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16 de junio de 2024

César Wonenburger
Historias de la músicaCésar Wonenburger

Mayte Martín no tiene quien le escriba

La polifacética artista catalana pasó estos días por Madrid para regresar a sus orígenes flamencos, mientras ha publicado otro disco indispensable con canciones universales, himnos de amor y desventuras

Actualizada 04:30

Mayte Martín

Mayte Martín

Hay síntomas, a veces inadvertidos a simple vista, pero apreciables en cualquier atenta exploración, por mínima que sea, capaces de revelar la naturaleza de un mal profundo, de esos que van minando la salud del enfermo para nada imaginario hasta provocar, en el peor de los casos, quizá su lenta pero inexorable desaparición. Leyendo estos días un par de entrevistas con Mayte Martín, una de las mejores cantantes españolas de nuestro tiempo (en cualquier estilo), me entero de que alguno de sus últimos discos, no sé si el que lleva por título Tatuajes, el más reciente, magnífico como todos los suyos, donde presta su delicada y poderosa voz, su honda sensibilidad a algunos de los mayores himnos de siempre (Ne me quitte pas, Alfonsina y el mar, Eu sei que vou te amar, y por ahí…), ha sido producto de eso que ahora se llama «crowfunding», una manera fina de «pasar la gorra».

La nevera vacía de los flamencos

En principio no habría nada que objetar al hecho de que una artista buscase la implicación de sus seguidores, contribuyentes directos en la materialización de una obra artística a través de donaciones particulares. La idea incluso parece sensata: que los principales destinatarios del talento de la intérprete sean quienes directamente propicien que el mismo pueda conservarse digitalmente y difundirse hasta donde las fronteras de la escucha activa lo permitan, tiene algo de artesanal, de regreso a los orígenes del intercambio más espontáneo y libre, basado en un trato justo y eficaz para las partes (siendo la más generosa, en este caso, la de quienes se desprenden de un poco de su patrimonio, por mínimo que sea, para que el resto también pueda beneficiarse cuando el producto esté cabalmente terminado).

Regreso al Teatro de la Zarzuela, en tarde de toros, por San Isidro

Pero el aspecto más romántico de esta suerte de primitivo trueque se diluye al meditar acerca de su causa esencial. Escuchándole cantar de nuevo, esta vez en un concierto celebrado durante esta misma semana en el Teatro de la Zarzuela madrileño, íntegramente dedicado a sus orígenes estrechamente vinculados al flamenco, su primera pasión, resulta descorazonador darse cuenta de que, en estos momentos, una de nuestras principales artistas, como aquel coronel de García Márquez, «no tiene quien le escriba». Ya lo dijo en su día el legendario Paco de Lucía al recibir uno de los mayores reconocimientos por su carrera: «Los flamencos tienen siempre la nevera vacía».

Ya, pero el enorme talento Mayte Martín no solo se despliega en el flamenco, su espíritu inquieto le ha llevado siempre a frecuentar otras voces y otros ámbitos. A Mark Zuckerberg se le podría recomendar, por ejemplo, que en ese búnker solitario que se ha construido en Hawai, para blindarse de posibles futuras plagas destructoras de la Humanidad, se llevara con él un ejemplar de Free Boleros, aquel iluminador disco que esta artista concibió en compañía del genial Tete Montoliu, anticipándose en dos décadas a aquella otra magna colaboración entre la nasalidad bendecida de Diego «El Cigala» (hoy felizmente refugiado en Punta Cana) y la sensualidad caribeña encarnada en los dedos aún ágiles de Bebo Valdés.

Las discográficas ya no reconocen el talento genuino

Y sin embargo, el trabajo de Martín no parece resultar ya de interés para los ejecutivos de los principales sellos discográficos, varios de los cuales, entre los más glamurosos, han tenido tanto que ver con la presente degradación del panorama musical en España hasta cotas inimaginables de pésimo gusto. ¡Es un escándalo!, que diría el gran Raphael. Pero no el hecho según el cual los principales contratos se los llevan ahora los mayores cultivadores de la peor bazofia (al fin y al cabo siempre ha resultado un poco así, también en casi todos los ámbitos de la creación artística). Porque en otro tiempo, incluso eso que se denomina el «mainstream» permitía que entre sus bastas redes se colaran algunos artistas de primer nivel: el antaño idolatrado Nino Bravo, por ejemplo, se situó un día como referente de la canción ligera basándose en unos medios importantes y un carisma distinguible que tenía que ver con sus dotes para comunicar, todo muy superior a lo que en estos momentos nos ofrecen modelos como los «bisbales» de turno.

La propia Martín, en alguna de esas entrevistas recientes, ya se encarga de poner el dedo en la llaga cuando afirma que, hoy, los aspirantes a artistas «aprenden cuatro chorradas y se convierten en cantantes». «Para ser músico, para crear arte se necesitan una serie de requisitos, cosas que hoy ya no son necesarias, no se le pide la rabia». Esa rabia, la hondura que destila la voz frágil, seductora de esta mujer, capaz de remover y transmitir emociones genuinas, aunque el destinatario pueda encontrarse algo perdido, estar más o menos familiarizado con los requisitos de un arte pleno de sutilezas, de recovecos, de paradojas como el flamenco. Al final, como decía Falla, «la música no se hace, ni debe jamás hacerse para que se comprenda, si no para que se sienta». Pero para hacer que se sienta, primero hay que saber.

«El flamenco es otra manera de medir», que decía Morente

Martín, catalana abucheada en su día por decidirse a cantar en castellano durante una Diada, no es intérprete conformista ni fácil. Su aproximación a un arte tantas veces delimitado sin demasiado criterio por sus celosos cancerberos, no admite reparos, pese a que a su sentimiento no se adorne con rajos y gritos de ultratumba. A esta filósofa del cante jondo le sobran argumentos para dotar sus modulaciones de intensidad y misterio envuelto en palabras que gracias a su excelente dicción se destilan claras, precisas en su sencillez fruto de la tradición, de una oralidad espontánea que cobra forma de desesperado lamento o de jubilosa celebración musical, a menudo teñida de finas capas de ironía. Y todo revelado de un modo distinto, a través de ese arte ancestral, fruto del mestizaje, de valiosas herencias de pueblos nómadas asentados entre nosotros, enriquecidas de aportes propios, cuya esencia reveló Enrique Morente inspirándose en León Felipe: «el flamenco es otra manera de medir».

Dulzura, elegancia y ritmo

La otra tarde, compareció la cantaora ante su bien nutrida parroquia (teatro casi lleno para una hora ceñida de pura magia) como ya es costumbre en ella, sin elaboradas escenografías, su diminuta figura cautiva de colores oscuros, emergiendo desde la penumbra en excelente y exclusiva compañía. Durante lo que duró toda la sesión, José Gálvez arrancó de las cuerdas de su guitarra un torrente de ritmos, de floreos, ora fundiéndose en la siguiriya con la expresión trágica de la artista o desplegando por sí solo esa comunión perfecta entre fantasía y álgebra con resultados poéticos que transforma la madera. Qué artista…

Al final, justo antes de la vibrante cantiña conclusiva, un espontáneo le gritó a Martín que en ese punto podía ya soltarse el pelo. Nada parecía haber comprendido el hombre, o quizá le hubiese cegado la escasa iluminación: ni acertó a comprobar cómo la plateada melena se estremecía al tiempo que la voz se encaramaba hacia los tonos más altos («hasta he soltado un par de gallos», le replicó ella), ni a escudriñar del todo en la ductilidad de un canto hecho a la vez de elocuencia, dulzura, elegancia y ritmo con esa inteligencia que nunca mata la pasión. Se diría que Mayte Martín es a los cantaores lo que el inalcanzable Dietrich Fischer-Dieskau a los «liederistas».

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