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La ilusión financiera del asalariado moderno: un ejemplo numérico de dominación fiscal

El ciudadano moderno vive convencido de que «gana 45.000 euros», cuando en realidad solo disfruta de 26.821 euros en consumo real

La ilusión financiera del asalariado moderno

La ilusión financiera del asalariado modernoEl Debate / Asistido por IA

En la estructura tributaria contemporánea, el Estado ha perfeccionado un mecanismo de ilusión financiera que ya fue expuesto mucho tiempo atrás: la capacidad de apropiarse de una parte sustancial de la renta del ciudadano sin que éste perciba la magnitud real del sacrificio. Veamos para comprobarlo el caso actual de un trabajador madrileño con contrato indefinido, de 45 años de edad, dueño de una vivienda, soltero, sin cargas familiares y con un salario bruto de 45.000 euros; pues constituye un ejemplo especialmente revelador.

El trabajador cree ganar 45.000 euros, pero su coste real para la empresa asciende a 58.455 euros, una cifra que incluye cotizaciones empresariales invisibles para él. Esta separación artificial entre «salario» y «cotizaciones de la empresa» es la primera gran operación de ocultamiento: el ciudadano no percibe como suyas cantidades que, en realidad, forman parte de su remuneración total. El Estado se apropia de ellas sin resistencia psicológica.

De esos 45.000 euros brutos, le quedarán al trabajador 32.794 euros tras descontar 2.857 euros de cotizaciones obreras, 8.711 euros de IRPF, 503 euros de IBI y 135 de tasa de basura. Cree que su contribución fiscal se limita a esa retención visible, pero ignora que ya ha entregado una parte equivalente a través de las cotizaciones empresariales que nunca verá en su nómina.

La ilusión se completa cuando el trabajador, sin gasto de alquiler porque ya tiene una vivienda que heredó, se permite destinar, porque confía en su pensión futura, todo su neto anual al consumo. En ese acto cotidiano –comprar alimentos, ropa, servicios, ocio– el Estado participa silenciosamente en cada transacción con el IVA repercutido en los precios. Dada la estructura de tipos del IVA (21 %, 10 %, 4 %) se fragmenta la percepción de este impuesto, pero puede estimarse que costea por IVA unos 4.706 euros de su gasto anual y como gasta unos 200 euros al mes en gasolina por e Impuesto especial de hidrocarburos paga al año unos 1.267 euros, de modo que 5.973 euros se desvanecen en impuestos indirectos que él no identifica como tales.

El Estado retiene 31.634 euros de los 58.455 euros que el trabajador genera

Si sumamos todas las capas de extracción —cotizaciones empresariales, cotizaciones del trabajador, IRPF e IVA— el Estado retiene 31.634 euros de los 58.455 euros que el trabajador genera. Es decir: el 54,12 % de lo que genera su trabajo termina en manos del Estado, mientras que el trabajador disfruta realmente 26.821 euros en consumo neto de impuestos. En el camino, seguro que ha pagado algún tributo más con el agua, la electricidad, etc.

La ilusión financiera opera así en tres niveles simultáneos:

- Ocultamiento del coste laboral real, mediante cotizaciones empresariales que el trabajador no percibe como parte de su salario.

- Fragmentación del impuesto, dividiendo la carga entre IRPF, cotizaciones e IVA, etc. de modo que ninguna de ellas revela por sí sola la magnitud total.

- Disolución del impuesto en el precio, haciendo que el consumidor crea pagar el valor del bien, cuando en realidad paga también la participación del Estado.

El resultado es que el ciudadano moderno vive convencido de que «gana 45.000 euros», cuando en realidad solo disfruta de 26.821 euros en consumo real, y el resto se reparte entre capas impositivas cuidadosamente diseñadas para no ser percibidas en su conjunto.

El Estado ha logrado lo que constituye la esencia de la ilusión financiera: recaudar mucho, pero que parezca poco. El trabajador, satisfecho con su neto, no percibe que más de la mitad de su esfuerzo económico ha sido apropiado antes de llegar a sus manos. Y mientras esta estructura se mantenga, la ilusión seguirá funcionando: el ciudadano creerá pagar menos de lo que paga, ganar más de lo que gana y recibir más de lo que recibe.

Junto a ello la ilusión de que es libre, cuando en realidad más del 54% de sus ingresos decide el Estado cómo tiene que gastarlos; la ilusión de que el dinero que le detrae el Estado está bien administrado al servicio del bien común. la ilusión de que está generando su propia pensión que le evita tener que ahorrar. La ilusión de que es un ciudadano en lugar de un súbdito.

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