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Fresco del poeta romano Virgilio escribiendo La Eneida rodeado de sus musas, en el Museo del Bardo, TúnezMuseo del Bardo

Virgilio: poeta, viajero, romano

El catedrático de Filología latina Antonio Alvar Ezquerra nos ofrece una lectura evocadora, profunda, bella de leer (y leer en alto), una mirada intimista del mayor poeta de todos los tiempos: Publio Virgilio Marón

Nos situamos cronológicamente en la actualidad. Geográficamente, el autor (que no es Virgilio) se encuentra en un lugar emblemático: una escalinata que da a una de las ensenadas del puerto de Bríndisi, una de las ciudades más bellas a esta orilla del Adriático, en la región de la Apulia, en el sur de Italia. Lo emblemático del lugar no se debe al motivo natural: en la escalinata se encuentra el final de la famosa Vía Apia, la más conocida calzada romana, construida en tiempos de Apio Claudio Caecus a finales del siglo IV a.C., que unía la entrada al mismísimo corazón de Roma, en la puerta Capena, con la ciudad de Brundisium, una de las ciudades que, junto con Nápoles y Tarento, conectaban Roma con el Oriente. Repentinamente, en el segundo capítulo, el autor ha desaparecido. Ha dejado paso al maestro, a Publio Virgilio Marón (70-19 a.C.). Pero esta vez, el más grande poeta occidental es el protagonista, no como en La Divina Comedia, donde aparece como mero acompañante de Dante Alighieri. En esta ocasión, Virgilio es el acompañado, y el lector es el que acompaña, mudo y expectante, en dirección a Brundisium, adonde se dirige con el círculo de Cayo Mecenas, recién publicadas sus Bucólicas (ca. 37 a.C.).

Fund. del Teatro Romano de Cartagena (2026). 144 pág.

Virgilio en Bríndisi

Antonio Alvar Ezquerra

Antonio Alvar Ezquerra, catedrático de Filología latina de la Universidad de Alcalá, cuyas publicaciones y libros serían harto largos enumerar, lo conoce bien. Ha ido muchos años de la mano del autor de la Eneida, y sabe, como pocos en nuestra geografía, leer al poeta de Andes. En Virgilio en Bríndisi (Fundación Teatro Romano de Cartagena, 2026) probamos una gota de esencia de conocimientos sobre Virgilio, su vida, sus avatares, sus pensamientos y, por supuesto, su obra, de una manera totalmente alejada del academicismo esnob. Antonio Alvar ha conseguido en este breve pero enjundioso escrito hacernos a Virgilio una persona de carne y hueso extraordinariamente cercana, palpable. Nada tiene que ver este texto con una biografía, aunque se dan los principales datos biográficos del poeta. Tampoco con un estudio concreto de las estancias de Virgilio en Bríndisi, tan importantes en su vida (y obra). Se trata de una sorprendente historia personal, contada en estilo epistolar, donde el autor es capaz de hacer pensar al lector que realmente quien habla es Virgilio. Quien nos cuenta sus andanzas con su querido amigo Quinto (a quien la posteridad ha decidido conocer como «Horacio», igual que «Cicerón» al bueno de Marco Tulio), con Cayo Mecenas, amigo y protector, y, por supuesto, con Cayo Julio César, llamado antes del asesinato de su padre adoptivo, Cayo Octavio, y después del 27 a.C., Augusto.

Así, magníficamente, van apareciendo extractos de las obras de Virgilio por las páginas: Bucólicas, Geórgicas y Eneida. Otras hacen también acto de presencia, como los versos de Horacio o Propercio. Y es destacable que en ningún momento se tiene la sensación de que ninguno de los textos ha sido insertado al azar o de manera forzada. El autor consigue colocarlos a la perfección, y fluyen de manera totalmente natural. El gusto de Virgilio por el campo, su amor por Roma y su pena por los enfrentamientos civiles (elemento muy presente aquí), que azotaron la República en sus últimos años. Tras la batalla de Accio en el 30 a.C., la paz –y el fin de la República– llega casi al mismo tiempo que el comienzo del gran poema romano: la Eneida, comenzada en el 29 a.C. El autor, a la manera de Virgilio, reflexiona sobre la obra, la deuda con Homero (y el hexámetro dactílico), la mirada y la llamada a y de Oriente, el legado cultural griego («Grecia vencida venció a su fiero vencedor y las artes introdujo en el rudo Lacio»), la refundación de Roma (Roma Restituta), la pietas del héroe Eneas, la insistencia de Augusto por la creación del poema, el viaje a la provincia senatorial de Acaya, y el penoso regreso, ya enfermo, desde Megara a Brundisium, acompañado de sus amigos Tuca y Vario, donde finalmente, el 21 de septiembre del año 19 a.C., la muerte alcanzará a Virgilio. Su última voluntad: destruir la Eneida. Sea esto verdad o no, es una lástima pensar que si la última voluntad de Virgilio se hubiera cumplido, y Tuca y Vario hubieran ejecutado la encomienda, los siglos venideros no habrían conocido las gestas de Eneas en el Lacio, Dante no habría sido acompañado por Virgilio en el infierno y el purgatorio, y las clases de latín de generaciones y generaciones de estudiantes no habrían oído nunca esas primeras, potentes, estremecedoras y emocionantes palabras: Arma virumque cano, Troiae qui primus ab oris Italiam fato profugus Lavinaque venit litora.

Octavio César, insiste a Virgilio. Le pide el poema definitivo que inaugura una nueva edad de oro. Virgilio se resiste, pero al final, cede. Compondrá el poema romano que supere a la Ilíada, pues Augusto sabe «que la gloria eterna no se alcanza venciendo batallas, ni gobernando el mundo. La gloria eterna solo llega cuando esas hazañas son fijadas en un poema grandioso, cuya duración es mayor que la del mármol o el bronce. Solo la palabra escrita, nacida de la palabra alada, permanece por siempre jamás».