Del oro del Banco de España que malvendió a la mentira de los brotes verdes, el ruinoso legado económico de Zapatero
Desde el día que trascendió la imputación de Zapatero, no han parado de llegar llamadas de preocupación a las consultoras de asuntos públicos y a los despachos de abogados con clientes internacionales.
El expresidente del Gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero (d), durante un viaje a Venezuela
Pone los pelos de punta recordar la época en que la primera acción de muchos españoles cuando nos levantábamos de la cama prácticamente, era mirar la prima de riesgo. Pocos días antes de las elecciones generales del 20 de noviembre de 2011, llegó a tocar los 500 puntos básicos, evidenciando el estrepitoso fracaso de la política económica de José Luis Rodríguez Zapatero. Quince años después, ha tenido que venir el juez Calama a imputarle por tres pavorosos delitos de corrupción para que los más jóvenes se enteren de que el predecesor de Rajoy no es ni mucho menos el referente social que les ha vendido el sanchismo. ¿Acaso se puede considerar como tal a quien se fue de la Moncloa dejando cinco millones de parados, una deuda pública que casi doblaba la que se encontró y un déficit que llegó a alcanzar el 11,2 % del PIB?
A Zapatero le estalló la Gran Recesión en la cara, igual que les pasó a sus homólogos de Estados Unidos y el resto de Europa. Pero no hubo ningún primer ministro que engañara a los ciudadanos como él. Su único propósito era salir reelegido en 2008, por lo que, en lugar de intentar taponar la hemorragia de las cuentas públicas conforme se iba agudizando la crisis, impulsó nuevas medidas de gasto público. Como el ruinoso ‘Plan E’, dotado con 12.000 millones de euros, que dejó tras de sí un reguero de despropósitos en forma de parques, rotondas y polideportivos construidos a toda prisa. Hubo muchas obras que se demostraron inútiles y ayuntamientos que fueron multados por no cumplir los requisitos. Entre ellos, publicitar con gigantescas vallas publicitarias que aquel atracón de dinero público lo pagaba Zapatero. En no pocos casos, costó más el cartel que el proyecto.
Nunca le perdonaremos la mentira de que estábamos en la 'Champions League' de la economía. O los famosos brotes verdes de después. Ni la ocurrencia del FROB, que consistió básicamente en regalar dinero a las cajas de ahorros, que luego no pudieron devolver y por eso decidieron fusionarlas. Como si unir dos o más entidades quebradas para multiplicar los números rojos no fuera una idea absolutamente estúpida. Y tampoco le exculparemos de la bacanal de las ayudas a las energías renovables, que a día de hoy amenazan propiedades de España en el extranjero. Son demasiados errores para resumir en un solo artículo.
El 21 de febrero de 2008 se celebró uno de los debates más recordados de la historia de la televisión: el cara a cara entre Pedro Solbes y Manuel Pizarro. Cuántos disgustos nos habríamos ahorrado si a la hora de votar al mes siguiente, los españoles hubieran hecho caso al turolense y no al ministro de Economía, que diez años más tarde acabó reconociendo que se equivocó en la Comisión de Investigación de la crisis financiera en el Congreso. Igual que se confundió en 2007 cuando decidió vender el 32 % de las reservas de oro del Banco de España por 2.180 millones de euros. En su opinión, había dejado de ser una inversión rentable y merecía la pena apostar mejor por la renta fija. Los 4,3 millones de onzas de los que nos desprendimos valdrían ahora más de 51.000 millones de euros. Y subiendo.
Zapatero sustituyó a Pedro Solbes por Elena Salgado en abril de 2009. Presidente y ministra siguieron insistiendo en el gasto como la receta más adecuada para salir adelante cuando el sentido común aconsejaba una política fiscal restrictiva. Y así, hasta mayo de 2010, cuando Bruselas obligó a aplicar las medidas más duras adoptadas nunca por un Gobierno español en democracia. El correctivo incluía la congelación de las pensiones, la rebaja del 5 % del sueldo de los funcionarios y fuertes recortes de gastos. Como el cheque bebé, medida estrella del estrellado ZP.
En medio de la conmoción general, muchos socialistas andan defendiendo estos días que se debe separar el presunto proceder delictivo del imputado de la gestión que llevó a cabo durante las dos legislaturas que estuvo al frente del Ejecutivo. Pero su empeño solo ha conseguido aflorar una realidad que Sánchez se ha empeñado en esconder desde que decidió perdonar a Zapatero su apoyo a Susana Díaz en aquellas primarias de la vergüenza. Es posible que los motivos reales del cambio de opinión aparezcan ahora en la causa abierta en la Audiencia Nacional.
Lo cierto es que la coincidencia en el tiempo de tantos escándalos de corrupción está haciendo mella en la economía. Y si encima uno de los protagonistas es un expresidente del Gobierno, eso ya son palabras mayores. Desde el día que trascendió la imputación de Zapatero, no han parado de llegar llamadas de preocupación a las consultoras de Asuntos Públicos y a los despachos de abogados con clientes internacionales. Si la inversión extranjera directa en España cayó un 21,8 % en 2025, su nivel más bajo en cuatro años, ¿qué esperar para 2026? El desplome de la reputación exterior incrementa la incertidumbre, desincentiva la innovación y supone, en última instancia, un lastre estructural para el crecimiento. No hay economista que discuta los perjuicios.
Bruselas pronostica en sus previsiones de primavera una caída del paro por debajo del 10 %, algo que no ha vuelto a ocurrir desde 2008, con Zapatero en el Gobierno. El problema es que a partir de ese momento, por culpa de su errática política económica basada en la mentira constante, la tasa se disparó hasta el 21,5 %. Por la cuenta que nos trae, Dios quiera que con Sánchez no pase lo mismo.