Cubierta de 'Nunca me abandones'
‘Nunca me abandones’: canto a la finitud humana
El gran clásico de Ishiguro demuestra que la sencillez no va reñida con la profundidad, y que el horror se aviva con un estilo amable
Kazuo Ishiguro ganó el Nobel de Literatura habiendo escrito una sola novela. O al menos eso dice él. El escritor, nacido en Japón pero criado y educado en Inglaterra, defiende que siempre cuenta la misma historia. Da igual que el protagonista sea un pintor japonés que intenta olvidar su apoyo a la causa imperial durante la Segunda Guerra Mundial como en Un artista del mundo flotante, un mayordomo que supedita el deber de servicio a conciencia, aun sabiendo que su lord conspira con la Alemania nazi como en Lo que queda del día o un robot obsoleto que, mientras espera su destrucción, recuerda con agrado los años de cuidado a su dueña humana, como en Klara y el sol. Es cierto que en estos tres libros (y el que aquí reseñamos, por supuesto) leemos lo que nos dice una persona en el atardecer de su existencia al rememorar una vida dedicada al cuidado que esconde una sombra de autoengaño y que, por lo tanto, nunca se rebela.
traducido por Jesús Zulaika
Anagrama (2005). 360 páginas
Nunca me abandones
En Nunca me abandones la narradora es Kathy H., una chica de treinta años que recorre Inglaterra cuidando de otros y que, entre kilómetros de carretera y cafés de gasolinera, recuerda Hailsham, el internado en medio del campo donde ella y sus amigos Ruth y Tommy vivieron hasta que les tocó salir a la vida. Lo que parece una novela de campiña inglesa, o de utópico internado británico, se construye como una ucronía al mostrar muy lentamente las grietas del mal. Los niños de Hailsham no son niños normales, y aunque se les trata con todo cariño, aprenden y asumen su singularidad, que deriva en una vida breve y dedicada al servicio.
La capacidad de Ishiguro de contar y ocultar, de dejar huecos interpretativos en la voz narradora para que el lector los complete tanteando el terreno a ciegas, es magistral en toda su obra, pero en Nunca me abandones llega a su máxima expresión por los horrores que encierra y el modo tan suave, amable y elegante con que lo sugiere.
Es una novela que encierra una fábula moral, pero el autor argumenta que su tema más profundo no es el que sobresale (perdónenme las elipsis, pero la experiencia lectora se multiplica si no se conoce el desenlace, quien lo probó, lo sabe), sino que trata sobre la propia condición humana. Todos somos alumnos de Hailsham. Todos somos seres para la muerte, que diría Heidegger, y es esa finitud la que nos invita a una vida plena.
A los niños del internado se les anima a que se expresen mediante el arte: pintura, poesía, relatos. Cada cierto tiempo, aparece una misteriosa Madame que se lleva las piezas más logradas a la Galería. Tardamos en conocer ese mecanismo, pero nos interesa cómo la narradora argumenta que esa aspiración a la belleza es un reflejo de lo eterno del ser humano. De hecho, su propia narración se convierte en la última pieza para esa Galería, una vez que el internado y su intención utópica han desaparecido.
Frente a los escritores de su generación (Martin Amis, Julian Barnes, Ian McEwan…) Ishiguro apostó por una escritura sencilla, llana y orientada a la comunicación. Aspira a que sus libros pierdan lo mínimo con la traducción, pero esa sencillez lingüística no deriva en simplicidad narrativa, sino todo lo contrario: es mucho más difícil ir a lo profundo siendo transparente que utilizando la oscuridad textual como excusa de profundidad. Por ello, leer en español al autor británico de origen japonés, en este o en otros libros, se acerca mucho a la textura de la narración original, y en el caso de Nunca me abandones, mantiene pura la experiencia del horror y la compasión de las vidas que dibuja.