La escuela de Atenas (con Platón y Aristóteles en el centro) de Rafael Sanzio
Cómo se ha utilizado la imagen de Grecia y Roma hasta hoy
El nuevo ensayo de Mary Beard no desmonta a los clásicos, el uso que, para bien o para mal, hemos hecho de ellos a lo largo de la historia, llegando incluso a crearnos nuestros «clásicos a la carta»
«¿Para qué sirven los clásicos?». Intentar responder una pregunta mal formulada puede ser un auténtico desastre. Por ejemplo, plantearse la pregunta «¿para qué sirvo yo». Realmente ¿es necesario «servir para algo»? Si algo no sirve, ¿se tira? ¿Se desoye? ¿Se obvia? ¿Así funcionan las cosas? Bueno, ya basta de preguntas retóricas. Estos planteamientos son nocivos desde el mismo momento en que se plantean. Cuando estas cuestiones hacen acto de aparición, conviene reorientar nuestra brújula interna. Lo útil no es asimilable a lo bueno, ni lo inútil a lo malo. No es necesario que los textos de los autores clásicos (griegos y romanos) nos enseñen a controlar nuestras emociones, o a cultivar el espíritu o, en el peor de los casos, a triunfar en estrategias de márquetin. Los clásicos están ahí, y sólo por eso ya merece la pena prestarles atención. Están a nuestra disposición, ¿por qué no habríamos de conocerlos, de recurrir a ellos, de disfrutar de ellos, o de abominar de ellos? La gran divulgadora del mundo clásico, la británica Mary Beard, lo tiene muy claro: los clásicos están ahí para confrontarnos a nosotros mismos.

Traducido por Silvia Furió. Crítica (2026). 256 páginas
Clásicos sin filtros. El impacto del mundo antiguo
A estas alturas del partido, podríamos prescindir de presentar a Mary Beard, prolífica autora y divulgadora, maravillosamente heterodoxa entre los clasicistas de su generación, catedrática emérita de la Universidad de Cambridge, y, entre otros reconocimientos, Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales en 2016. Hace ya 10 años que sus obras comenzaron a ser tendencia en nuestras librerías desde la publicación en español de su SPQR. Una historia de la antigua Roma (2016), y no ha dejado de serlo. Su última obra cambia la tónica general. No habla tanto de los clásicos como de nosotros, de la contemporaneidad. Nos referimos a Clásicos sin filtros. El impacto del mundo antiguo (Crítica, 2026), o como mejor queda en el original inglés: Talking Classics. The Shock of the Old. Se puede entender que la labor de traducción contiene un importante ingrediente de interpretación, pero ¿por qué no traducirlo por un Hablando con los clásicos, o más interpretativo aún, Tomando un café con los clásicos, ya puestos. Pero Clásicos sin filtros… En fin. Y luego el subtítulo: ¿Por qué El impacto del mundo antiguo, y no El impacto de lo viejo, o de lo antiguo? A lo largo de la obra, Mary Beard contrapone lo antiguo a lo moderno, y ahí cobra sentido el subtítulo. Lo que impacta es la realidad vieja, que en este caso se concreta en el mundo clásico. Hasta aquí las divagaciones sobre el título, que también hace referencia a la idea de bustos parlantes, con un guiño evidente a la estatuaria grecorromana.
Pero ¿por qué recomendar la lectura de este libro? Por exactamente lo mismo que defiende aquí Mary Beard de los clásicos: porque habrá afirmaciones que compartamos totalmente y otras que no nos gusten nada. O, en otras palabras: nos creará contradicción, nos hará pensar, y seguramente nos haga interesarnos aún más por la realidad de los clásicos. Y esto es muy importante. Aquellos enamorados de César (sin saber realmente quién fue y qué hizo), o de Augusto (tres cuartos de lo mismo), tendrán que reevaluar sus ideas. A través de estas charlas nacidas al abrigo de las Berlin Family Lectures impartidas en 2023 en la Universidad de Chicago, sumado a algún que otro material, todo ello hecho capítulos y entretejido en este libro, Mary Beard intenta, con honestidad y una franqueza desbordante, transmitir al lector la cantidad de capas interpretativas (políticas, filosóficas, culturales, religiosas, estéticas, etc.) le han ido poniendo encima intelectuales, Estados, gobernantes, etc., a lo que hemos recibido del mundo grecorromano, desde los reconstruidos Templo de Vesta y Altar de la Paz en Roma en época fascista, hasta el uso del haz de varas y las águilas. Esto se hace especialmente evidente en el capítulo 3, titulado «Aciertos y errores», donde la autora abre brillantemente el apartado con las figuras de Hitler y Mussolini, acompañados de un arrepentido Bianchi Bandinelli, frente al Ara Pacis (Altar de la Paz) de época augustea, donde la Madre Tierra aparece rodeada de niños, animales y cosechas, dando una idea de fecundidad. Pocos como estos dos dictadores usaron la antigüedad clásica en su propio beneficio. O también en el caso de los imperialistas británicos del XIX, con la famosa frase de Cicerón, civis Romanus sum, puesta en boca del ministro de exteriores británico en 1850, lord Palmerston, para justificar una intervención armada (bastante injustificable). O el caso famoso de la policromía de esculturas y la arquitectura, comentado repetidamente por Beard desde el capítulo 1, que ha generado todo un movimiento de rechazo en favor de la «pureza del mármol blanco». De la misma manera que los medios audiovisuales nos trasladan una Edad Media totalmente distorsionada, con barro, muerte y oscuridad en cada recodo de las ciudades, también nos han trasladado a un mundo clásico blanco brillante, puro e inmaculado (con la extraordinaria salvedad de la serie Roma, de HBO). Finalmente, el capítulo 4, «En defensa de las clásicas», Mary Beard realiza una rompedora y personal apología del aprendizaje del latín y el griego, que, resumiendo mucho, pretende desbancar las ideas tradicionales como que entrena la mente, o que convierte a quien los maneja en una especie de élite erudita, etc. Para Mary Beard, enfrentarse a los textos originales significó enfrentarse a los mismos autores, sin intermediarios (excluyendo el monástico amanuense, claro).
Es muy posible que los postulados de este libro no gusten a todos, especialmente a quienes han convertido a César, Cicerón y la democracia ateniense en cosas sagradas e intocables. Pero es que la autora tampoco lo pretende. Mary Beard lo deja honesta y meridianamente claro desde el principio. Pero si esto es así, es decir, si este texto provoca que se confronten ideas y cree contradicciones, el objetivo de Mary Beard se habrá cumplido. Y para la autora, si en el proceso de lectura a alguien le ha dado por mirar de manera diferente a los clásicos, puede que de manera más compleja, más rica, de manera no «dirigida» digamos, el libro habrá tenido éxito.