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La educación en la encrucijadaSandra Moneo

Evidencias empíricas para políticas de éxito

Existe una profunda brecha entre los países de la Europa occidental avanzada, donde debiera estar España, y la realidad hacia la que le empuja nuestro sistema educativo

La pasada semana tuve el honor de asistir a la clase magistral que el profesor Nuno Crato impartió en el marco de la Cátedra de Políticas Educativas de la Universidad Camilo José Cela. No es la primera vez y confío en que no será la última en que podamos disfrutar de la extraordinaria inteligencia y brillantez de quien fue ministro de Educación y Ciencia de Portugal en el periodo 2011-2015.

Bajo su mandato se desarrolló una importante reforma educativa que llevó al país a obtener los mejores resultados internacionales de su historia. En realidad, y a pesar de que el impulso generado por las políticas educativas del profesor Nuno Crato se ha visto frenado diez años después, todavía hoy los estudiosos de la educación miran con profunda envidia la transformación que experimentó nuestro país vecino. A día de hoy, sigue situado por encima de España en todas las evaluaciones internacionales, mientras el sistema educativo español permanece estancado en un conformismo impropio de quien debiera aspirar a ser una gran potencia educativa.

La cuestión es que en España podían haberse desarrollado las políticas educativas que marcaron el éxito de Portugal y no se hizo. Es cierto que la organización administrativa de Portugal no es la misma que en España, pero también es cierto que, dentro del marco del Estado de las Autonomías y las competencias que la propia Constitución Española reconoce en su art. 149.1.30 al Estado, caben todas y cada una de las reformas que asumió Portugal. Desde las políticas efectivas que refuerzan la formación inicial y la presencia del docente en el aula, hasta el alejamiento de los postulados logseanos y de una mala aplicación en la adquisición de competencias por parte de los alumnos que ha llevado a desechar lo más valioso que puede ofrecer el aula: los conocimientos.

Se precisaría todo un tratado para analizar en profundidad la trascendencia que supuso en todos los campos la aplicación de las políticas educativas del profesor Crato. No obstante, basta con leer el título de la citada conferencia, «Evidencias internacionales que podrían transformar la educación en nuestros países», para darse cuenta de dos hechos relevantes.

En primer lugar, que existen fundamentos empíricos suficientes en el ámbito internacional para que cualquier país que busque el éxito en sus políticas educativas las pueda realizar.

En segundo lugar, que el fracaso en la adopción de dichas políticas o la ignorancia de las mismas puede llevar a ese país a posiciones rezagadas en el ámbito internacional, condenando a sus alumnos a asumir carencias en su formación, lo que les impedirá competir en igualdad de condiciones con alumnos de otros países. España es un buen ejemplo de esta última consideración.

Si se analizan las evidencias internacionales que proporciona a lo largo de sus sucesivas ediciones el informe PISA –que evalúa el nivel de competencias de los alumnos de 15 años en determinadas materias como las ciencias, el dominio de la lectura y las matemáticas– y el informe TIMSS –el último publicado señalaba que los alumnos españoles de 4º de Primaria (498 puntos) se encuentran por debajo tanto de la media de la OCDE (525) como de la media europea en rendimiento en matemáticas (514) y ciencias–, España se sitúa como país muy lejos, no ya de otros como Singapur, Corea o EE.UU., situados en el bloque de países avanzados en el ámbito educativo, sino de países cercanos como Alemania, Francia, el Reino Unido o Portugal.

Existe una profunda brecha entre los países de la Europa occidental avanzada, donde debiera estar España, y la realidad hacia la que le empuja nuestro sistema educativo. La asunción de profundos errores a lo largo de los años, errores que persisten a día de hoy, impide que España pueda salir del bloque de la mediocridad. Señalaba el profesor Crato la importancia de actuaciones muy simples, perfectamente testadas y analizadas empíricamente: la necesidad de que el profesor, el maestro, lidere el trabajo en el aula; la transmisión de conocimientos utilizando un currículo y un trabajo perfectamente estructurados que permitan al alumno la adquisición ordenada de los mismos. En esa adquisición de conocimientos, el refuerzo permanente de la lectura –para que los alumnos estén motivados a leer, tendrán que tener un conocimiento de base–, un correcto aprendizaje que les permita una comprensión lectora adecuada –de lo contrario será muy difícil su progresión– y las matemáticas –cuanto más se sabe de matemáticas, más creativo se puede ser– desde edades tempranas como columna vertebral del sistema educativo resultan esenciales.

El diseño de un sistema educativo exigente es fundamental. Durante décadas, nuestro sistema educativo ha bebido de aquellas fuentes que postulaban una rebaja de la exigencia como medida para que aquellos alumnos rezagados pudieran alcanzar los objetivos marcados para cada etapa. Gran error. La rebaja de la exigencia no solo impide la superación de estos alumnos –lo correcto, ahora y siempre, es forjar medidas destinadas a todos y cada uno de ellos, atención más personalizada, medidas de refuerzo, etc.–, sino que provoca que los alumnos brillantes relajen su nivel de autoexigencia. Conclusión: la calidad del sistema educativo va descendiendo poco a poco hasta chocar con la dura realidad.

Cada vez que surge el debate educativo siempre hay quien intenta imponer sus tesis ideológicas frente a fundamentos empíricos. Los países más avanzados hace tiempo que desecharon la ideología como pilar para sustentar las reformas educativas. Afortunadamente, la ciencia y las matemáticas permiten analizar minuciosamente dónde residen las políticas más exitosas. El deber de cualquier país es hacer las cosas lo mejor que pueda; existen instrumentos para ello. España todavía tiene esta asignatura pendiente.

  • Sandra Moneo Díez es presidenta de la comisión de universidades y ciencias del Congreso de los Diputados

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