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El Santiago Bernabéu homenajea a Ceuta antes del partido frente al InterAFP

De Brasil a Ceuta: ¿cómo se convirtió el fútbol en una tribuna política?

Es difícilmente imaginable que en el año 2026 la selección de un país sometido a una dictadura se atreva a salir al campo en su propio territorio y animar a la población a ir contra el régimen autoritario. Sin embargo, el capitán de la selección brasileña, Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira, demostró que resultó más violento que las amenazas de los políticos y consiguió convertir el fútbol en un instrumento de influencia.

A principios de los años 80, Brasil se asfixiaba bajo el yugo de la dictadura militar, instaurada en 1964. La censura fue estricta y los derechos humanos estaban suspendidos. Sócrates, junto con su compañero de equipo y director deportivo, lanzó un movimiento impensable en el Brasil de aquellos años. El nuevo sistema en el club donde la mayoría de las decisiones se tomaban mediante la votación colectiva, también constituía una forma de protesta, ya que reflejaba aquellos valores de democracia que entonces faltaban en el país. El resultado de la posición de Sócrates llevó al equipo a salir al campo con pancartas que instaban a la población a participar en elecciones generales, cumplir su deber ciudadano y cambiar el rumbo del país. El póster con el lema 'Ganar o perder, pero siempre con democracia' se convirtió en el símbolo de todo el siguiente movimiento que se difundió por el país y derrotó al régimen que llevaba décadas desangrando a su propio pueblo.

Hace tiempo que el fútbol dejó de ser simplemente un deporte para convertirse en un espectáculo que cada año reúne más espectadores. El reciente Mundial de Estados Unidos, México y Canadá batió todos los récords imaginables: cinco millones de espectadores en los estadios y más de dos mil millones de visualizaciones. La expectación era tan enorme que numerosas marcas de ropa y empresas diseñaron campañas de marketing específicas para el Mundial, porque era el escenario ideal tanto para presentar sus productos como para promoverlos como una cultura, una forma de vida, un estilo y una filosofía. Los seres humanos somos, según la naturaleza, muy emocionales y sensibles: al salir del cine nos sentimos como si regresáramos a la realidad.

Y el fútbol es, además de todo, la emoción y mucho más que un juego. Por eso, el Mundial nos ofreció la posibilidad de vivir durante más de un mes en el mundo de cuentos y conocer historias increíbles que nos llegaron al alma. Así, los protagonistas del teatro, los futbolistas, poseen el arma más potente, la atención del público, algo que muchos políticos envidiarán. Pero, según las leyes del mundo actual, allí donde hay atención y demanda, también hay dinero y política. Con el tiempo, la célebre frase «el deporte está fuera de la política» se ha convertido en una metáfora romántica que oculta la realidad. Porque en la práctica las cosas son muy distintas. Jugadores, clubes, entrenadores, federaciones enteras e incluso aficionados e hinchas utilizan el fútbol como forma de expresión y como oportunidad para dar voz a acontecimientos que los 'señores de traje' suelen intentar silenciar.

Uno de los acontecimientos más emblemáticos y demostrativos en el fútbol actual sucedió en el año 2016, cuando en el marco del partido de fútbol americano, Colin Kaepernick se arrodilló mientras sonaba el himno nacional de Estados Unidos. Como explicó después el propio deportista, aquel gesto era una protesta contra la discriminación racial de su nación: «No voy a fingir que me siento orgulloso por el país, donde discriminan a las personas negras. Esto es más importante que el fútbol».

Sócrates lució una pancarta para denunciar la dictadura militar de BrasilEFE

Más tarde, su gesto alcanzó después una dimensión mundial y se extendió por Europa, llegando también al fútbol. Todos recordamos cómo los jugadores de la selección inglesa se arrodillaban antes de cada partido de la Eurocopa de 2020 y de la fase de clasificación para el Mundial de 2022. Sin embargo, también hubo excepciones. El jugador del Crystal Palace Wilfried Zaha, por ejemplo, se negó a participar en la iniciativa, argumentando que el movimiento se había convertido en una formalidad sin eficacia real.

Wilfried planteó un tema importante de que las acciones civiles tienen que llegar a impulsar a los gobiernos a desarrollar la sociedad civil y la libertad de expresión. En otro caso, no es más que un bonito ritual. De ahí surge una pregunta lógica: ¿Es obligatorio que un gesto público cambie algo para que tenga sentido?

Las protestas que observamos cada vez más, en la mayoría de los casos, se organizan como la expresión de la posición ciudadana. Un ejemplo fue la famosa actuación de Bad Bunny en el marco de la final de la Superbowl. El objetivo de este artista fue mostrarle a todo el mundo que América no consiste solo en Estados Unidos, sino también de muchos otros países. Bad Bunny representó a Puerto Rico como una nación independiente, con su cultura y tradición.

Aparte de la lucha contra problemas ya conocidos, hay historias que suelen quedarse en segundo plano, aunque en ellas se refleje la historia de todo un pueblo. En 2019, el Arsenal llegó a la final de la Europa League, donde debía jugar contra el Chelsea. El partido iba a disputarse en Bakú, la capital de Azerbaiyán, y en el Arsenal jugaba Henrikh Mkhitaryan, futbolista de nacionalidad armenia y su país natal llevaba tiempo enfrentado con Azerbaiyán por el conflicto de Nagorno Karabaj. Más tarde apareció la noticia de que Mkhitaryan había decidido no viajar a Bakú, como un acto de solidaridad a su pueblo y por no estar dispuesto a ir a un país donde se difunde el odio hacia su pueblo. Por su parte, Unai Emery criticó a la comunidad futbolística por organizar torneos internacionales en un país incapaz de garantizar la seguridad básica de los participantes.

Si el caso de Mkhitaryan muestra una historia personal que en el ámbito de los clubes no recibe demasiada difusión, en los partidos de selecciones nacionales resulta mucho más difícil diferenciar dónde pasa la frontera entre deporte y política.

Uno de los ejemplos más destacados sigue siendo la rivalidad deportiva entre Argentina e Inglaterra, que comenzó en 1986, cuatro años después de la guerra, y que a día de hoy sigue vigente. Desde entonces, salir al campo con una pancarta sobre las Islas Malvinas se convirtió en una tradición para los argentinos. En el último Mundial, la Albiceleste se encontró con un caso similar, después de la final, que encima hizo pensar a los fanáticos de posibles mitos. Tras una brillante victoria sobre Inglaterra, en un partido que merecía ser una final, varios jugadores argentinos, entre ellos Giovanni Lo Celso, Lisandro Martínez y Nicolás Otamendi, levantaron de forma demostrativa durante la celebración una pancarta que les habían pasado desde la grada y que decía: «Las Malvinas son argentinas».

Los jugadores de la selección Argentina posan con una pancarta de apoyo a las MalvinasEFE

El fútbol es tan distinto que, a veces, da lugar a situaciones extraordinarias, en las que las posturas de los clubes y de sus propios jugadores no coinciden. Esto provoca más preguntas y debates.

Ante una nueva crisis en Ceuta, esta vez la más grave, la Asociación de Empresarios de Valencia puso en marcha una iniciativa que recibió el apoyo de varios clubes españoles. El Real Madrid, en su condición de club real, también se unió y salió al partido contra el Elche con camisetas que llevaban el lema «Todos somos caballas». Sin embargo, toda la atención la robaron Vinicius, Kylian Mbappé e Ibrahima Konaté. Los tres futbolistas se subieron las camisetas de modo que el lema quedara oculto y el gesto provocó una fuerte indignación social. Muchos periodistas consideraron inaceptable aquel comportamiento por parte de los jugadores que viven en España y les permite jugar en uno de los mejores clubes del mundo y luchar cada año por todos los trofeos en las grandes competiciones.

Mientras Konaté y Vinicius siguen sin hablar sobre ello, Mbappé sí salió a explicar su postura: «Lo primero que quiero decir es que tengo toda la solidaridad con Ceuta y con todas las víctimas. Porque antes de ser jugador, soy humano. Pero también quería tener un gesto y un pensamiento para todos los inmigrantes que han perdido la vida y que también están en condiciones duras».

Sin embargo, en la camiseta no había nada que discriminara los derechos de los inmigrantes. Esa breve frase fue simplemente una muestra de apoyo a los habitantes de Ceuta, que se han convertido en víctimas de la guerra híbrida que el Gobierno marroquí lleva años librando con España. Por tanto, la realidad y las palabras del jugador no coinciden.

Si dejamos la discusión sobre lo que está bien y lo que está mal, nos encontramos ante un caso muy interesante: incluso en una situación aparentemente tan clara, en la que la sociedad española se ha unido alrededor de un problema nacional, hay personas que, debido a su historia y experiencia personal, piensan de otra manera y, aun cometiendo errores, expresan aquello que más les preocupa.