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Cubierta de 'El río sabe tu nombre'

Cubierta de 'El río sabe tu nombre'Minotauro

'El río sabe tu nombre': los monstruos que creamos

Cuando la ternura sobrevive a la podredumbre

Tierno y perturbador.

Dos palabras que, por lo general, expresan ideas contrapuestas. Dos palabras que, sin embargo, definen muy bien El río sabe tu nombre.

La pérdida de un miembro de la familia puede hacer tambalear incluso los cimientos mejor construidos. La de dos termina por derribarlos.

Cubierta de 'El río sabe tu nombre'

Traducido por Cristina Carro. Minotauro (2026). 416 páginas

El río sabe tu nombre

Jihyun Yun

Soojin lo sabe bien. Primero perdió a su madre y, años después, su hermana Mirae aparece ahogada. Padre e hija se encierran entonces en un dolor que ninguno sabe gestionar.

El tiempo todo lo cura.

O eso dicen.

Porque las mujeres de la familia de Soojin poseen un don transmitido de generación en generación: pueden devolver la vida a los muertos. Solo existe una única regla que no deben romper: «nunca resucites nada más grande que la palma de tu mano».

Una hermana, evidentemente, es bastante más grande.

Jihyun Yun se sirve de una premisa sobrenatural para contar una historia dolorosamente humana. ¿Qué ocurriría si el duelo se eliminara de la ecuación? Soojin podría recuperar aquello que la muerte le ha arrebatado y evitar todo lo que viene después: asumir la pérdida, aprender a convivir con ella y reconstruirse alrededor del vacío.

Pero si convivir con la ausencia puede resultar insoportable, enfrentarse a lo que vuelve de la muerte no lo es menos, pues recuperar un cuerpo no significa necesariamente recuperar a la persona que lo habitaba.

El duelo adquiere entonces una nueva dimensión: la física. Respira. Camina. Tiene hambre.

El río sabe tu nombre atraviesa la pena, la culpa, la humillación y la rabia, retorciéndolas hasta convertirlas en algo oscuro. La posibilidad de vencer a la muerte obliga a preguntarse qué estaríamos dispuestos a sacrificar por volver a tener a alguien a nuestro lado.

Que la tierra devuelva aquello que un día se llevó encierra algo profundamente perturbador y, sin embargo, un trasfondo de ternura consigue difuminar ese hedor. Soojin resucita por el dolor que le tiene secuestrado el corazón, por la nostalgia que no la deja vivir. La monstruosidad nace de un acto de amor y la autora se niega a permitir que resulte sencillo condenarlo.

El terror tampoco permanece en lo abstracto. Tiene materia.

Te hunde en la tierra y te asfixia mientras contemplas nacer aquello putrefacto, muerto, incoloro, carcomido por el tiempo que debería haber permanecido enterrado.

Y entonces respiras.

Pero ya no estás hecha únicamente de piel, carne, músculos o venas. Estás hecha de agua.

No del agua que compone el cuerpo humano, sino de la que te acogió al morir. La que inundó tus pulmones y te robó el último aliento. Yun ensalza ese elemento convirtiéndolo no solo en vida, escenario o resurrección, sino en motor. El agua es lo que mueve la historia, y lo hace mejor que las palabras. Fluye con calma en los escasos momentos de paz, se convierte en corriente que todo lo devora en los momentos más álgidos y adquiere una fuerza destructiva cuando menos lo esperas.

La narración coral permite observar esa transformación desde diferentes perspectivas, pero también mirar hacia atrás. Una hermana está rota. La otra, corrompida. Es un contraste que impacta, que conmueve, pero sobre todo que invita a continuar, deseando encontrar un final que acoja en su seno el perdón.

El misterio que atraviesa la novela se alimenta de grietas familiares abiertas años atrás, pero no desplaza el verdadero centro de la historia. Yun sostiene la tensión dosificando las revelaciones y obligando al lector a reconsiderar, tras cada respuesta, lo que creía saber. La pregunta ya no es qué ocurrió, sino qué hacer con todo el dolor cuando se descubre dónde colocarlo. La culpa se convierte en rabia. La rabia, en odio. Y el odio encuentra en la venganza una salida mucho más peligrosa que el duelo.

Esta multiplicidad de voces impide, además, refugiarse cómodamente en un único personaje. Yun obliga a acercarse incluso a quienes sería mucho más sencillo despreciar. Comprender no equivale a perdonar, pero sí complica cualquier juicio inmediato. El lector termina convertido en testigo mudo de un dolor que cambia de forma dependiendo de quién lo sostenga.

Y eso es lo que lo hace brillar.

Bajo la resurrección, los cuerpos corrompidos y todo aquello que jamás debería abandonar la tierra, El río sabe tu nombre conserva algo profundamente humano. Yun escribe sobre muertos que regresan, pero por encima de todo, sobre vivos incapaces de continuar sin ellos.

Perturbador y tierno.

Al final, las dos palabras no eran tan contradictorias.

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