Cuatro ejes básicos de evolución de los sistemas educativos
Las sociedades avanzadas deberían exigir a los responsables de sus sistemas educativos un alineamiento sensato con cuatro ejes o vectores básicos de evolución que atiendan esos desafíos principales
Con ocasión de un informe realizado por encargo de la Comisión Europea sobre los beneficios de mejorar el rendimiento educativo en la Unión, Eric A. Hanushek y Ludger Woessmann –dos de los más reputados economistas de la Educación a nivel mundial– describían los desafíos del actual contexto y subrayaban el papel de la Educación en los siguientes términos:
«Las condiciones en constante cambio de la economía mundial están generando preocupación entre los ciudadanos sobre su prosperidad futura y la de sus sociedades. Nuevos desafíos emergen en el panorama actual, incluidos los cambios tecnológicos como la automatización y la transformación digital, patrones comerciales cambiantes y tensiones crecientes en la economía global, polarización política y un populismo creciente, así como una creciente preocupación por la desigualdad, especialmente la desigualdad de oportunidades. Para enfrentarse a estos desafíos, la educación de la población es un componente no sólo para la prosperidad económica de los individuos y las sociedades, sino también para la cohesión social. Las investigaciones muestran que el rendimiento educativo de los estudiantes proporciona la base de las habilidades de la fuerza laboral futura, y éste es un determinante principal del crecimiento económico a largo plazo y del bienestar económico futuro».
Ante este panorama dinámico y complejo que compartimos, las sociedades avanzadas deberían exigir a los responsables de sus sistemas educativos un alineamiento sensato con cuatro ejes o vectores básicos de evolución que atiendan esos desafíos principales; ejes orientados hacia un mayor poder cualificador, hacia una mayor inclusividad, hacia una mayor flexibilidad, y hacia una mayor apertura.
El primero de los desafíos, que tanto la globalización como la revolución digital trasladan a los sistemas de educación y formación, consiste en el logro de un elevado nivel de cualificación para todos. Aun cuando en una economía dinámica, que precisa la función adaptativa de una formación permanente, la educación inicial es cada vez menos suficiente es también, y precisamente por ello, cada vez más necesaria. Se requiere que los sistemas educativos, en cualquiera de sus tramos o etapas, cualifiquen; es decir, otorguen a cada persona en formación los conocimientos y las competencias necesarias para desenvolverse con seguridad en la etapa educativa, formativa o laboral posterior. Sólo así cada alumno podrá transitar, con garantías por esa red de oportunidades que se le han de presentar a lo largo de su vida.
El segundo de esos vectores que señalan la necesaria evolución de los sistemas educativos de calidad apunta en la dirección de una mayor inclusividad, entendida aquí como la incorporación en su seno de la práctica totalidad de la población. Y lo hacen a través básicamente de dos tipos de actuaciones: el avance hacia una presencia en el sistema de educación formal de todos los niños y jóvenes, cuando menos, entre los 3 y los 18 años, y el impulso del aprendizaje a lo largo de toda la vida. Y es que existe una evidencia empírica consistente que indica que la formación permanente en la edad adulta es mayoritariamente aprovechada por aquellas personas que parten de un nivel educativo suficiente; nivel formativo que es proporcionado por una educación inicial exitosa, sin la cual los esfuerzos institucionales en favor de una formación a lo largo de la vida resultarán, estadísticamente hablando, ineficaces e ineficientes.
No obstante, como anticipó con lucidez Jacques Lesourne, la inclusividad a la que nos referimos abandona definitivamente ese esquema antiguo, a modo de columna de destilación fraccionada con una sola entrada y múltiples y definitivas salidas a diferentes niveles, para adoptar uno nuevo que permite y promueve múltiples entradas y salidas de los individuos a distintos niveles, en formas diversas y en diferentes momentos de su vida.
Llegados a este punto cabría conjeturar que poder cualificador e inclusividad serían dos rasgos contrapuestos o incompatibles, de modo que si se incrementa la magnitud de la segunda, ha de disminuir, necesariamente, la del primero. Ese es, de hecho, uno de los prejuicios ideológicos que ha estado presente, tácitamente, en la filosofía de la mayor parte de las reformas educativas españolas. Una situación de esa naturaleza nos colocaría en un callejón sin salida ante las demandas de una economía y de una sociedad crecientemente basadas en el conocimiento. Sin embargo, la comparación internacional nos devuelve la esperanza al mostrarnos que los sistemas educativos de alto rendimiento suelen ser también muy inclusivos: un sistema educativo que prepare bien a las nuevas generaciones es capaz de retenerlas en su seno, con mayor facilidad y por más tiempo. En el panorama del siglo XXI, la capacidad cualificadora del sistema educativo se convierte así en la primera de las exigencias de la equidad y en uno de los pilares fundamentales sobre el que desarrollar un concepto de cohesión social que incluye la oportunidad real de participación activa en la vida política, social y económica.
La búsqueda de una mayor flexibilidad es el tercero de los vectores de evolución necesarios para los sistemas modernos de educación y formación; flexibilidad que no ignora las exigencias de la igualdad real de oportunidades, sino que constituye, más bien, un medio de hacerla efectiva. Para aumentar, a un tiempo, el poder cualificador y la inclusividad –particularmente en los diferentes tramos de la educación secundaria– es necesario, pues, que los sistemas educativos sean suficientemente flexibles.
Como ya advirtió Jacques Delors a finales del pasado siglo, en su conocido informe elaborado a petición de la UNESCO, «(…) un sistema más flexible que permita la diversidad de cursus, de pasarelas entre diversos órdenes de enseñanza, o bien una experiencia profesional y una vuelta a la formación, son respuestas válidas a las cuestiones que plantea la inadecuación entre la oferta de trabajo y la demanda. Un sistema tal permitiría, asimismo, reducir el fracaso escolar respecto del cual cada uno ha de medir el enorme despilfarro de recursos humanos que ha provocado»
Pero el requisito de flexibilidad de los sistemas educativos que se demanda no sólo concierne a los contenidos, a los tiempos y a la organización escolar, sino también a la evolución de la ordenación académica y a su capacidad de adaptación a un contexto cambiante. Esa adaptabilidad del sistema educativo necesita nuevos instrumentos legislativos y nuevos enfoques capaces de dar respuesta a las nuevas exigencias. Si no se dispone de fórmulas de ordenación suficientemente flexibles, que permitan corregir con prontitud los errores detectados, el dinamismo del contexto social y económico terminará por quebrar espontáneamente el corsé normativo, generará desorden en el sistema y acabará por alejarlo de los objetivos requeridos por la nueva situación.
El último de esos cuatro ejes básicos para el avance de nuestro sistema educativo consiste en su necesaria evolución hacia una mayor apertura. En el panorama propio del siglo XXI, los sistemas educativos de calidad no pueden permanecer encerrados en sí mismos, so pena de ignorar los retos de la integración, prescindir de las nuevas demandas de la economía y de la sociedad y de renunciar a su papel decisivo en la preparación del futuro. El intercambio de personas, de conocimientos y de experiencias, y la difusión de las mejores prácticas, validadas por las evidencias en un ambiente cooperativo, permitirán hacer avanzar la educación como institución social hacia mayores cotas de calidad. Ése es el enfoque promovido por la Unión Europea a través del desarrollo de su «método abierto de coordinación», junto con la promoción, mediante sus políticas propias, de la movilidad de los estudiantes, de los procesos de reconocimiento y certificación, de la objetivación del nivel de calidad y de su seguimiento mediante indicadores.
Estos cuatro ejes orientadores deberían inspirar, a modo de marco, las futuras reformas educativas españolas. En ello se ventila la base genérica de nuestra capacidad de acierto.
- Francisco López Rupérez es director de la Cátedra de Políticas Educativas de la UCJC y expresidente del Consejo Escolar del Estado