Ian McEwan, en una imagen de 2017
'La ley del menor': cuando la ley no basta para salvar una vida
Ian McEwan convierte un caso judicial de vida o muerte en un pulso entre la razón que ordena y las zonas de la experiencia que se le resisten
La literatura contemporánea suele rehuir los territorios áridos del deber profesional y prefiere sumergirse en las turbulentas aguas de la subjetividad o de las relaciones personales. Sin embargo, en La ley del menor (cuyo título original, The Children Act, alude directamente a la legislación británica sobre el bienestar infantil), Ian McEwan (Aldershot, 1948) demuestra una vez más su fascinación por el intrincado funcionamiento del poder institucionalizado. Como ya hiciera al explorar la medicina en Sábado, la investigación científica en Solar o el espionaje en Operación dulce, el escritor británico se adentra aquí en el hermético y prestigioso entorno de Gray’s Inn Square a través de Fiona Maye, una respetada jueza de la División de Familia del Tribunal Superior de Londres. Su posición secular y atea, sustentada en la convicción de que la mente laica está mejor capacitada que la religiosa para formular juicios razonables y compasivos, constituye uno de los ejes vertebradores de esta novela publicada en 2014.

Traducido por Jaime Zulaika. Anagrama (2026). 216 páginas
La ley del menor
La vida de Fiona Maye, marcada por una extraordinaria agudeza intelectual, se ve sacudida simultáneamente en el ámbito profesional y en el privado. La novela se abre con una escena en la que Jack, su esposo y profesor de historia antigua, le anuncia, con una franqueza tan egoísta como desconcertante, que desea emprender una aventura sentimental con una estadística de veintiocho años, antes de que sea demasiado tarde para él. En medio de esta humillación conyugal, y sobre el trasfondo latente de una maternidad sacrificada en favor del éxito profesional, Fiona debe resolver un caso médico de vida o muerte que exige una decisión inmediata. Adam Henry, un brillante adolescente de diecisiete años aquejado de una forma rara de leucemia, se niega a recibir la transfusión de sangre que podría salvarle la vida debido a las estrictas convicciones de su fe como testigo de Jehová.
Esta intersección entre el deterioro de su matrimonio y la decisión judicial constituye el verdadero motor de la novela. McEwan demuestra una notable solvencia al recrear la jurisprudencia británica y los complejos dilemas que afronta la División de Familia. La solidez de los argumentos jurídicos –reforzada por las referencias a otros casos complejos, entre ellos el trágico dilema de unos gemelos siameses– confiere a la narración una convincente atmósfera de rigor y autenticidad intelectual.
El clímax dramático de la primera mitad se produce cuando Fiona, decidida a comprobar hasta qué punto el menor comprende y sostiene su propia decisión, realiza una visita inusual a la habitación del hospital donde se encuentra Adam. En ese espacio, que adquiere una dimensión casi alegórica, se produce una inesperada comunión a través del arte: el joven interpreta el violín mientras la jueza entona los versos de «Down by the Salley Gardens», de William Butler Yeats. Sin embargo, después de autorizar legalmente el tratamiento médico mediante un veredicto de gran sensibilidad, Fiona desencadena consecuencias que no podía prever. Adam experimenta una profunda crisis de fe y comienza a buscar y acosar a la jueza, desplazando el conflicto ético desde el estrado judicial hasta las fibras más íntimas de la vida privada de la protagonista.
La música clásica funciona, asimismo, como un recurso estructural que articula la dualidad existencial de la novela. Fiona encuentra consuelo en las partituras de Johann Sebastian Bach, metáfora perfecta de su fe secular en la racionalidad, el control y la preparación metódica. Frente a ello, la fascinación de su esposo por la improvisación de Keith Jarrett en su álbum Facing You encarna el deseo de espontaneidad, incertidumbre y riesgo vital. La contraposición entre improvisación y preparación recorre la novela como un eco sutil y termina proyectándose sobre las propias vidas de los protagonistas.
McEwan entreteje el dolor silencioso de la infertilidad conyugal y la maternidad postergada como trasfondo emocional de Fiona, una mujer de cincuenta y nueve años cuya carrera profesional se encuentra en su apogeo y que, de común acuerdo con Jack, decidió no tener hijos para preservar sus respectivas ambiciones laborales. Sin embargo, esta ausencia resuena de forma irónica y dolorosa cada vez que Fiona debe decidir el destino de menores pertenecientes a familias disfuncionales o dictar sentencia sobre cuestiones relacionadas con el bienestar infantil. La contradicción vital es evidente: tiene en sus manos la tutela legal y el porvenir de la infancia ajena mientras experimenta la vacuidad de un hogar propio en el que la intimidad se ha detenido. Esta tensión dota al personaje de una vulnerable humanidad y la aleja de la caricatura de la profesional fría, racional y obsesionada con su trabajo. La prosa, impecablemente construida cuando reproduce la precisión del debate judicial, resulta, sin embargo, en algunos pasajes dedicados a la intimidad de los personajes más plana y contenida, próxima en ocasiones al tono de un resumen técnico.
La ley del menor se alza como una pieza lograda dentro de la bibliografía reciente de McEwan, superior en concepción y ejecución a algunos trabajos anteriores. Bajo la precisión de su arquitectura jurídica y la tensión de un dilema médico, la novela aborda el misterio del amor humano, la fragilidad de nuestras responsabilidades y la dificultad de gobernar la propia existencia cuando la razón pretende erigirse en principio absoluto. McEwan plantea así una paradoja esencial: allí donde la inteligencia y la ley aspiran a ordenar la vida con justicia, persisten zonas de experiencia –el amor, la fe, el deseo, la pérdida– que se resisten a quedar sometidas por completo al imperio de la razón.