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Óscar Puente, justo antes de presentar su dimisión en el CongresoEFE / Fernando Villar

Escribo estas líneas volviendo desde Valencia en el AVE. Se palpa el silencio. Un silencio que ayuda a pensar, a recordar, y también a rezar. Por eso me resulta aún más dolorosa la puesta en escena del penúltimo gesto del sanchismo: la caída de Óscar Puente.

Dijo Sánchez ayer en comparecencia que Puente decidió renunciar «por empatía con las víctimas, en segundo lugar por coherencia y, finalmente, por dignidad política». Las tres cosas son mentira. Hace solo unos meses, el mismo Puente dijo a las víctimas de Adamuz que él no asumía la responsabilidad política del accidente porque él no había soldado el raíl. Aquellas declaraciones indignaron a las asociaciones de víctimas, que tildaron sus palabras de falta de empatía y exigieron mayor dignidad institucional. Empatía, por tanto, ninguna. Coherencia menos, porque desde que conocimos la tragedia de Urda repitió una y otra vez que no pensaba dimitir. Y lo de la dignidad política merece comentario aparte.

Y la merece porque esa dignidad política de la que habla Sánchez, quería demostrar que «No todos los servidores públicos somos iguales». ¡Ya sabemos que no! Y lo sabemos porque Puente no se va por ninguna de estas tres razones sino por otra bien distinta: las encuestas ya no dejaban margen de maniobra a Sánchez y debía reaccionar de inmediato. Es decir, Puente se va no por su desastre de gestión, ni porque las víctimas que le acumulan, sino por un mero cálculo electoral que, por supuesto, estaba perjudicando al sanchismo. Terrible.

En Moncloa habían diseñado la desaparición de Puente desde el mismo día del accidente. Se decidió el cómo, el cuándo y el dónde. El único apoyo parlamentario de Bildu –trágico apoyo- resolvió cualquier duda en los asesores monclovitas. Y así, mientras el exministro negaba su dimisión, a la vez se hablaba con Carlos Cuerpo –un vicepresidente fuera de las listas electorales– para que nadie tuviera que cargar con el horror de tantos muertos.

Los éxitos de gestión que Sánchez atribuye a Cuerpo son los mismos que atribuía a Puente

Lo malo es que esta solución no garantiza ningún cambio en Renfe ni Adif. Los éxitos de gestión que Sánchez atribuye a Cuerpo son los mismos que atribuía a Puente. Y tampoco la continuidad con las políticas del exministro de Transportes que el presidente anunció puede dejarnos tranquilos a la vista de dónde nos encontramos. Esperemos que no haya continuidad por el bien de todos los españoles.

Pero toda esta palabrería no está vacía. Sirve para intuir que el golpe que Urda ha asestado al Gobierno es definitivo. Pretender vestir de integridad y responsabilidad la dimisión de su fiel escudero no es únicamente un acto de cinismo, sino que es también la demostración de cómo Sánchez sacrifica a su entorno: María Jesús Montero, Pilar Alegría, Ángel Gabilondo o quien se tercie. Ni sufre ni padece.

Y un análisis final. Si Sánchez, después de lo que hemos vivido, no es capaz de encontrar a nadie con un conocimiento mínimo en materia de infraestructuras –y Cuerpo no las tiene– es que la cosa está mucho peor de lo que imaginábamos. Así nos ido sin Presupuestos, y sin que nadie pueda hacerse cargo de este desastre.