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Ismael sanz

Por qué los niños tienen que aprender qué es el dinero

La evidencia internacional presentada en un seminario de Funcas y un nuevo estudio sobre Brasil publicado en Review of Economics and Statistics muestran que enseñar finanzas en el aula mejora los conocimientos de los estudiantes y cambia su comportamiento

Los adolescentes de hoy son ya consumidores financieros. Según la evaluación de competencia financiera de PISA 2022, el 86 % de los estudiantes de 15 años de los países de la OCDE había comprado algo por internet en el año anterior a la prueba y en torno al 60 % disponía de una tarjeta de pago o débito. Sin embargo, cerca de uno de cada cinco (18 %) no alcanza el nivel básico de competencia financiera, el mínimo necesario para desenvolverse en decisiones cotidianas sencillas, una proporción en la que España se sitúa en línea con el promedio de la OCDE. Estos datos abrieron el seminario que FUNCAS celebró el pasado 9 de julio sobre la evidencia internacional acerca de lo que saben los jóvenes de finanzas, qué determina sus competencias y qué funciona en el aula, con la participación de la OCDE, el Banco de España, el Politécnico de Milán y la propia FUNCAS.

El peso del origen socioeconómico

Elsa Favre-Baron, de la Dirección de Asuntos Financieros y Empresariales de la OCDE, mostró que la brecha por origen socioeconómico en competencia financiera es muy amplia: 87 puntos de diferencia entre los estudiantes del cuartil más favorecido y los del más desfavorecido, lo que equivale a más de un nivel completo de rendimiento en la escala de PISA (cada nivel abarca 75 puntos). Los estudiantes de entornos desfavorecidos, además, tienen menos autonomía en sus decisiones financieras y hablan menos de dinero con sus padres, dos factores asociados a mejores resultados. Se genera así un círculo que se refuerza: quienes menos oportunidades tienen de aprender practicando son precisamente quienes más lo necesitarían. La escuela aparece como la vía para ofrecer a todos los alumnos las oportunidades que algunos no encuentran en casa. La competencia financiera funciona incluso como un escudo frente a la presión de grupo: los estudiantes con mejores resultados son menos propensos a comprar algo simplemente porque lo tienen sus amigos.

¿Saben menos las mujeres o responden de otra manera?

Margarita Machelett, del Banco de España, presentó un experimento con 6.000 participantes adultos en España que pone en cuestión cómo medimos la brecha de género en conocimientos financieros. En las encuestas habituales, los hombres responden correctamente el 58 % de las preguntas y las mujeres el 49 %. Ahora bien, en torno a dos tercios de esa diferencia se explica por la opción «no sé», que las mujeres eligen el 18 % de las veces frente al 12 % de los hombres, mientras que las respuestas incorrectas apenas difieren entre ambos. Un simple aviso informativo al inicio del cuestionario, animando a evitar el «no sé», redujo esa opción en diez puntos porcentuales entre las mujeres y cerró prácticamente la brecha de género. Buena parte de la diferencia medida refleja, por tanto, distinta confianza al responder, además de conocimiento. Las mujeres saben más de lo que creen saber.

El docente como fuerza igualadora

Gabriele Iannotta, del Politécnico de Milán, presentó los resultados de un ensayo controlado y aleatorizado con 1.500 estudiantes italianos de 5.º de primaria y del equivalente a 2.º de ESO, basado en los materiales de educación financiera del Banco de Italia. Cuando el profesor, formado previamente, imparte los contenidos en clase, los estudiantes mejoran de forma notable, con efectos que duplican el promedio mostrado en la literatura previa sobre programas similares. En cambio, entregar el cuadernillo para que los alumnos lo estudien por su cuenta sin implicar al docente no produce efectos significativos, y los únicos que logran aprovechar el material por su cuenta son los estudiantes de familias de mayor estatus socioeconómico. Repartir recursos sin acompañamiento docente puede, en la práctica, ampliar las brechas. El docente, además de enseñar, actúa como fuerza igualadora.

Efectos que perduran una década

La objeción clásica a estos programas es que sus efectos podrían desvanecerse con el tiempo. La evidencia más reciente apunta en la dirección contraria. Un estudio de Miriam Bruhn (Banco Mundial), Gabriel Garber y Sérgio Mikio Koyama (Banco Central de Brasil) y Bilal Zia, publicado en Review of Economics and Statistics y resumido en el portal VoxDev, hace un seguimiento de un programa que integró la educación financiera en el currículo de los dos últimos cursos de secundaria en 892 institutos públicos de Brasil, con unos 25.000 estudiantes, entre 2010 y 2011. Gracias a los datos administrativos del Banco Central de Brasil, los autores observan el comportamiento financiero real de los participantes hasta nueve años después de terminar los estudios.

Los estudiantes que recibieron el programa recurren menos al crédito más caro: la proporción con deuda de tarjeta de crédito se reduce del 23 % al 21,5 % (un 6,2 % menos) y la de descubiertos bancarios del 11,1 % al 10,2 % (un 8,1 % menos), con mejor comportamiento además en la devolución de sus préstamos. El programa también influye en las decisiones laborales: los participantes tienen un 10,2 % más de probabilidad de ser propietarios de una microempresa. El ahorro anual en intereses compensa el coste del programa en unos cinco años, lo que lo convierte en una intervención rentable. Hay, por último, una lección metodológica: a corto plazo el programa había aumentado el uso del crédito, probablemente porque los jóvenes experimentaban con las herramientas recién aprendidas. Las evaluaciones inmediatas pueden infravalorar el impacto real de la educación financiera.

Calibrar la confianza

Francisco Rodríguez, director de Sector Financiero y Digitalización de FUNCAS y catedrático de la Universidad de Granada, cerró el seminario con una idea que conecta todas las anteriores: además de conocimientos, la educación financiera debe calibrar la confianza. La confianza ayuda a aprender, porque anima a afrontar decisiones y a preguntar, pero la sobreconfianza conduce a asumir riesgos que no se comprenden. Los experimentos de FUNCAS con inversores en criptomonedas muestran que los más jóvenes combinan los mayores niveles de sobreconfianza con los menores conocimientos financieros. Enseñar a cada persona dónde están sus propios límites forma parte de la educación financiera.

La evidencia acumulada, desde PISA hasta los ensayos aleatorizados de España, Italia y Brasil, dibuja un camino claro: integrar la educación financiera en el currículo, formar y acompañar a los docentes, implicar a las familias y evaluar los resultados de manera continua. España ya ha confirmado su participación en la próxima evaluación de competencia financiera de PISA, en 2029, que incorporará los nuevos riesgos digitales, de los fraudes electrónicos a la inteligencia artificial. Será la ocasión de comprobar si estos avances de la investigación llegan a las aulas.