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Cubiera de 'Las tres edades de Carlota'

Cubiera de 'Las tres edades de Carlota'Sr. Scott

'Las tres verdades de Carlota': los pijos también lloran en las novelas de Recaredo Veredas

Sátira del mundo de la edición independiente con unos personajes que recuerdan que el dinero ayuda pero no lo es todo

Alguien dijo que escribir es decir las cosas de siempre pero con palabras nuevas. De ahí el titular, aunque la expresión sea más vieja que las casetes de Camela, pero me vale para situar la nueva novela de Recaredo Veredas (Madrid, 1970). Y es que, como sucedía en Dallas, Falcon Crest o las películas londinenses de Woody Allen, los ricos no solo lloran, sino que tienen sus dramas propios, que resulta que se parecen mucho a los del resto de los mortales. Quizá lo que diferencia a un pijo, en su acepción más peyorativa, sea la gradación, la gravedad con que se enfrente a esos problemas. Recuerdo a un profesor que se mofaba de una alumna de una universidad de las islas Pago Pago y le recriminaba que sus problemas «eran de pija». «Sí, ¡pero son mis problemas!», protestaba ella con un punto de inapelable verdad.

Cubiera de 'Las tres edades de Carlota'

Sr. Scott (2026). 204 páginas

Las tres verdades de Carlota

Recaredo Veredas

Valga esta larga introducción para recordar lo que muchos lectores de Veredas ya sabían: que se mueve como pez en el agua llevando a escena a los sectores más favorecidos de la sociedad… para mostrar sus lados menos favorecidos. Hasta el punto de que pensamos que aquella frase de Moe, el barman de Los Simpson, tenía algo de lucidez: «Créeme, Homer, los ricos creen que son felices. Pero no lo son, solo lo creen».

¿Son felices los personajes ricos de las novelas de Recaredo Veredas? La respuesta rápida es que no. ¿Son desgraciados? Tampoco. Como todo hijo de vecina, viva en Sainz de Baranda o en la Cañada Real, juegan con sus propias cartas para desenvolverse en la vida, solo que con ocho reyes en lugar de cuatro, valga el símil musístico.

En Las tres verdades de Carlota, nos encontramos con Carlota Vergara, como no podía ser de otra manera, que lidia como puede con sus problemas de pija. Para empezar, no quiere vivir de la inercia de los suyos, una empresa multinacional que lo mismo te crea un sistema para evitar las minas antipersona como que te factura un pastizal vendiendo armamento haciendo bueno el dicho latino sobre el dinero: Non olet.

Así, Carlota Vergara quiere montar una editorial. Y lo intenta a su manera, tras unos años en Nueva York, y vuelve a Madrid cansada de marear la perdiz. El azar le hará dar con dos excompañeros de un máster de edición, Alicia y Tirso, de estratos sociales distintos a ella, y se subirá a un tren que ya han puesto en marcha: la editorial Las Manos Tendidas.

Aquí es donde Veredas, como ya demostró en la adictiva Soberbia (De Conatus, 2024), se muestra fuerte, metiendo en el cóctel no solo orígenes socioeconómicos distintos, sino actitudes, miradas, expectativas… O aquello que Milan Kundera llamó el kitsch, si es que lo entendí bien en La insoportable levedad del ser, es decir, una manera de leer el mundo y de proyectar cómo debería ser. Y aquí tanto Carlota como sus compañeros de aventura editorial, Tirso y Alicia, no podrían ser más dispares.

¿Y el autor? ¿Cuál es la querencia de Veredas, si es que hay alguna, si es que debería haberla? Ahí encontramos otro atractivo más: detectar si esa voz narradora que a la postre es autoral quiere más a papá o a mamá. Si carga más las tintas contra esos editores un poco hechos a sí mismos, pero no por ello menos pusilánimes, seguidistas y, en cuanto la ocasión lo requiere, capaces de corromperse o, cuando menos, de estafar a su prójimo como el directivo más psicopático de la multinacional de turno.

Hay algo de valiente en sacar la cara por el pijo, la pija, en la época que inauguró Lennon, y que aún sigue vigente, de los working class hero (is something to be). O quizá la inauguró Baroja en La busca, con ese Manuel Alcázar que era la antítesis del señorito, y que se iba a trabajar cuando los hidalgos se acostaban. En cualquier caso, nadie elige su cuna y una vez se ha digerido la primera leche (esa que nunca se vomita, como se recuerda en la novela), el camino del héroe es complicado para todos, pues para sobrevivir existencialmente hace falta algo más que euros en el banco, sean estos de origen limpio o tras la venta de bombas de racimo. Y me viene a la cabeza un lema que leí el otro día, en uno de mis paseos por Madrid, en la acampada de la Puerta del Sol: «Era tan pobre que solo tenía dinero».

Dicho esto, que nadie crea que Las tres verdades de Carlota versa solo sobre una rica en apuros. Porque Veredas pone el foco con similar interés en los otros dos protagonistas, con su particular lucha por la vida, pero lo hace con esa factura suya entre aguda, irónica, macabra, paródica con todo lo que le sale al paso y que no renuncia a unas dosis esotéricas. Todo ello, como hace por cierto Vicente Luis Mora en su fascinante Nosotras (Galaxia Gutenberg), con el mundillo literario, editorial, de fondo y sus cuitas, entre lamentables y sonrojantes. Porque al final se demuestra que, tanto en Malasaña como en el Barrio de Salamanca, el dinero acaba siendo el motor último: ya sea por pura avaricia, ya sea por mantener vigente el cotarro montado y así seguir alimentando la maquinaria de los sueños.

Un smoothie literario que podría resultar empalagoso o, peor aún, amargo, astringente, y que resulta todo lo contrario: una feliz disposición de los elementos que le mantiene a uno pegado a la página.

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