Democracia y educación liberal
Como nos advirtió George Orwell, la regeneración política sólo puede comenzar cuando hayamos aprendido a pensar con claridad
La reflexión sobre las relaciones entre democracia y educación es tributaria, ineludiblemente, del análisis del contexto. A finales del pasado siglo se avanzaban dos rasgos característicos del contexto en el que se desenvuelven las sociedades contemporáneas: la globalización y la revolución digital. Pero éramos pocos los que pusimos entonces el acento en el papel esencial de sus relaciones recíprocas, en el sentido de que la globalización alimentaba la revolución digital y viceversa (Preparar el futuro. La educación ante los desafíos de la globalización. Editorial La Muralla, 2001).
Esa circularidad causal nos anticipaba una dinámica propia de los «sistemas no lineales», con la consiguiente y conocida aceleración de los cambios. Un cuarto de siglo después tal predicción se hace bastante evidente, y aun cuando algunos analistas anticipen una desglobalización –a consecuencia de las limitaciones crecientes del comercio internacional con la creación de barreras arancelarias–, dicho fenómeno será parcial. Y es que, debido al papel de una hiperconexión entre entornos remotos, generada por Internet y sus aplicaciones y extendida a escala planetaria, estamos ante una forma irreversible –salvo catástrofe– de globalización de la información; y de una influencia masiva y a distancia con impacto contrastado en los ámbitos cultural y social.
Pero, en modo alguno, tal impacto deja al margen las democracias liberales y su propia esencia pluralista y deliberativa, sino que, mediante los poderosos mecanismos de las redes sociales –entre otros– condiciona el debate público. Por la brevedad de los mensajes y por la acción calculada de mediadores oscuros y algoritmos tramposos, se estimula la polarización, y se promueve una conversación política colectiva en la que predomina la superficialidad de los análisis y la emocionalidad primaria de sus fundamentos, contribuyendo así al crecimiento de los populismos y al declive consiguiente de las democracias.
Dicha polarización calculada, e incluso amplificada desde entornos gubernamentales tanto nacionales como extranjeros, se apoya en buena medida en el mundo emocional del ser humano y en su capacidad para interferir en los procesos de razonamiento, para aminorar el valor que se atribuye a los hechos, o para estimular la adhesión acrítica a una ideología de combate. Y es que emoción y cognición interactúan y se entremezclan de un modo inextricable.
La Neurociencia cognitiva ha proporcionado una explicación a ese fenómeno, sobre bases neurobiológicas, mediante el «ciclo percepción-acción». En palabras del reputado neurocientífico español Joaquín Fuster, padre del constructo y catedrático de la Universidad de California Los Ángeles (UCLA), «cada ciclo cognitivo individual circula por el cerebro en paralelo con otro, también individual, de carácter emocional. Éste involucra no sólo la corteza sino también las estructuras del sistema límbico del interior del cerebro (incluidos el hipotálamo, la amígdala, el tálamo anterior y la corteza orbitaria). El ciclo emocional pasa por estadios semejantes a los del ciclo cognitivo, e interactúa con el mismo en varios lugares del cerebro [...]. Es más, el cognitivo se hace imprescindible para el progreso del emocional, y viceversa».
Y es aquí donde entra en juego, en el contexto propio del siglo XXI, la educación como institución, no sólo para promover el progreso personal, económico y social, sino también para contribuir a la preservación entre nosotros de las bases de una democracia liberal. Y es que, a la luz de lo que sabemos, si bien la emocionalidad es capaz de limitar el papel de lo racional y alterar su función orientadora del individuo y de la sociedad, el cultivo de la racionalidad puede, en un sentido inverso, atemperar la manipulación de las emociones con una finalidad política, ideológica o partidista. El entrenamiento de nuestros jóvenes y adolescentes en las habilidades reflexivas, en las competencias analíticas y en el pensamiento crítico constituye una herramienta imprescindible para preservar las democracias modernas. Pero el logro de esas capacidades se alinea con el enfoque que es característico de la llamada «educación liberal».
Como hemos señalado en otro lugar, se entiende por educación liberal una educación en los fundamentos, lo que implica una aproximación suficientemente completa a nuestra herencia cultural, intelectual y moral, el desarrollo de amplios marcos de referencia, del respeto por los hechos, de habilidades para organizar y utilizar el conocimiento, del espíritu crítico y del pensamiento claro. De acuerdo con la visión de Leo Strauss, una educación liberal es una educación en la cultura o hacia la cultura, en tanto que cultivo del intelecto y mejora de sus facultades.
La educación liberal abraza las dos culturas, la humanística y la científica, y es así como es capaz de asegurar una formación basada en el conocimiento que entrene a nuestros jóvenes y adolescentes en la comprensión de nuestra historia, en el análisis comparado del pensamiento, en las claves de la evolución de la sociedad, en el manejo de los razonamientos hipotético-deductivos, en la resolución de problemas complejos y en la contrastación empírica de nuestras ideas, incluso de las más queridas.
Es precisamente a través de esta educación como es posible desarrollar las competencias cognitivas avanzadas que el contexto actual requiere; educación que hasta el momento carece, en tanto que instrumento, de sustituto procedimental: no se sabe cómo conseguir lo mismo de otra manera. Y en este punto es preciso advertir que la utilización de la Inteligencia Artificial en contextos educativos tendrá que aprender a respetar aquella, si se quiere evitar que, por un uso irreflexivo de este recurso reciente, se eluda el entrenamiento en dichas capacidades y se produzcan, a medio plazo, francos retrocesos en la inteligencia natural de los humanos, con el riesgo evidente de degradación progresiva de las democracias liberales en favor de regímenes autoritarios consentidos.
Como nos advirtió George Orwell, la regeneración política sólo puede comenzar cuando hayamos aprendido a pensar con claridad. Y su consolidación, a gran escala, no será posible sin el cultivo sistemático de una educación liberal.
Francisco López Rupérez es director de la Cátedra de Políticas Educativas de la UCJC y expresidente del Consejo Escolar del Estado