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Joaquín Sabina se retira de los escenarios con un nudo en la voz: «Sin vosotros las canciones no existen»

El de Úbeda terminó su gira de despedida en Madrid con un concierto repleto de emoción y últimas veces

Joaquín Sabina, durante su concierto de despedida en el Movistar Arena (Madrid)

Cuesta creerlo pero, desde este mismo lunes, Joaquín Ramón Martínez Sabina (Úbeda, Jaén, 76 años) está jubilado. El cantautor puso fin anoche a una gira de más de 70 conciertos y 700.000 espectadores con la que, asegura, lo deja definitivamente. Y lo hizo llenando el Palacio de los Deportes de Madrid por tercera vez este mes, un escenario que le ha visto caerse, levantarse y hasta entrar en pánico, pero casi siempre triunfar.

Decía el actor Fernando Fernán Gómez –una vez que le preguntaron sobre la jubilación– que él estaba «muy capacitado para no hacer nada», que no era «de esas personas que necesitan estar trabajando» para realizarse. No está claro cómo de preparado está Sabina para dedicarse a cualquier otra que no sea cantar, pero por si acaso dejó un concierto redondo, lleno de emoción y últimas veces. «Está gira que se llamaba ‘Hola y Adiós’ esta noche ya se llama solo ‘Adiós’», aseguró casi nada más entrar, como diciendo que va en serio.

El concierto de despedida tuvo un repertorio de 22 cancionesEuropa Press

Comenzó el concierto apagando las luces y emitiendo el videoclip de ese último single donde pide guardar «un último vals» para él mientras van saliendo todos esos amigos que le han hecho la vida mejor en los últimos años: de Serrat a Leiva y de Calamaro a José Tomás.

Para entonces ya se había colocado toda la banda sobre el escenario. Salió en último lugar Sabina, recibiendo un aplauso descomunal, como si llegara de un sitio muy remoto. Se quitó el bombín blanco para brindar al público y se sentó en el taburete. Se agarró el brazo izquierdo como suele, que no sabe uno si se ha puesto tímido o le está dando un infarto. Por momentos pareció emocionarse, le tembló el gesto y miró hacia atrás, como pidiendo permiso a la banda, pues había mucho ruido como para empezar.

Abrió con Yo me bajo en Atocha, una habitual, y se hizo después un silencio grande para escuchar al cantautor, que celebró «cómo han crecido» sus canciones «y cómo han conseguido colarse de un modo misterioso en la memoria de varias generaciones (...). Sin vosotros las canciones no existen. Gracias eternas», resumió.

Sabina tuvo momentos de mucha emoción en su último conciertoEuropa Press

Le siguió Lágrimas de mármol, que quizá es la mejor de todas las que ha pergeñado junto a Leiva, su rockerito de cabecera. Tiene un ritmo bravo y versos que hablan mal de uno mismo, como le gustan a Sabina… («Acabaré como una puta vieja, hablando con mis gatos»).

Con esta quedó patente que las sillas de pista estaban casi de adorno, ejerciendo más de perchero que de refugio para la fatiga. Le siguieron Lo niego todo, Mentiras piadosas, Ahora que… «Es muy conmovedor que para este concierto haya venido tanto amigo, tanto queridísimo y admirado amigo del otro lado del mar», dijo en alusión a alguna bandera mexicana que había entre el público. «Este concierto es el último de mi vida y por tanto el más importante, porque será el que recordaré con más emoción».

Continuó con la segunda canción que escribió en su vida –Calle melancolía– y agarró por primera vez la guitarra para 19 días y 500 noches. Dedicó a todos aquellos que trabajan con él (técnicos de sonido, equipo de vídeo) una celebrada Quién me ha robado el mes de abril y aprovechó Más de cien mentiras para presentar uno a uno a su banda: Jaime Asúa, Mara Barros; su bajista bonaerense, Laura Gómez Palma; el batería Pedro Barceló, Borja Montenegro, Josemi Sagaste y su escudero Antonio García de Diego, «que dirige la banda, y convence más que manda», rimó Sabina.

La última gira de Sabina ha tenido más de 70 conciertos y ha vendido más de 700.000 entradasEuropa Press

En el primero de los descansos Mara Barros interpretó Camas vacías y Jaime Asúa, Pacto entre caballeros, a cuyo estribillo final apareció Sabina.

Turno para De purísima y oro, una canción que sale y entra de los repertorios pero que tiene más memoria histórica que todos los ministerios que se quieran inventar. Estaba Sabina sacando ya el «oro viejo», como dice Amorós de Morante, con Peces de ciudad, Canción para Magdalena o Por el bulevar de los sueños rotos, que nació de una conversación con Chavela Vargas y a la gente le gusta.

Sonó Y sin embargo –con esa introducción coplera de Mara Barros que escalofría al más templado– y esas rancheras que suenan a despedida: Noches de boda / Y nos dieron las diez. Terminaron esta última cantando todos a capela, amagando con marcharse y llevándose una ovación a todo lo que daban las palmas en el Palacio de los Deportes, cuyo fondo, visto desde abajo, es como mirar al Monte Fuji.

En el segundo descanso, García de Diego interpretó La canción más hermosa del mundo. Y volvió Sabina con una levita granate, como de director de orquesta, para cantar sin apenas banda Tan joven y tan viejo.

Se llevó con este clásico casi treintañero (1996) un aplauso tan largo que le tocó pedir, «si sois tan amables, que sé que lo sois», paciencia para «un par de canciones» más. Fueron Contigo y Princesa, que motivó a mucha gente a bajar las escaleras de la grada hacia la pista y echar el resto como si fuera la última vez. Porque en efecto lo era.