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Cubierta de 'Viejas verdades, nuevos clichés'Acantilado

‘Viejas verdades, nuevos clichés’: la raíz de las estrellas

Isaac Bashevis Singer reflexiona con su voz inconfundible sobre literatura, filosofía, religión y la historia del pueblo judío

Isaac Bashevis Singer (1904-1991), ganador del Nobel de Literatura en 1978, es uno de esos seres que parecen haber nacido narradores congénitos, como si tuvieran una rara glándula que segregase naturalmente historias cautivadoras. Su padre y su abuelo fueron rabinos. Creció embebido de los relatos que pueblan los textos sagrados hebraicos, sus tradiciones, sus polémicas y su historia peregrina. Aquel ambiente de su infancia en un shtetl –pequeña población de mayoría judía, con intensa vida comunitaria–, en una Polonia ancestral y ya desaparecida, lo reflejó muy a lo vivo su hermano mayor Israel Yehoshua Singer en De un mundo que ya no está, libro que también figura en el catálogo de Acantilado.

Traducción de Mar Vidal
Acantilado (2026). 256 páginas

Viejas verdades, nuevos clichés

Isaac Bashevis Singer

Viejas verdades, nuevos clichés recoge dieciocho ensayos breves y un poema, escritos originalmente en yiddish y traducidos al inglés, con el título tomado de uno de los artículos que integran el conjunto. La selección de textos y la labor de edición, así como diversas consideraciones teóricas, han sido obra de David Stromberg. A su criterio se debe la distribución de los ensayos por afinidades temáticas en tres secciones: «Las artes literarias», «El yiddish y la vida judía» y «Textos y filosofía personales». Según apunta Stromberg, Singer era un pensador orgánico, por lo que en cualquiera de esas partes hay referencias inevitables a las otras. La antología resultante es una buena introducción al autor si aún no se lo conoce, y un complemento ideal para entender mejor sus novelas, relatos y memorias si ya se han leído, en todo –difícil, por lo copioso de su obra– o en parte.

La fascinación que ejerce la narrativa de Singer nace de su singular mezcla de hondura y levedad. Creyente en un ser superior, elaborado a su medida a partir de doctrinas cabalísticas y filosóficas, concibe la literatura como el campo donde se dirime la lucha del bien contra el mal, un ámbito del misterio que se oculta a nuestra vista. Además, con mentalidad clásica, considera que no hay arte sin belleza, una belleza alejada del artificio. Es tarea del escritor ahondar en la individualidad, en la excepción. Cada historia debe ser única y, claro que sí, «entretenida», adjetivo absurdamente denostado. Además, los hechos han de imponerse por sí mismos, no por su interpretación. Nada le parece más nocivo a Singer que la plaga de adherencias psicológicas y sociológicas que ha traído la literatura moderna. Autor que fue también de relatos infantiles, considera a los niños detectores infalibles de la superchería. Si el arte es incomprensible o aburrido, entonces no es arte.

Un objetivo que Singer se impuso desde el comienzo de su carrera literaria fue aportar autenticidad y distinción por escribir solo de aquello que conocía. De ahí que su obra se centrara en las comunidades judías de Polonia o de Estados Unidos, adonde emigró cuando Europa se estaba poniendo turbia, y que la lengua elegida fuera el yiddish de los askenazíes. El autor la valora frente al hebreo, fomentado por el sionismo, porque ha sido más modesto y tortuoso su destino. Acaso el yiddish refleja mejor el del propio pueblo judío, que a su vez es cifra de toda la humanidad pendiente de redención. Sabiéndose miembro de una minoría menguante, le fue fiel toda su vida por principio a un idioma cuyas traducciones al inglés, que él siempre revisaba meticulosamente, corregía y ampliaba, le llevaron muchas horas de fatiga como precio por tener un público amplio y entusiasta.

No podía faltar en estos textos de reflexión alguna delicia narrativa. En «Una excursión al circo» asoma el Singer que hipnotiza al lector con la emoción de la vida en movimiento. Nos cuenta cómo, siendo niño y a espaldas de sus padres, acudió cogido de la mano de su vecina Shosha, su primer amor, al colorido espectáculo de los prodigios sin fin. Atraído siempre por el misterio, el más insondable de los cuales es esa creación primera que a su vez engendra creación en un proceso eterno, nuestro autor buscó la universalidad en el arraigo: un pueblo en el exilio secular, una lengua a la que dar prestigio, los pocos temas relevantes que conforman unas vidas y esas palabras que amoldan las verdades. En la literatura de Singer, místico y panteísta, heterodoxo inclinado al bien, intuimos la raíz por la que se nutren invisiblemente las estrellas, lejanas flores de luz en el jardín circular de la noche.