El favorito de Karajan contra una ex figura del Manchester City
Encarcelado y herido estos días, el gran cantante Paata Burchuladze se opone al nuevo presidente de Georgia, un popular futbolista
Paata Burchuladze con otra leyenda: Montserrat Caballé
La primordial materia prima de un cantante es el aire. Por eso ver ahora las imágenes del «segundo Chaliapin», como lo llegó a bautizar Herbert von Karajan, su mentor artístico, sometido a la respiración asistida, en la camilla de un hospital, antes de ingresar en una cárcel de Tbilisi, provoca una sensación parecida a la de contemplar de cerca un ave, en su caso seguramente un águila imperial, a la que le hubieran cortado las alas.
Paata Burchuladze, aquel auténtico bajo dotado con una voz profunda, seductora, capaz de infundir en Don Juan, con sus resonancias cavernosas, el terror de enfrentarse a la misma muerte anunciada en la piel pálida y los acentos dramáticos del comendador, disfrutó del éxito desde temprano.
Nacido en Georgia, hace 70 años, apenas se había fogueado en los teatros al lado este del telón de acero cuando ya concitó la atención internacional, tras proclamarse ganador de relevantes concursos: el Chaicosvki, el de Voces Verdianas de Busetto o el que organizaba Luciano Pavarotti.
El definitivo encuentro en Salzburgo
Con este último, y Zubin Mehta en el foso, cantó aquellas funciones de «Aida», en Londres, que en 1984 despertaron la curiosidad de Herbert von Karajan. Concluido el compromiso en Covent Garden, Burchuladze fue requerido en Salzburgo, donde le aguardaba una audición con el director que habría de cambiarla la vida.
«Muti, Levine, Mehta, Maazel, Abbado, todos ellos son excelentes, pero Karajan los superaba: el nivel de excelencia musical que él alcanzaba mediante sus interpretaciones jamás ha vuelto a lograrse», dijo en una ocasión este cantante, cuya sólida carrera prosiguió en los más alto, al menos durante un par de otras décadas, tras la desaparición de su reconocido valedor. Cuando, en 1989, el director austriaco se despidió de la Filarmónica de Berlín, en ese último concierto también estaría él, a su lado, para cantar el «Réquiem» de Verdi.
Paata Burchuladze, con Pavarotti
Con treinta años, Burchuladze se había sumergido en la incierta penumbra de la sala escogida para aquella prueba de fuego, desde donde solo escuchó una voz sin rostro, hasta entonces desconocida para él: «Puede usted empezar». Cantó uno de los monólogos de «Boris Godunov» y la gran aria de Felipe II en «Don Carlo». Al final, la figura ya algo endeble del maestro se le apareció de entre las sombras y con una mano le propinó un par de cachetes en la mejilla, mientras le aseguraba: «Buen muchacho, trabajarás conmigo».
Y así fue. Durante unos pocos años, los últimos de su vida, Karajan parecía haber hallado al bajo ideal con el que volver a grabar dos de sus obras favoritas, las misas de difuntos de Mozart y Verdi. A cambio, su nuevo descubrimiento, gracias al contacto estrecho con sus enigmáticos poderes, llegaría a conocer, por única vez, la verdadera magia.
Un poco de la magia de Karajan
«En una ocasión, mientras seguía el rastro de sus manos, ligando el sonido, cincelando las frases, me di cuenta de que podía cantar todas esas largas líneas que él dibujaba con sus expresivos gestos sin apenas sentir la necesidad de volver a tomar aire. Luego ya, cuando regresé al camerino, probé a hacer eso mismo por mi cuenta, sin él, pero no podía. Me hacía falta respirar. Lo que él obraba era algún tipo de prodigio», confesó en una ocasión.
Burchuladze continuó presentándose después en los mejores teatros del mundo. En Barcelona, aún cantó en un «Don Carlo» y luego regresaría para un homenaje a su amiga Monserrat Caballé, hace unos siete años.
Pero en estos últimos tiempos cambió la vestimenta de Juan de Procida por la de otro héroe nacionalista, la suya propia como figura política de su país. Aprovechó su popularidad artística para ejercer la oposición contra los más recientes gobernante de su patria, leales a Rusia frente a las aspiraciones de su nación caucásica, en gran medida (tres cuartos de la población así lo desearían, según las últimas encuestas) partidaria tanto de mantener su soberanía en todos los órdenes como de llegar a formar parte de la Unión Europea.
El magnate amigo de Putin
Durante su pasado reciente como gloria lírica, el cantante se forjó un buen patrimonio, que, en gran medida, le sirvió para propiciar el sostenimiento de fundaciones vinculadas con la infancia, asuntos educativos y esas cosas. Pero no llegaría a acumular tantas riquezas como su paisano rival de hoy, Bidzina Ivanishvili, el billonario que emergió del caos de los años posteriores a la Perestroika convertido en un oligarca de las financias y la metalurgia: su fortuna representa un cuarto del PIB de Georgia.
Ivanishvili, camuflado en las siglas del partido Sueño Georgiano, se convertiría en la pesadilla de Burchuladze y de los compatriotas que como él anhelan un futuro alejado de la influencia de Putin, independiente económicamente y vinculado a los valores de la UE (y por qué no decirlo, también de EE. UU.).
Desde 2011, y tras un breve periodo como primer ministro, el multimillonario prefirió abandonar el poder formal para dedicarse a manejar los hilos de la política desde el puente de mando de sus prósperos negocios. A la busca de candidatos populares para que se ocuparan de una suerte de presidencia delegada, Ivanishvili ha logrado imponer últimamente como presidente de Georgia a una leyenda deportiva: el fútbol goza de mucha mayor atención que la ópera, aunque algunos manifestantes mostraran sus discrepancias con el elegido exhibiéndose con balones por las calles de Tbilisi, no como homenaje sino en señal de repudio a las únicas virtudes comprobadas del nuevo líder.
En diciembre del año pasado, por primera vez, Georgia nombró a un presidente no elegido mediante sufragio universal. Mijail Kavelashvili, antigua figura del Manchester City, fue proclamado directamente por el parlamento, bajo control casi absoluto de Sueño Georgiano. Para ello, antes se aplicó una reforma legislativa según la cual, a partir de ahora, son los parlamentarios electos, y no el pueblo, quienes de manera delegada escogen al principal mandatario del país.
La oposición, que ha denunciado sucesivos pucherazos en todas las elecciones celebradas en Georgia desde que gobierna Sueño Georgiano, salió a las calles para protestar durante los últimos comicios municipales, en los que el partido gobernante cosechó el 100% de los votos en algunas circunscripciones: las otras fuerzas se negaron a presentar candidatos en protesta por los amaños anteriores.
De la calle al hospital y la prisión
En una de esas demostraciones, hace un mes, frente a la residencia presidencial, fue donde detuvieron a Paata Burchuladze: los gases lacrimógenos empleados por la policía lo condujeron primero al hospital, antes de acabar en la cárcel. Allí sigue estos días acusado, junto a otras personas, de actos destinados a promover una rebelión violenta contra el orden establecido. Le aguardan unos cuantos años a la sombra, si un milagro no lo remedia. Un juez ha decretado que, de momento, continuará en prisión «sine die».
Uno de los últimos grandes intérpretes de Boris Godunov, la ópera que retrata la lucidez del hombre que persigue convertirse en zar a toda costa, asesinato incluido, para luego comprobar la futilidad del poder y acabar medio loco, permanece en prisión ante la mayoritaria indiferencia de sus antiguos colegas de la comunidad musical internacional (los más jóvenes seguramente ni saben ni les importa quién es).
Mientras, al mismo tiempo, el adversario que en otra época defendía los colores del equipo, hoy de Guardiola, disfruta de las prebendas del cargo que le ha servido en bandeja el hombre que en realidad rige los destinos actuales de Georgia: una suerte de emisario de Putin.
En la animada escena de nuestro tiempo hay libretos de ópera tan buenos, e incluso muchos mejores, que los que en su día inspiraron a los más grandes compositores, de Monteverdi a Britten; pero parece que como estos últimos, hoy, ya no quedan muchos.
Quizá por eso le gente sigue prefiriendo, por encima de todo, que le sigan sirviendo sus cármenes (como ahora se verá en Madrid durante el mes próximo), rigolettos y toscas, una y otra vez.