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La fiebre multimillonaria por la IA amenaza con cerrar el grifo del crédito a las pymes
La carrera para construir centros de datos está disparando la inversión y la deuda del sector, con el riesgo de endurecer la financiación para el conjunto de la economía
La Inteligencia Artificial ha pasado en apenas dos años de ser una promesa tecnológica a convertirse en uno de los principales motores de la economía mundial. Mientras las guerras comerciales, la incertidumbre geopolítica y el aumento de los aranceles amenazaban con frenar el crecimiento durante 2025, las grandes empresas tecnológicas respondieron con una carrera multimillonaria para construir centros de datos, comprar millones de microchips y ampliar las redes eléctricas necesarias para alimentar la nueva revolución de la IA.
Según el último Informe Económico Anual del Banco de Pagos Internacionales (BPI), ese esfuerzo inversor ayudó a sostener el crecimiento económico cuando otros motores comenzaban a perder fuerza. Las inversiones en infraestructura para inteligencia artificial impulsaron la actividad en Estados Unidos y arrastraron a buena parte de la cadena mundial de suministro, desde los fabricantes de semiconductores hasta las empresas encargadas de construir centros de datos o desarrollar nuevas redes energéticas. El entusiasmo de los mercados por la IA también disparó la cotización de las grandes tecnológicas, favoreciendo unas condiciones financieras más favorables y estimulando el consumo y la inversión.
Pero esa misma dependencia es la que ahora empieza a preocupar a los economistas. El BPI no cuestiona que la IA pueda transformar la economía y elevar la productividad durante las próximas décadas. De hecho, considera que su potencial es comparable al de otras grandes revoluciones tecnológicas. Lo que pone en duda es que el ritmo actual de inversión pueda mantenerse indefinidamente y que las expectativas de beneficios estén creciendo mucho más deprisa que los resultados reales.
La historia ofrece precedentes parecidos. La fiebre por los canales durante el siglo XIX, el boom de los ferrocarriles británicos, la electrificación de comienzos del siglo XX o la burbuja de las empresas de internet compartieron un mismo patrón: una innovación que terminó atrayendo mucho más capital del que era capaz de rentabilizar a corto plazo. La tecnología acabó transformando la economía, pero muchos de los inversores que financiaron aquella expansión perdieron enormes cantidades de dinero cuando las expectativas chocaron con la realidad.
El informe cree que la IA podría recorrer un camino parecido. La inversión continúa acelerándose a gran velocidad mientras las valoraciones bursátiles descuentan un fuerte aumento de los beneficios futuros. Si esas expectativas no llegan a cumplirse, una corrección en los mercados podría afectar mucho más allá del sector tecnológico.
Uno de los riesgos de los que alerta el BPI está precisamente en la forma en que se está financiando esta carrera. Los grandes grupos tecnológicos están aumentando con fuerza sus inversiones emitiendo deuda, y a su vez invierten en pequeñas empresas de IA que utilizan ese mismo dinero para comprarles capacidad informática y microchips a los gigantes que las financiaron.
Ese mecanismo crea un círculo vicioso que se retroalimenta. Parte de la financiación termina regresando a las empresas que la originaron, reforzando tanto sus ingresos como el volumen de inversión. Mientras el mercado mantenga la confianza, el sistema funciona. Pero si las expectativas sobre la rentabilidad futura de la IA se deterioran, ese mismo flujo puede amplificar la corrección.
El riesgo de contagio a la calle
El peligro no se limitaría a Wall Street. La institución que dirige Pablo Hernández de Cos advierte de que una caída brusca de las valoraciones tecnológicas podría secar la liquidez y endurecer las condiciones de financiación para el conjunto de la economía. Los mercados de crédito privado, que prestan cada vez más a las empresas, podrían cerrar el grifo abruptamente. Esto asestaría un golpe letal a las pymes, que tienen menos acceso a los bancos tradicionales y que son las principales creadoras de empleo en la economía real.
A todo ello se suma un segundo desafío. A diferencia de otras grandes innovaciones del pasado, la Inteligencia Artificial no solo promete ayudar al trabajador a ser más productivo, sino que tiene capacidad para sustituir directamente el trabajo intelectual. El informe revela que, en sus reuniones privadas con inversores, cada vez más directivos admiten abiertamente que la automatización y la sustitución de plantillas es uno de los principales objetivos de sus inversiones en IA. Un escenario que abre profundos interrogantes sobre el futuro del empleo y la distribución de la riqueza en los próximos años.