Cubierta de 'La biblioteca de los siete mares'
'La biblioteca de los siete mares': las historias también navegan
Alexander Pechmann recorre tres milenios de literatura marítima, en un homenaje erudito, pero algo prosaico, a quienes han contado el mar
En la noche del 28 de abril de 1865, el escritor escocés R. M. Ballantyne toma notas en una biblioteca de alfombras turcas y muebles de roble. Bajo sus pies baten las olas salvajes del mar del Norte. Se encuentra en el faro de Bell Rock, a 18 kilómetros de la costa: un bastión de piedra cuyos destellos le disputan al océano nuevas víctimas.
Traducción de Alejandro Pantoja. Acantilado (2026). 320 páginas
La biblioteca de los siete mares.
Una biblioteca envuelta por el mar: esa imagen define el libro que Alexander Pechmann (Viena, 1968), traductor de clásicos anglófonos, dedica a la literatura de los océanos. Su propia biblioteca empezó a bordo, con el libro favorito de su tatarabuelo, un marino que lo llevó consigo del Ártico al Adriático. Ese legado familiar alimentó su amor por la literatura náutica y por su capacidad para desdibujar fronteras: «En alta mar, los límites entre realidad y ficción parecen difuminarse con más facilidad que en otros lugares, y se puede fingir un grado impío de autenticidad con un puñado de términos náuticos».
Sabe Pechmann que en el mar las verdades se ondulan y refractan, y que su propia naturaleza «hace difícil levantar muros y poner piedras fronterizas». Por eso renuncia a ordenar su biblioteca por épocas o naciones. En su lugar, la reparte en siete círculos, semejantes a «esas ondas que crean los guijarros cuando se lanzan al agua»: el mar de los mitos, el de lo desconocido, el de las aventuras, el del trabajo, el de la calamidad, el del miedo y el de la pasión. Y advierte, con un humor que salpica su libro, que el mar del miedo es «un apartado que las mentes delicadas se pueden saltar para llegar rápidamente al ‘mar de la pasión’».
La literatura del mar zarpa con Homero. Su Odiseo es guerrero implacable, pero también pirata, marinero y náufrago. Y es un consumado fabulista, por lo que «no se puede descartar que las historias de monstruos y hechiceras sean pura invención de marinero». Al volver a Ítaca, se inventa una expedición a Egipto más verosímil que sus historias de Circe y Polifemo. Confirma así, como recordaba Vargas Llosa, «la verdad de las mentiras»: la capacidad de la ficción para desvelar verdades sobre la condición humana.
Pechmann rastrea los grandes motivos que surcan la literatura marítima, como el holandés errante o el albatros. En La balada del viejo marinero (1798), de Coleridge, el albatros es recibido «como si fuera un alma cristiana». Su presencia libera al barco de los hielos y trae el viento favorable. Pero el marinero lo mata por capricho. El barco se detiene y los compañeros le cuelgan el cadáver al cuello en lugar del crucifijo. Todos los tripulantes mueren, salvo el asesino, condenado a seguir viviendo como Caín. Solo se redime cuando descubre la belleza de todas las criaturas, incluso de los monstruos de la calma, y comprende que Dios las ama. Como penitencia, debe contar la historia una y otra vez. Como el albatros tras los barcos, Mary Shelley, Melville o Baudelaire siguen la estela de Coleridge. Las historias también navegan.
El mar es territorio de temporales y naufragios. Pero también impone una prueba a los que no zarpan. «La travesía de los mares parece haber sido inventada para dividir a los amantes», y muchas historias de amor marítimas cuentan las esperas de «miles y miles de Penélopes». En Persuasión (1817), de Jane Austen, el capitán Harville confiesa el temor de tantos marinos cuando ve alejarse el bote que lleva a tierra a su familia: «¡Sabe Dios cuándo estaremos juntos otra vez!».
En ese mismo mar de la pasión navega Velas escarlata (1922), del ruso Aleksandr Grin: la historia de una muchacha a la que profetizan que un barco de velas escarlata vendrá a buscarla, y del capitán que decide hacer verdad la profecía. En 1930, en pleno giro estalinista, un editor estatal le cierra la puerta con esta frase: «Usted rechaza la época, y a través de nosotros la época se venga de usted». Grin, tachado de romántico y escapista, ya apenas puede publicar y muere enfermo y desnutrido en 1932. «Todo llega a su fin en algún momento», replica Pechmann. Y, tras el fracaso soviético, las velas escarlata siguen asomando en el horizonte.
Hay muchas historias jugosas entre estas páginas. Pero la travesía también hace aguas. Su prosa es grisácea. El índice onomástico supera los cuatrocientos nombres y el lector, arrastrado de un autor a otro, pierde el norte. Pechmann es un magnífico bibliotecario: encuentra tesoros, los clasifica y los dispone ante nosotros. Pero rara vez los convierte en pensamiento. Le sobra inventario y le falta ensayo: intensidad lírica y calado reflexivo. Por ello, la lectura deja un regusto agridulce: el mar prometía mucho más. Porque, como escribió Whitman, «el mar es un continuo milagro».