40 años en el club comunitario: una historia de crecimiento y una advertencia
Aquel 1 de enero de 1986 no fue un simple acto administrativo, sino la culminación de un largo proceso, con el objetivo de salir del aislamiento y converger con Europa.
Un hombre, bajo un paraguas con la bandera de la Unión Europea.
Este 1 de enero se cumplen 40 años de la adhesión de España a la Comunidad Económica Europea, hoy Unión Europea. Aquel 1 de enero de 1986 marcó un antes y un después, que conviene celebrar con una lectura económica, política e histórica. No fue un simple acto administrativo, sino la culminación de un largo proceso. Con un objetivo claro: salir del aislamiento y converger con Europa.
La historia económica de la España contemporánea se puede contar como una secuencia de aperturas al exterior. Cada peldaño de integración con Europa y cada reforma para abrir mercados o eliminar barreras ha terminado aumentando el crecimiento económico. También acercando la renta de los españoles a los niveles europeos y modernizando nuestras estructuras productivas.
Entre 1959 y 1974, España dio los primeros pasos decisivos hacia la apertura económica al exterior, rompiendo con casi un siglo de proteccionismo. El Plan de Estabilización de 1959 liberalizó el comercio, eliminó los controles de precios, atrajo inversión extranjera, y marcó el inicio de una modernización gradual. En 1962, una nueva reforma arancelaria y una mayor flexibilidad en los movimientos de capitales consolidaron esta senda. Aunque no era aún un país democrático, España comenzaba a comportarse como una economía europea.
Este impulso culminó en 1970 con un Acuerdo Preferencial de España con las Comunidades Europeas, que abrió los mercados europeos a los productos españoles. La economía creció con fuerza, se fortaleció la clase media, y se asentó un tejido industrial más competitivo. Fue una transformación silenciosa, pero profunda, que cambió la estructura productiva del país y sentó las bases materiales para la Transición Política. Sin aquel despegue económico, no se puede entender el consenso democrático que vino después. España ya no solo quería parecerse a Europa. Empezaba a estar lista para formar parte de ella.
1986: La adhesión plena
Y así llegamos a 1986. La adhesión de España a las Comunidades Europeas fue mucho más que un gesto político. Supuso la incorporación al mercado único, la eliminación de barreras arancelarias y la entrada masiva de fondos estructurales y de cohesión. Europa ayudó a financiar autovías, aeropuertos, saneamientos, redes eléctricas y sistemas de depuración. También fue una fuente de legitimidad para las reformas que el país necesitaba.
El resultado fue un boom económico sostenido. Entre 1986 y 1990, el PIB creció a una media del 4,8 % anual, muy por encima de la media comunitaria. El paro bajó, las exportaciones se dispararon, la inversión extranjera se multiplicó. Y España comenzó un proceso de convergencia real con Europa.
El euro y la consolidación
El siguiente gran paso llegó en 1997, cuando España cumplió las condiciones para incorporarse a la futura Zona del Euro. Para ello fueron decisivos: a) la disciplina fiscal, b) el control de la inflación, c) la modernización y liberalización financiera. Aquel esfuerzo supuso consolidar nuestra posición en el núcleo europeo, compartir moneda, beneficiarnos de tipos de interés bajos y ganar credibilidad internacional.
No fue un camino fácil, pero el resultado fue un nuevo ciclo de expansión. Entre 1997 y 2008, España volvió a crecer con fuerza. El empleo aumentó, la inversión floreció y la renta per cápita siguió su ascenso. Fue la culminación de un modelo que combinaba apertura, estabilidad y vocación europeísta.
Necesitamos otro gran salto
Si algo enseña nuestra historia económica reciente es que el crecimiento siempre vino acompañado de decisiones valientes: abrir la economía, integrarse en Europa, asumir reglas fiscales, reformar lo que no funcionaba y privatizar las empresas públicas.
Hoy, en cambio, parecemos haber perdido ese impulso. Se habla mucho de derechos y poco de deberes. Se acumulan subsidios, pero escasean las estrategias. Se multiplica el gasto público, pero no la eficiencia.
Y lo más preocupante: ya no hablamos de Europa como palanca de transformación, sino como fuente de fondos. Nos hemos acostumbrado a la convergencia como si fuera automática. Pero nos hemos estancado en el 92 % de la renta per cápita media de la UE. La convergencia sigue lejos. Hay que ganársela.
España necesita otra gran decisión política que nos devuelva al camino de las reformas, la responsabilidad fiscal, la competitividad y la productividad. Y que nos saque del cortoplacismo.
Hace 40 años, entrar en Europa fue la mejor decisión económica que tomó este país. Pero hoy no basta con celebrar aquella adhesión. Hace falta que recordemos por qué funcionó. Y ahora, como entonces, solo avanzaremos si hacemos un cambio de rumbo si tenemos una nueva visión de país.
A España le sienta bien la apertura al exterior. El acuerdo UE-Mercosur puede ser esa nueva apertura. Decía Ortega que España es el problema y Europa la solución. Ahora, Iberoamérica, nuestra comunidad histórica, puede ser una solución.
- Rafael Pampillón es catedrático de Economía de la Universidad CEU-San Pablo y la Universidad Villanueva