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León XIV y la economía con alma: un bálsamo para una Europa aterrada por la IA y por su propio declive

El problema es que Occidente está entrando en esta nueva era con una enorme debilidad espiritual y demográfica

León XIV, en la audiencia general de este miércoles en el VaticanoAFP

Europa vuelve a sentir algo que creía haber dejado atrás: el miedo al futuro.

Durante décadas, los europeos pensaron que el progreso tecnológico traería automáticamente más bienestar, más libertad y más prosperidad. Ocurrió con la electricidad, con el automóvil, con internet y con la globalización. Cada revolución industrial destruía empleos, pero terminaba creando otros nuevos. Había incertidumbre, pero también esperanza.

Hoy empieza a ocurrir algo distinto.

La inteligencia artificial, la robotización y la automatización están provocando una sensación cada vez más extendida: el miedo a que el trabajo de muchas personas deje de ser necesario en la economía del futuro.

Porque quizá el gran debate del siglo XXI ya no sea solo económico o tecnológico. La gran pregunta es otra: qué significa seguir siendo humanos en un mundo cada vez más dominado por máquinas inteligentes.

Por eso la visita del Papa tiene una gran carga simbólica.

No va a ofrecer soluciones técnicas. El Vaticano no puede regular la inteligencia artificial. Pero alguien tiene que recordarnos que una civilización no puede sostenerse únicamente sobre algoritmos, consumo y eficiencia.

La Quinta Revolución Industrial

Lo que el Papa llama «Quinta Revolución Industrial» no consiste solo en fábricas automatizadas o inteligencia artificial capaz de crear contenidos. Va mucho más allá. Implica la convergencia entre inteligencia artificial, biotecnología, robótica, computación cuántica y uso masivo de datos.

Por primera vez en la historia, la tecnología no solo multiplica la fuerza física del hombre, sino también su capacidad de saber. Las nuevas inteligencias artificiales empiezan a realizar tareas que hasta hace muy poco creíamos exclusivamente humanas: escribir, razonar, aprender, diagnosticar o incluso reproducir formas de creatividad.

Y eso cambia completamente las reglas de juego.

La Primera Revolución Industrial sustituyó músculo humano. La segunda organizó la producción masiva. La tercera introdujo la informática. La cuarta conectó el mundo digital. Pero esta quinta revolución cuestiona algo mucho más profundo: la importancia del ser humano en el sistema económico.

Y el problema es que Occidente está entrando en esta nueva era con una enorme debilidad espiritual y demográfica.

Europa ante el vacío

Europa envejece, tiene menos hijos, duda de sí misma y parece haber perdido la confianza en su propia cultura. Mientras tanto, Estados Unidos lidera la inteligencia artificial y China compite por dominar la tecnología del futuro.

Los europeos observan la carrera desde una posición de fragilidad. Demasiado dependientes militarmente de Washington, y cada vez más retrasados frente a las gigantescas plataformas tecnológicas norteamericanas y asiáticas.

Y, sin embargo, Europa todavía conserva algo extremadamente valioso: la tradición humanista.

La Iglesia comprende algo que muchas élites tecnológicas parecen olvidar: una sociedad puede ser inmensamente eficiente y, al mismo tiempo, cada vez menos humana.

La gran cuestión no será si las máquinas pueden pensar. Ya piensan más que muchos de nosotros. La gran cuestión será qué lugar ocupará el ser humano.

Porque la Quinta Revolución Industrial no amenaza únicamente empleos. Amenaza también muchas profesiones. Si los algoritmos escriben, diagnostican, diseñan, traducen, conducen y producen mejor que nosotros, ¿qué ocurrirá con millones de trabajadores de clase media? ¿Qué ocurrirá con los jóvenes? ¿Qué sentido tendrá el esfuerzo de pensar con la mente?

El riesgo no es solo económico. Es social, psicológico y político.

Una sociedad con este nivel de incertidumbre termina siendo vulnerable al populismo, la polarización y la desesperanza.

Y precisamente ahí aparece el papel histórico del Papa.

La Iglesia no puede competir con Silicon Valley en innovación tecnológica. Pero sí puede responder a una pregunta muchísimo más importante: para qué sirve el progreso si termina destruyendo al propio ser humano.

España tampoco es ajena a este desafío

Nuestro país vive parcialmente protegido gracias al peso del sector servicios: turismo, hostelería, empleo doméstico, educación, sanidad y muchas actividades donde el contacto humano sigue siendo difícil de sustituir por una máquina. Pero la automatización también llegará. Y lo hará en un país con salarios bajos, enormes dificultades de acceso a la vivienda, elevado desempleo, fuerte envejecimiento demográfico y una creciente sensación, entre los jóvenes, de que no hay futuro.

La revolución tecnológica podría aumentar extraordinariamente la productividad. Pero también podría generar sociedades más desiguales, más solitarias y más fragmentadas.

Por eso la visita del Papa tiene más importancia de lo que parece.

Las sociedades no sobreviven solo gracias al crecimiento económico o a la eficiencia. Sobreviven cuando todavía conservan una idea de la dignidad humana. Y quizá esa sea, precisamente, la gran batalla de nuestro tiempo.

Prometeo significa «el que piensa antes» o «previsor». León XIV, al advertirnos de los riesgos de la Inteligencia Artificial en su encíclica Magnifica Humanitas, puede convertirse en un nuevo Prometeo. Alguien capaz de ayudarnos a redefinir el destino de la Humanidad en una época en la que las máquinas empiezan a disputar al ser humano no solo la fuerza física, sino también parte de su capacidad intelectual.

  • Rafael Pampillón Olmedo es profesor de la Universidad CEU-San Pablo y del IE Business School