Fundado en 1910
Ana María Aguiló Garcías

La paz empieza en el aula: educar desde las fortalezas para prevenir el conflicto

Durante décadas, el sistema educativo ha funcionado como un detector de fallos. Señalamos faltas de ortografía, errores matemáticos, conductas inadecuadas. Es necesario, pero cuando un niño crece escuchando lo que hace mal, su autoestima se resiente

Cada vez que aparece un caso de acoso escolar en los medios, nos hacemos la misma pregunta: ¿qué está fallando? Las estadísticas muestran que, aunque muchos alumnos afirman sentirse bien en su centro educativo, miles de niños siguen experimentando situaciones de malestar, aislamiento o violencia. Ante esta realidad, solemos pedir más normas, más protocolos, más sanciones. Pero quizás la solución no esté solo en endurecer reglas, sino en cambiar el enfoque.

¿Y si, en lugar de centrarnos exclusivamente en corregir errores, enseñáramos a los niños a descubrir lo mejor de sí mismos?

En los últimos años, un movimiento científico ha empezado a transformar la manera de entender la educación: la Psicología Positiva. Impulsada por el psicólogo Martin Seligman, esta corriente propone equilibrar la mirada tradicional –centrada en problemas y déficits– con el estudio y el desarrollo de las fortalezas humanas. Aplicada al ámbito escolar, esta perspectiva abre una puerta esperanzadora: construir escuelas que no solo enseñen contenidos académicos, sino también bienestar.

Durante décadas, el sistema educativo ha funcionado como un detector de fallos. Señalamos faltas de ortografía, errores matemáticos, conductas inadecuadas. Es necesario, sin duda. Pero cuando un niño crece escuchando principalmente lo que hace mal, su autoestima se resiente. Y un alumno con baja autoestima es más vulnerable al conflicto, ya sea como víctima o como agresor.

La Psicología Positiva propone una pregunta distinta: ¿qué hace bien este niño? ¿Cuáles son sus fortalezas?

Las investigaciones identifican 24 fortalezas universales, entre ellas la creatividad, la perseverancia, la gratitud, el sentido del humor, la esperanza o la capacidad de amar. Todos los alumnos poseen algunas de ellas en mayor o menor medida. Cuando un niño descubre que tiene talento para algo —aunque no sea estrictamente académico— cambia su actitud. Se siente valioso. Y cuando alguien se siente valioso, no necesita imponerse dañando a otros.

La iniciativa no consiste en eliminar las normas, sino en fortalecer los recursos internos del alumnado. Se introducen prácticas sencillas pero transformadoras: identificación de fortalezas personales, ejercicios de gratitud, trabajo sobre el sentido del humor como herramienta social y entrenamiento en organización y autorregulación.

Uno de los pilares es la respiración consciente. Diez minutos al inicio de cada clase. Nada más. Sin tecnología, sin costes añadidos. Aprender a respirar de manera atenta ayuda a los niños a reconocer lo que sienten antes de reaccionar. Parece básico, pero no lo es. Muchos conflictos escolares nacen de la impulsividad. Enseñar a detenerse, a notar cómo el cuerpo se tensa cuando aparece la ira o la frustración, permite responder de forma más reflexiva.

No se trata de convertir las aulas en espacios místicos, sino de incorporar herramientas prácticas de regulación emocional. Cuando un niño aprende que la emoción no es el enemigo, sino una señal que puede gestionar, su conducta cambia.

Poner el foco en cuatro fortalezas concretas: el humor, la gratitud, el conocimiento emocional y la organización. El humor, bien entendido, reduce tensiones y une al grupo. La gratitud fomenta la empatía y mejora las relaciones. El conocimiento emocional permite comprender la conexión entre lo que pensamos, lo que sentimos y lo que hacemos. Y la organización fortalece la responsabilidad y la autonomía.

Podría parecer que estas cuestiones pertenecen al ámbito familiar o personal, pero la escuela es uno de los entornos sociales más influyentes en la vida de un niño. Ignorar su dimensión emocional es dejar incompleta la educación.

La legislación educativa española ha incorporado recientemente la figura del Coordinador de Bienestar Emocional en los centros. Más allá de la obligación normativa, esta figura puede ser clave en la prevención de conflictos. No se trata solo de intervenir cuando surge un problema grave, sino de crear una cultura preventiva. Detectar señales tempranas de malestar, coordinar a docentes y familias, promover programas de educación emocional y fortalecer el clima de convivencia son tareas que pueden marcar la diferencia.

La convivencia no se improvisa: se construye.

Otro aspecto esencial es la inclusión. Cuando miramos al alumnado únicamente desde sus dificultades –déficits de atención, problemas de aprendizaje, diferencias culturales– corremos el riesgo de etiquetar. En cambio, cuando identificamos fortalezas, descubrimos talento en lugares inesperados. Un alumno tímido puede poseer una gran capacidad de observación. Otro con dificultades académicas puede destacar por su creatividad o su sensibilidad artística. Reconocer estas cualidades no elimina las necesidades de apoyo, pero sí transforma la mirada.

Educar desde las fortalezas no significa negar la realidad ni caer en un optimismo ingenuo. Significa comprender que la paz no se impone desde fuera; se cultiva desde dentro. Muchas conductas disruptivas no son actos de rebeldía consciente, sino manifestaciones de conflictos emocionales no resueltos. Si solo actuamos sobre el comportamiento visible, sin atender a la raíz emocional, el problema reaparece.

Cuando enseñamos a los niños a conocerse, a agradecer, a organizarse y a regular sus emociones, estamos sembrando algo más profundo que un buen clima de aula. Estamos formando ciudadanos capaces de convivir en sociedades complejas y diversas.

A veces esperamos que la educación resuelva todos los problemas sociales, pero olvidamos que la escuela tiene un poder inmenso en la prevención. Un niño que aprende desde pequeño a reconocer sus fortalezas desarrolla resiliencia. Y la resiliencia es uno de los mejores antídotos frente a la violencia y el sufrimiento.

En un contexto donde la polarización social y la inmediatez digital aumentan la tensión, enseñar a respirar, a escuchar y a valorar lo positivo puede parecer una acción pequeña. Sin embargo, las transformaciones profundas suelen empezar así: con gestos cotidianos repetidos cada día.

La paz mundial puede parecer un ideal lejano, pero la paz escolar es un objetivo concreto y alcanzable. Y empieza en algo tan sencillo como cambiar la pregunta que hacemos en el aula.

No solo «¿qué has hecho mal?», sino también «¿qué haces bien y cómo podemos potenciarlo?».

Quizá ahí esté la verdadera innovación educativa: no en la tecnología más avanzada, sino en volver la mirada hacia lo mejor del ser humano desde la infancia.