07 de diciembre de 2022

Convento de las Descalzas Reales, donde Tomás Luis de Victoria fue Maestro de Capilla

Convento de las Descalzas Reales, donde Tomás Luis de Victoria fue Maestro de Capilla

Tomás Luis de Victoria, el olvidado «músico de Dios», la cima musical de España

El autor del Officium Defuctorum, obra cumbre de la música española, es uno de los más grandes compositores del Renacimiento

La temporada de la Orquesta Nacional de España acaba de inaugurarse con una magnífica interpretación del Réquiem de György Ligeti, una obra en la que el compositor húngaro reconoció haberse dejado influir, entre otros, por uno de los más grandes músicos del Renacimiento, Giovanni Pierluigi da Palestrina. Tanto en el Introito como en el Kyrie de esta obra maestra, más tarde empleada por Stanley Kubrick en la banda sonora de su 2001: una odisea del espacio con notable efecto, se perciben los ecos de esas resonancias celestes, de ese deseo de elevación sublime que constituyen también la esencia de las creaciones de uno de los más importantes compositores españoles de todos los tiempos, Tomás Luis de Victoria, reconocido en todo el mundo pero casi olvidado en su tierra.

El más grande compositor del Renacimiento

En 2014, Jordi Savall, uno de los principales rastreadores de las múltiples riquezas ocultas del Siglo de Oro español, que luego ha interpretado en los principales auditorios internacionales, rechazó la concesión del Premio Nacional de Música. Como explicación dijo que se trataba de un gesto para poner de manifiesto que «en el ámbito del Estado nunca ha habido nadie capaz de valorar nuestro patrimonio musical». Para Savall, existen en España hasta veintisiete orquestas subvencionadas por las distintas administraciones, centradas mayoritariamente en la interpretación de la música de Mozart, Beethoven o Brahms, cuando no hay ningún compositor español de esos períodos que pueda equiparárseles en importancia. Sin embargo, no existen ayudas similares para conjuntos que exploren y difundan lo que constituye el inmenso legado de la música antigua española, de modo particular, la obra ingente de un Tomás Luis de Victoria, para algunos el más importante compositor del Renacimiento.

La BBC se desplazó hasta España para grabar un magnífico documental con los más encendidos elogios a la labor de Victoria, llegando a equiparlo con los mayores creadores de su tiempo

En 2011 se cumplieron 400 años del fallecimiento de Victoria, se supone que enterrado en el madrileño Convento de las Descalzas, donde pasó sus últimos años dando forma a creaciones como su obra maestra absoluta, el Réquiem concebido para el funeral de la hermana del rey Felipe II, la emperatriz María, su benefactora. Con tal motivo, la BBC, en coproducción con TVE y una cadena franco-alemana, se desplazó hasta España para grabar un magnífico documental, en inglés, en el que básicamente un director británico, y no uno cualquiera, si no Harry Christophers, gran especialista en el repertorio antiguo y barroco, se dedica a glosar con los más encendidos elogios la labor de Victoria, llegando a equiparlo con los mayores creadores de su tiempo.
El documento audiovisual, titulado El músico de Dios, puede rastrearse fácilmente en las redes. Expuesto con esa suerte de rigor y sencillez exento de toda pompa y artificio (como la prosa de algunos de los más serios hispanistas británicos que nos han explicado parte de nuestra historia), pleno de datos e informaciones interesantes, se beneficia además de la interpretación de varios fragmentos de algunas de las obras más representativas del compositor abulense.
Retrato de Tomás Luis de Victoria

Retrato de Tomás Luis de Victoria

El marco escogido para tal fin es la bellísima Iglesia de San Antonio de los Alemanes, un rincón más a descubrir de la capital. Y por supuesto, el conjunto que interpreta esas músicas no es otro que The Sixteen, la espléndida formación que dirige Christophers, quien se encarga además de situarlas en su justo contexto con admiración y entusiasmo sinceros. La fascinación que este director transmite, con ese brillo que se percibe a veces en la mirada al hablar del hondo mensaje espiritual presente en las piezas de Victoria, se convierte en intensa pasión al dirigir a los miembros de su magnífica formación con fervor contagioso.

Felipe Pedrell sí que le dedicó una biografía; pero en su caso el gran padre de la musicología española debía, por su propia dedicación, conocerlo a fondo

¿Y por qué estos señores, llegados ex profeso del Reino Unido, parecen tan convencidos de la superioridad artística de Victoria cuando aquí, en su propio país, no goza de similar consideración más que para un puñado de iniciados? Quizá la respuesta pueda hallarse en el ignorante desprecio con el que nuestros intelectuales han tratado siempre la música, algo que no ocurrió en el resto de Europa. El compositor y crítico Felipe Pedrell sí que le dedicó una biografía; pero en su caso el gran padre de la musicología española debía, por su propia dedicación, conocerlo a fondo. Su singular relevancia en el contexto cultural trasciende el ámbito exclusivo de los académicos, va mucho más allá de la música.
Nunca tuvo un Ortega y Gasset, por ejemplo, que lo descubriera y cantara sus alabanzas, ni un pensador que conjugara influencia, predicamento y la autoridad imprescindibles para señalar los indispensables faros que iluminan nuestra cultura, capaz de situar a este compositor en el mismo plano de igualdad, valor y trascendencia que un Velázquez o un San Juan de la Cruz. Si las partituras de Victoria fuesen cuadros nadie entendería que no formaran parte esencial de lo más granado de El Prado. La pintura de El Greco, la literatura mística de Santa Teresa (quien por cierto lo conoció e impulsó en vida) gozan de un aprecio y conocimiento mucho mayor, cuando en justicia correspondería equipararlos en la balanza de la historia.

Sin referencias

A la vuelta del concierto en el que la ONE interpretó el Réquiem de Ligeti, acudo en busca de los espléndidos textos que Eugenio Trías dedicó a la música durante sus últimos años. Seguro estaba de hallar entre sus páginas una ponderada reivindicación de la maestría del gran compositor abulense, consagrado a difundir un mensaje espiritual de encuentro con la sagrada divinidad. ¡Nada! Por el contrario, hay capítulos dedicados a Orlando di Lasso y a Palestrina, que por cierto fue profesor de Victoria (aunque esto tampoco se mencione en La imaginación sonora) pero ninguna referencia al español. En descargo del filósofo catalán hay que decir que en el prólogo afirma que si la vida le concediera una prórroga, en un próximo texto, habría de dedicarle unas reflexiones. No pudo ser.

A Boccherini, Corselli... se les recuerda quizá más hoy que al propio Victoria

España fue, sobre todo durante los periodos en los que gobernaron los Borbones, terreno fértil para la importación de talento musical extranjero, fundamentalmente llegado de Italia. Todavía hoy se suelen interpretar con cierta frecuencia las obras de Boccherini o Corselli, y se recuerdan las labores que en las indispensables tareas de organización musical desplegaron personalidades de otro tiempo como el célebre castrato Farinelli o el empresario y escritor Temistocle Solera. A todos ellos se les recuerda quizá más hoy que al propio Victoria, quien por cierto realizó el trayecto inverso.

De Ávila a Roma, y de Roma a Madrid

Nacido en Ávila, en 1540, y después de unos años como niño cantor en la catedral de su ciudad, durante la adolescencia se trasladó a Roma para estudiar en el prestigioso Collegium Germanicum. En la capital italiana se afianzó como compositor muy reconocido de música sacra, uno de los principales entre los europeos: sus creaciones llegaron incluso en sus años de apogeo a las catedrales y principales iglesias de América. Hasta que un día decidió que ya era tiempo de volver a casa, donde trascurrieron sus últimos treinta años. Las catedrales de Sevilla y Zaragoza se disputaban sus servicios, pero a él le atraía más la seguridad de la corte, que además supo recompensarlo con un retiro dorado en el Convento de las Descalzas, donde cuajó su joya definitiva, el llamado Officium Defunctorum, que contiene el Réquiem, para ser interpretado durante las exequias de María de Austria, en 1603.
Partitura de 'Missa alma redemptoris', (1600).

Partitura de Missa alma redemptoris, (1600).

Tratándose de una de las obras más importantes de toda la historia musical española, tal como reconoce en su libro sobre el Réquiem el profesor de música de la Universidad de Oxford Owen Rees (de nuevo un anglosajón…), cabría pensarse que existen numerosas grabaciones de la misma. Pues realmente no es así. La más completa, la primera auténticamente integral, registrada por Albert Recasens al frente de La Grande Chapelle, y Juan Carlos Asensio, responsable de Schola Antiqua, se publicó a finales de 2020.
Cuatro siglos han tenido que aguardarse para ofrecer en condiciones ideales el testamento artístico de Victoria, pieza fundamental del Renacimiento, punto culminante de la polifonía española en el Siglo de Oro. Apreciar su legado supone un goce estético y espiritual. Sus motetes y antífonas constituyen una fuente de inagotable y renovado placer, al regresar a ellos siempre es posible realizar algún nuevo descubrimiento, repletos como están de sutilezas.

Hacia el infinito

Igual que las sinfonías de Bruckner mucho después, sus melodías se elevan hacia el infinito como la arquitectura de una catedral gótica buscando establecer, en sublime ascensión, un diálogo directo con el más allá. La música se encuentra en él siempre al servicio del texto, que colorea con rica y variada paleta expresiva para conmover hasta dotarlo de un significado mucho más amplio y trascendente del que solo puede llegar a alcanzarse mediante palabras. El único peaje que exige es aquel que supone la escucha activa para poder apreciar a cabalidad todas sus bellezas, algo que seguramente puede parecer contrario a estos tiempos desquiciados de inútiles prisas y concentración anestesiada. Vale la pena intentarlo.
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