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Tren AVE accidentado en ToledoEFE / J. J. Guillén

Hay circunstancias que alteran de pronto la percepción de las cosas. Un tren deja de ser simplemente un tren; una vía deja de ser una línea de acero sobre el paisaje, y esos pocos minutos que separan un viaje de otro adquieren un significado difícil de explicar. Apenas un instante, y sin embargo, la distancia exacta entre una vida y otra. La existencia cotidiana suele discurrir bajo la confortable apariencia de lo previsible, y es en estos momentos cuando revela súbitamente su extraordinaria fragilidad.

Nos encontrábamos parados en mitad del camino, expectantes y con el desasosiego de quién sabe que algo terrible acababa de ocurrir. Muy cerca, en otros vagones idénticos a los nuestros, en otros asientos exactos, en la misma ruta. Mientras llegaban las primeras noticias y comenzábamos a conocer la magnitud de la tragedia, apareció también algo que España conoce bien: la reacción espontánea de su gente.

Los vecinos de Urda no esperaron instrucciones para ser solidarios. Salieron con sus propios coches, llevaron agua, comida, mantas y medicinas; los bares cocinaron, las casas se abrieron y personas anónimas hicieron lo que había que hacer porque había otros seres humanos que necesitaban ayuda. Es una antigua virtud española.

Podemos discutir ferozmente entre nosotros, exagerar nuestras diferencias e incluso entregarnos con demasiada frecuencia al pesimismo nacional. Pero cuando llega la hora difícil emerge otro país: el de los que arriman el hombro, improvisan soluciones, acompañan al desconocido y entienden, sin necesidad de que nadie se lo explique, que hay momentos en los que el deber consiste sencillamente en estar. A eso llamo temple. Temple de acero.

Y la metáfora no es casual. Aquel día había acero en las vías y en los trenes, pero el acero verdaderamente importante estaba en otra parte: en la entereza de los supervivientes, en los profesionales que acudieron al lugar, en los vecinos que socorrieron a desconocidos y en las familias obligadas a soportar lo insoportable.

La providencia divina nos auxilió a cada uno de una forma que quizás nunca lleguemos a comprender del todo, pero su amparo no exime a los hombres de sus deberes

El temple de un pueblo no consiste en no sufrir. Consiste en no quebrarse. Pero la admiración hacia esa fortaleza ciudadana no puede servir para dispensar de responsabilidad a quienes administran lo que es de todos. Una sociedad puede ser generosa sin dejar de ser exigente. Puede agradecer la entrega de sus ciudadanos y, al mismo tiempo, reclamar que las instituciones estén a la altura de la responsabilidad que han asumido. La providencia divina nos auxilió a cada uno de una forma que quizás nunca lleguemos a comprender del todo, pero su amparo no exime a los hombres de sus deberes.

Todavía se investigan las causas de la tragedia de Urda y sería irresponsable anticipar conclusiones que corresponde establecer a técnicos y jueces. Precisamente por respeto a las víctimas, la investigación debe llegar hasta el final, sin precipitación, pero también sin penumbras, sin explicaciones a medias y sin responsabilidades que terminen evaporándose entre organismos, cargos y procedimientos.

Porque una nación no puede pedir permanentemente heroicidad a sus ciudadanos para compensar aquello que las instituciones tienen la obligación de hacer bien. España ha demostrado demasiadas veces que posee una sociedad civil considerablemente más resistente de lo que algunos imaginan. Yo volví a comprobarlo aquel miércoles. Lo vi entre los viajeros de mi propio tren, mientras apenas sabíamos qué estaba ocurriendo y finalmente pudimos bajar en la estación de Ciudad Real. Había rostros conmovidos; algunos lloraban impresionados, otros se ocupaban de que tuviéramos agua y unos vasos para beber. Otros más ofrecían cargadores, algo de abrigo, una palabra de consuelo. Hubo quien puso a disposición de desconocidos barritas de cereales para tomar un bocado. Eran gestos mínimos, pero a la vez inmensos.

El afecto humano verdadero casi nunca comienza con grandes palabras, sino con gestos sencillos hacia personas cuyo nombre quizá nunca lleguemos a conocer. Mientras tanto, en Urda, un pueblo pequeño se convirtió en refugio. Personas que no se conocían se auxiliaron. Frente al desconcierto apareció la bondad; frente al dolor, la entereza. Y, sí, eso también es España.

Y quizá convenga recordarlo ahora: las instituciones pasan, los gobiernos pasan y quienes ocupan los cargos públicos pasan. Un país permanece. Y son precisamente las horas adversas las que revelan de que materia está hecho un pueblo. Aquel miércoles volví a reconocer la nuestra. Temple de acero.