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José Mourinho, en un partido con el Real Madrid esta temporadaGTRES

Mourinho hace piña con la plantilla y protege a todo el Real Madrid de las críticas desmedidas

Nada une más que el enemigo exterior. Nada unifica más a un grupo que verse atacado por todos los adversarios. Es lo que sucede en el Real Madrid. Mourinho y sus pupilos alucinan con los palos que reciben desde todos los frentes. Miren que los profesionales del Real Madrid están acostumbrados a ser juzgados con mucha dureza, pero lo que viven ahora no había ocurrido antes. Han disputado siete jornadas de Liga y leen ya que no tienen nada que hacer en la Champions y tampoco en la Liga.

Han transcurrido ocho partidos oficiales y los futbolistas blancos oyen, que no escuchan, que perderán en el Camp Nou y que en un mes se acabará la Liga. Vamos, que dejen de entrenar que no hay nada que hacer. Los ataques y el menosprecio hacen una piña del vestuario madridista. José Mourinho, el más listo de la clase, utiliza ese desprecio externo para conseguir la unidad del grupo con un mensaje positivo: nadie cree en el Real Madrid, estamos solos, nos pegan duro y hay que salir adelante solos y contra todos.

El razonamiento dialéctico cala, porque ese ataque exterior realizado por muchos medios de comunicación e incluso por los rivales (Baena, Simeone) incita a los jugadores a la reacción. Mourinho sabe cómo lograr la reacción y utiliza dos caminos para duplicar el efecto del amor propio tocado. El primer camino es responder con rabia en el campo al menosprecio que sus pupilos sienten desde el exterior.

El segundo camino es forzar al máximo la competitividad interna que el portugués genera con el fin de asaltar la titularidad. Sus hombres están picados fuera, por los palos, y dentro por la motivación que el técnico provoca para ser protagonistas en un esquema que no está construido ni definido totalmente y que exige un mayor nivel de los futbolistas.

El puesto, abierto

Lo que el técnico luso propugna es ganarse un sitio en el once porque el rendimiento de muchos jugadores no ha sido bueno y las posiciones están libres y abiertas para todos. El esquema de Mourinho aún no ha conseguido una alineación madre y todos los jugadores pueden encaramarse a esa jerarquía. El jefe de la plantilla deja claro en Valdebebas que el plan B puede ser el A. Que los jugadores suplentes pueden ser titulares y cambiar su rol. Diomande, Espí, Brahim, Carreras, Trent y Camavinga están en esa ecuación.

El delantero costamarfileño es el primer colocado para dar un vuelco a su situación tras ser titular en dos ocasiones y ser el mejor del Real Madrid en los tres últimos encuentros. El veterano Bernardo Silva define un caso aparte. Ha comenzado desde el banquillo muchos partidos porque no estaba en plena forma física, pero ha demostrado ser el mejor director de juego del Real Madrid y desde ahora debe tomar la batuta y tener mayor protagonismo.

El entrenador portugués pone a sus hombres el anzuelo de ser protagonistas y señala al enemigo externo para agitar el avispero de la titularidad. Plantados los picantes sobre el tablero verde, todo eso está muy bien pero Mourinho sabe que la afición le pide sobre todas las cosas que sea él mismo. Que sea Mourinho en estado puro. El propio Real Madrid le pide que sea Mourinho y tome ya decisiones importantes. Es la hora. ¿Y eso qué quiere decir? Todos le exigen que ejecute los cambios necesarios para mejorar el funcionamiento del equipo. Que sea duro. Que no sea complaciente con las figuras y los teóricos titulares si no rinden.

Se han perdido dos partidos de ocho disputados, siete en Liga y uno en Champions, y no hay margen. Se le exige que haga variaciones y que jueguen quienes mejor están. Hablando en plata, le piden que siente a Vinicius y que quite a un mediocampista, sea Valverde o sea Tchouaméni, para introducir definitivamente a Diomande en punta y a Bernardo al mando del timón. Mourinho les ha dicho a sus hombres que están solos, que nadie cree en ellos. Las críticas nacieron nada más finalizar el derbi y se han agravado. Todos deben reaccionar para contestar en el césped. Y el primero debe ser él. El entrenador lo sabe y los jugadores también.