Concierto de Año Nuevo, la auténtica innovación estaba en el esmalte de uñas
Yannick Nézet-Séguin debuta en la tradicional cita musical vienesa con un programa que privilegió sobre todo el humor, como en otros tiempos
La Filarmónica de Viena celebra este jueves su tradicional Concierto de Año Nuevo en la Sala Dorada de la Musikverein, dirigido por el maestro canadiense Yannick Nézet-Séguin
El populismo se ha colado hasta la Gran Sala Dorada del Musikverein. Aseguran que para devolverle al Concierto de Año Nuevo el sentido del humor, la jubilosa celebración de que otra vida es posible mientras se suceden los presagios de nuevas catástrofes bélicas: el anuncio chino de que la «liberación» de Taiwán puede hallarse próxima, colada entre los buenos deseos de su máximo mandatario para el 2026, supone uno de los más aterradores de los últimos tiempos por las consecuencias que podría implicar. Pero mientras podamos seguir bailando, todavía hay esperanza (como creían los del Titanic).
Lo de propiciar el baile viene de lejos, de los inicios de la carrera de Johann Strauss, el viejo («baila mientras toca, en cuerpo y alma; no con los pies sino con el violín, que se balancea mientras todo él marca el acento en cada compás», como describía una de sus actuaciones, Ignaz Moscheles, hacia 1838).
El programa incluye además de los las tradicionales obras de vals y polka de la familia Strauss, entre otras, dos piezas de dos compositoras
Y luego ya se sabe lo que ocurrió: los nazis se apropiaron la idea de introducir los estímulos vivificantes que producía la animosa música de la gran familia de origen judío para entretener a los familiares de sus tropas, ampliada a las gentes de Viena, que simulaban rebelarse escuchando El Danubio azul.
Hoy si Trump se decide a entrar en Venezuela, jamás se le ocurriría llevar hasta al portaviones anclado en aguas caribeñas, para contribuir a mantener alta la moral de los marines, a la Sinfónica de Boston, ni siquiera con el repertorio de los Boston Pops. Por allí se asomarían, más bien, Sidney Sweney e Igy Azzalea, contorsionándose como es natural en estos casos.
La 'Marcha Radetzky', como en el circo
Pero mientras llega ese momento, en la vanguardista Europa Yannick Nézet-Séguin se ha puesto el chaqué azul oscuro que le confeccionó su marido, pintado las uñas del blanco color de la paz y, sin dejar de sonreír todo el rato, ha correteado entre las filas de asientos del templo musical austriaco para dirigir las palmadas de los complacidos asistentes a la cita.
Ocurrió al final, en una Marcha Radetzky'convenientemente desnazificada hace un par de años por virtud de un nuevo arreglo musical, mientras el director se lanzaba de un lado al otro con la destreza de un auténtico maestro de ceremonias circense, o un remedo moderno del flautista de Hammelin.
Yannick Nézet-Séguin
En realidad, el músico canadiense que sustituyó al gran James Levine como director del Metropolitan de Nueva York (para propiciar su empobrecimiento artístico hasta provocar la estampida de buena parte de sus antiguos abonados, mientras los nuevos ni llegan ni probablemente llegarán), se pasó todo el concierto de esprint en esprint. No se recuerda una primera parte más breve ni fulgurante, pero quizá tampoco menos sustancial o refinada. A ritmo frenético de Fórmula Uno (los filarmónicos nunca fallan ni ante este tipo de retos), galops, polcas y cuadrillas se sucedían sin apenas tregua con el torpe encanto de una sofisticada vulgaridad.
Entre tontería y lugar común, el locutor para TVE, Martín Llade, se afanaba a su vez por rizar el rizo de la hipérbole, convenciendo a la audiencia de que ante sus ojos y oídos estaba aconteciendo una maravilla jamás presenciada: a los pocos minutos hablaba ya casi de «concierto del siglo», «el mejor que se recuerda» (fórmula rápidamente incorporada por el papanatismo de las redes) por su amplía sucesión de bromas, guiños jocosos o enternecidos e improvisados cánticos (los filarmónicos no pararon de cantar, imitando incluso a unos indios de pega, los Malopou: algo que sin duda hubiera enervado a los nuevos anticolonialistas, en otro contexto, y si la broma no hubiera sido amañada por un reconocido miembro de la causa LGTBI: lo llega a hacer Muti y piden prisión para él, por más que resultara un chiste).
El olvido del pionero de las chanzas, Boskovsky
Se le olvidó a este comentarista que mucho antes, cuando el concertino Willi Boskovsky se ocupaba del concierto, por años, este tipo de gracias eran muy comunes y tan apreciadas, al menos, como ahora. Hasta el circunspecto Lorin Maazel se hizo más humano en los suyos, cuando asumió el relevo, propiciando algunas divertidas chanzas recordadas estos días, cuando la cita empezó a televisarse.
Aunque tendría que llegar el añorado Clarlos Kleiber, con sus dos ejemplares comparecencias, para recordar que la elegancia no está reñida con la alegría (qué diferencia entre lo que el hijo de Erich Kleiber lograba en las páginas de El Murciélago, y la fritanga que Nézet-Seguin propició en la Cuadrilla).
Otros tantos, pero sobre Maris Jansons, se ocuparían además de mostrar aquello que ya sabían de sobra Brahms, Wagner o Berg, que, bajo la apariencia dulzona y jubilosa de estas músicas, se aprecia, sobre todo en el caso de Johann el joven, un talento sinfónico de primer orden.
La Filarmónica de Viena celebra este jueves su tradicional Concierto de Año Nuevo en la Sala Dorada de la Musikverein, dirigido por el maestro canadiense Yannick Nézet-Séguin
En buena medida, el sentido del Concierto de Año Nuevo, en su concepción actual, alejada de los salones de baile donde se gestaron estas músicas, tiene que ver con esa reivindicación de los Strauss, y sobre todo del más conocido, como algo más que esforzados muñidores de piezas bailables, artistas y no artesanos. Eso puede apreciarse en una pieza como el conocido vals Rosas del sur, aquí expuesto con brillantez a falta de un mayor refinamiento: no hubo, apenas, sentido del mágico rubato.
Lo mejor, la obertura de 'La bella Galatea'
La grandeza de los Strauss (y de algunos contemporáneos suyos: lo mejor de este concierto resultó la obertura de La bella Galatea de Von Suppè, con algún notable contraste) resulta evidente cuando los programas de estas citas se escogen con mayor esmero e intención, procurando un mayor equilibrio entre unas piezas y otras.
Aquí casi no se ha observado esa regla al privilegiar, ahora, el carácter más popular y festivo de este encuentro, quizá como reflejo de la propia personalidad del director o como una manera de fomentar la alegría en tiempos sombríos, algo a lo que el interesado aludió en su discurso refiriéndose a la necesidad de hallar la paz a través de la bondad.
Dos nuevas incorporaciones femeninas
En el capítulo de reparaciones, se incluyó esta vez dos valses de otras tantas compositoras. La música de autoras femeninas empieza a disputarle el lugar al de las obras contemporáneas en los habituales programas sinfónicos: se incluyen para que no se diga, pero en las proporciones adecuadas. Las sinfonías de Florence Price resultan mucho más interesantes que el vals puesto aquí (como el de la otra convidada, Josephine Weinlich, empalidecen ante las creaciones de los Strauss, pero resultan disfrutables). En cualquier caso, situarlas en esta plataforma privilegiada ayuda a hacerlas visibles, a ellas y a otras: falta la española Marianne Martínez, amiga de Mozart.
En cualquier caso, la elección de optar ahora más por la sana diversión que por la melancolía no representa ni una «innovación», porque ya se hizo así en el pasado, ni parece que con ello se vayan a lograr nuevas adhesiones, vistos los bostezos de uno de los niños presentes en la sala cuando la cámara lo enfocó a traición para que lo viera todo el mundo.
No es con una orquesta sinfónica formada, al menos en su mitad, por ancianos, aunque les hagan tocar matasuegras y cantar al modo «zulú», ni con repertorio de hace dos siglos, como esta inocua tradición recibida en bastantes hogares como música de fondo mientras se aplican remedios contra la resaca como se va a propiciar la eterna mandanga de la «renovación de los públicos». Esa batalla no se gana con chistes ni rebajando el nivel, pero en eso parece que no hay vuelta atrás, y puede incluso resultar lógico: en esta sociedad gobernada por el miedo, la angustia y el aburrimiento el antídoto de la risa puede resultar mejor analgésico que la socorrida marea de antidepresivos que anega los cajones de las casas.
Y, por cierto, qué sabiduría la de los austriacos para apropiarse una idea ajena, darle la vuelta y ofrecer al mundo la mejor postal turística, a través de su cultura (buen documental sobre el aniversario del Albertina). Aquí estamos ya en el «Año Falla» y nadie parece haberse enterado.