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Chabolas instaladas por los inmigrantes en la la playa El Trampolín de Ceuta.EFE

Lo que no se conoce no se ama y por tanto, no se defiende. A pesar de las muestras de apoyo que los ceutíes recibimos estos días, la invasión del 30 de julio nos ha permitido constatar que muy poco se sabía de Ceuta en la península. Ojalá el trágico momento que atravesamos sirva para espolear las conciencias del resto de españoles sobre la necesidad de entender y preservar la rica historia de esta ciudad estratégica, que por estar situada en la intersección de dos continentes, ha experimentado a lo largo de los siglos una mezcla única de culturas e influencias. Ignorar ese legado, no solo debilita nuestra identidad como país, sino que nos hace más vulnerables. Y el Majzén, la camarilla de poder que gobierna Marruecos, es especialista en oler la debilidad del enemigo.

Hasta hace siete años, la economía de Ceuta no podía explicarse sin el llamado «comercio atípico», referido a las mercancías que entraban legalmente en la ciudad y salían hacia el país vecino sin pasar por una aduana comercial. Los ciudadanos del norte de Marruecos sobrevivían gracias a esa actividad, que también beneficiaba a los ceutíes, claro está, pero ni mucho menos de la misma manera, dada la diferencia abismal de renta per cápita entre uno y otro lado del Tarajal.

Rabat decidió unilateralmente cerrar el grifo en 2019. Y luego, entre la pandemia y la avalancha migratoria de la primavera de 2021, hubo que dar por muerto y enterrado el modelo de siempre basado en la frontera. Así que tocó idear un nuevo marco económico prácticamente de la noche a la mañana. Y se decidió aprovechar la circunstancia de que las empresas que se instalan en Ceuta apenas pagan un 10 % por el impuesto sobre las actividades del juego, la mitad que en Gibraltar. Después, el Brexit se encargaría de hacer el resto, ya que las plataformas online del sector asentadas en el Peñón no podían seguir operando allí al no tratarse ya de un mercado europeo.

Fue la chispa que encendió el motor de la transformación de la economía local. Porque en los últimos tiempos se han fijado en Ceuta como destino de inversiones y nuevos proyectos tecnológicos, entre otros, el gigante estadounidense Dell Technologies o el italiano VAR Group. Los dos se instalarán en Odissea, la incubadora cofinanciada con fondos FEDER llamada a convertirse en un laboratorio de turismo inteligente para atraer startups. Y como nos hacía falta un centro de datos –el primero ubicado en el norte de África con legislación comunitaria–, la plataforma paneuropea Templus lo está construyendo en el Puerto de Ceuta, toda vez que Red Eléctrica por fin se ha puesto las pilas con el enlace submarino que unirá la ciudad con la Península.

La tecnología supone hoy por hoy casi el 12 % del PIB local y genera alrededor de 1.500 empleos. Es más que probable que a Mohamed VI no le haga gracia por el riesgo de que acabemos desluciendo la pujanza económica del norte de su reino. Pero además, compañías de otros sectores también se habían interesado recientemente por nuestro régimen fiscal especial. Ceuta y Melilla no forman parte de la Unión Aduanera Europea ni del territorio de aplicación del IVA. En su lugar, se aplica el Impuesto sobre la Producción, los Servicios y la Importación, el IPSI, un tributo indirecto gestionado por las propias ciudades autónomas con tipos mucho más bajos que el IVA peninsular. Y también disfrutamos de ventajas significativas en el Impuesto sobre Sociedades, el IRPF y otros gravámenes, lo que cobra especial relevancia en un momento en que las compañías se sienten cada vez más asfixiadas por la presión fiscal que soportan en España.

El presidente de Ceuta, Juan Vivas, ha asegurado en muchas ocasiones que «el cambio de modelo no es una utopía, aunque falta mucho camino por andar». Y tampoco nos queda otra, a decir verdad, si se tiene en cuenta que la ejecución del Plan Integral de Desarrollo Socioeconómico diseñado por Moncloa deja mucho que desear a pocos meses de que expire. O que la comprometida aduana comercial ha sido una tomadura de pelo. O que nunca se llegó a elaborar el Plan de Seguridad para Ceuta que contemplaba el Real Decreto de Estrategia de Seguridad Nacional aprobado en diciembre de 2021. De aquellos y otros muchos barros vienen estos lodos.

En esas estábamos, cuando amaneció el 30 de julio y el reloj de los ceutíes dejó de dar la hora. La invasión por parte de Marruecos y la posterior dejación de funciones del Gobierno de España, han puesto a la ciudad en una situación límite. Dieciocho días después, el miedo se ha adueñado de las calles, playas y parques por donde deambulan «ellos», los miles que no se fueron en las primeras horas porque no tenían nada que perder y sabían que Marruecos no les quiere de vuelta. Son los menos inocentes y los más conflictivos, como atestiguan las continuas reyertas, los atracos y las violaciones de cada día. Muchos negocios han dejado de hacer caja y las pérdidas se acumulan, pero al lado de problemas más perentorios, los económicos empiezan a languidecer en las crónicas.

«No está prohibido mirar al horizonte», solía decir el presidente Vivas cuando hablaba de los nuevos proyectos. Sus palabras cobran hoy un significado distinto. Tanto para el Gobierno de la Ciudad como para los empresarios ceutíes, actores muy principales de la transformación económica que se estaba produciendo hasta el 30 de julio. Ahora en el horizonte solo se atisba inquietud. Y dudas, muchas dudas. Aunque tenemos una certeza: cuando las cosas se normalicen, los inversores que no conocían las ventajas fiscales ni el resto de oportunidades que ofrece Ceuta, además de buenos negocios, estarán haciendo también un gesto de patriotismo. Viva Ceuta y viva España.

  • Susana Burgos es periodista especializada en economía y empresas y formadora de portavoces