piezas que faltan regresen al lugar que dejaron incompleto.