Un joven marroquí reza sobre suelo ceutí tras cruzar a nado el paso fronterizo.
El 'paraíso' sin futuro de Marruecos: cuatro de cada diez jóvenes no encuentran trabajo
El desempleo alcanza ya al 13 % de la población activa, pero se dispara hasta el 37,2 % entre los menores de 25 años y al 25 % entre los universitarios
Marruecos se ha convertido en la quinta economía de África y la primera potencia industrial del norte de África. Sin embargo, su mercado laboral sigue evidenciando las limitaciones de un modelo económico incapaz de absorber una población joven cada vez más formada. El desempleo es un problema endémico que afecta especialmente a jóvenes y mujeres, muchos de los cuales ven en la emigración la única salida para escapar de la falta de oportunidades.
Sobre el papel, Marruecos vive uno de los mejores momentos económicos de su historia. El Fondo Monetario Internacional prevé un crecimiento cercano al 5 % anual, impulsado por el fuerte aumento de la inversión en infraestructuras y la recuperación del sector agrícola. Rabat ha logrado reducir el déficit presupuestario al 3,5 % y su calificación crediticia ha vuelto al codiciado grado de inversión de Standard & Poor’s. Además, acaba de desbancar a Sudáfrica como primera potencia industrial de África, según la clasificación del Banco Africano de Desarrollo.
El complejo de Tánger Med, con un crecimiento del tráfico portuario del 131 % en seis años, se ha consolidado como el principal puerto del Mediterráneo. El Gobierno prevé ampliar la red de autopistas hasta los 3.000 kilómetros, sus inversiones en hidrógeno verde superan los 30.000 millones de euros y aspira a albergar la final del Mundial de 2030, que coorganizará con España y Portugal, tras destinar 500 millones de euros a la construcción del estadio Hassan II de Casablanca. Pero la realidad de millones de marroquíes dista mucho de esa imagen de prosperidad.
Las razones son múltiples. El crecimiento económico no se ha traducido en una mejora equivalente de las condiciones de vida, el desarrollo continúa concentrado en unos pocos polos industriales y amplias capas de la población siguen soportando las consecuencias de un sistema clientelar dominado por las élites próximas al poder. El resultado es un mercado laboral incapaz de absorber una población joven cada vez más formada, con unas cifras de desempleo, paro juvenil y desempleo de larga duración impropias de un país que aspira a convertirse en la potencia industrial de la región.
Según los datos del Alto Comisionado para la Planificación (HCP), la tasa de desempleo se situó en el 13 % en 2025. Tras tocar un mínimo del 8,9 % en 2011, el paro se aceleró con la pandemia y todavía no ha logrado corregirse, hasta regresar a niveles similares a los de comienzos de siglo. Por su parte, la tasa de paro entre las mujeres alcanzó el 20,5 % en 2025, prácticamente el doble que entre los hombres, donde se situó en el 10,8 %.
Sin embargo, la mayor paradoja aparece al comparar el mercado laboral urbano y rural. Mientras el desempleo alcanzó el 16,4 % en las ciudades, en el medio rural se situó en apenas el 6,6 %.
La brecha se amplía todavía más entre los jóvenes. En las ciudades, la tasa de desempleo entre los menores de 25 años alcanzó el 48 % en 2025. Es decir, uno de cada dos jóvenes que busca trabajo no consigue encontrarlo. Entre quienes tienen entre 25 y 34 años, el porcentaje sigue siendo muy elevado, con un 26 %, mientras que cae al 9 % entre los trabajadores de 35 a 44 años y al 4,7 % entre los mayores de 45.
La dificultad para acceder al empleo se enquista, además, en el tiempo. El 68 % de los desempleados urbanos llevaba más de un año buscando trabajo en 2025, frente al 50 % registrado en las zonas rurales.
A más formación, más paro
Las contradicciones también se observan al analizar el nivel educativo. La tasa de desempleo alcanza el 25 % entre las personas con estudios superiores, frente al 15 % de quienes cuentan con estudios medios y al 4,7 % entre la población sin titulación.
Se trata de una tendencia opuesta a la que suele observarse en las economías más avanzadas, donde el nivel de formación reduce el riesgo de quedarse sin trabajo. En Marruecos, sin embargo, el crecimiento económico no ha ido acompañado de una creación suficiente de empleo cualificado para absorber una población cada vez más formada. El resultado es una generación de jóvenes que, pese a haber invertido en su educación, encuentra enormes dificultades para incorporarse al mercado laboral.
Descontento social
El pasado otoño, miles de jóvenes salieron a las calles de ciudades como Rabat, Casablanca, Tánger o Agadir para denunciar la falta de oportunidades, el deterioro de los servicios públicos y el elevado gasto destinado a grandes infraestructuras y a los preparativos del Mundial de 2030, así como para reclamar más inversión en sanidad, educación y empleo.
Tras las movilizaciones, el Gobierno anunció un paquete de medidas orientadas a favorecer la inserción laboral de jóvenes y mujeres, facilitar la participación política de los menores de 35 años e incrementar el presupuesto destinado a sanidad y educación. Sin embargo, en materia laboral las propuestas siguen estando muy lejos de satisfacer a una población cada vez más desencantada.