15 de agosto de 2022

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Paula Andrade

El perfil

Arnaldo Otegi, la mano que mece la tumba

El «cuarto vicepresidente» de Sánchez es indispensable para entender los cuatro años que ahora se cumplen de Gobierno en España de la coalición entre el PSOE y Podemos

Arnaldo Otegi se resume en un pasaje. Ocurrió en una entrevista de Jordi Évole, el comunicador que mejores testimonios busca para respaldar el relato propio que ya tenía previamente decidido: él llega a unas conclusiones y, a partir de ahí, busca desesperadamente relatos que la certifiquen, invirtiendo el orden razonable del periodismo. Primero se tienen las preguntas, y luego se obtienen las respuestas.
En aquel encuentro, el líder histórico de Batasuna y de ETA explicó dónde estaba mientras sus amigos asesinaban a Miguel Ángel Blanco tras retenerlo durante dos días y ejecutarlo poco a poco: «En la playa, con la familia, como cualquier día normal».
Ahora Arnaldo pasa por hombre de paz en un curioso fenómeno que ha convertido en discurso formal del PSOE sanchista lo que antes era un relato residual de su hombre en el País Vasco, Jesús Eguiguren, el primero en presentar al icono abertzale como un incomprendido soldado del amor.
El maquillaje a Otegi es, en realidad, el disfraz que Sánchez tiene que ponerse para camuflar el siniestro carnaval que ha organizado para intentar él seguir siendo la reina: si no adecentaba primero a su nuevo socio, su sociedad se parecería aún más a la Ndrangheta, la cruel versión calabresa de la Cosa Nostra de toda la vida.
No se sabe cuántas cosas es el líder de Sortu, la marca de la vieja HB que coloniza Bildu, la careta de los batasunos de siempre para simular una coalición donde el resto de socios son mero atrezzo de la «Operación disimulo».
Pero una es seguro: un etarra desde que apenas se afeitaba aun pero ya huía a Francia, en 1977 con 19 años, perseguido por temprana afición a la «lucha armada», el eufemismo sangrante que durante años utilizaron los pistoleros para justificar fechorías como la cometida por él mismos en 1979.

Ya no se puede entender ni explicar el Gobierno de Sánchez sin los cambalaches con Otegi, el Gollum vasco que acaricia su tesoro sin condenar el terrorismo

El Gordo, como le llamaban, secuestró en compañía de El Bigotes a Luis Abaitua Palacios, ingeniero, director de la planta de Michelin en Vitoria, de 48 años, casado y con seis hijos. Le taparon la cara con algodones y gafas y, durante diez días, le mantuvieron enterrado en una especie de fosa de apenas dos metros de profundidad, cavada en el monte de Elgóibar, el pueblo del propio Otegi.
Por ese delito fue condenado en 1989 por la Audiencia Nacional (la primera de una larga lista de varapalos por delitos de terrorismo en distintas modalidades), apenas tres años antes de que su víctima falleciera a temprana edad y dejara una herida en la familia que, como en tantos otros casos, es imborrable: uno de sus hijos, tiempo después, seguía contando cómo a su padre, durante el cautiverio, le obligaban a jugar a la ruleta rusa con una pistola de verdad.
Ahora Otegi apuesta por la desmemoria selectiva, sin renegar de nada, con calculados mensajes de pesar por el dolor causado que no incluyen nunca una condena de la violencia pero son suficientes para que Sánchez le haya convertido en el «cuarto vicepresidente» del Gobierno, sin cargo oficial pero con toda la influencia del cargo que también se le concede a Junqueras, su gran compañero de armas, ahora políticas.

El 'socio' de Sánchez

De él se podrá decir de todo, pero no que miente: ha apostado por Sánchez, y seguirá haciéndolo el tiempo que haga falta, para sacar a todos los terroristas de la cárcel, anteponer el relato de ETA al de sus víctimas y, tal vez, intercambiar favores con el PSOE para que el País Vasco tenga, a no mucho tardar, el primer lehendakari batasuno.
Una reflexión refleja el alma de Otegi, tanto como su imagen en la playa mientras Blanco era asesinado. La pronunció en un libro publicado a su mayor gloria, con el abracadabrante titulo «Otegi y la fuerza de la paz», e iba referida al secuestro del diplomático Javier Rupérez, del que él mismo fue sospechoso:
«Ahora Javier Rupérez anda diciendo a la prensa que yo debo decir si le secuestré o no. Bueno, él, que preside la Internacional Democristiana y que es el paladín del Estado de derecho y de la Justicia, tiene que reconocer que fui absuelto en este juicio. Por lo tanto, yo no le secuestré. Por lo menos eso es lo que dice el juez de la Audiencia Nacional, que a mí no me merece ningún crédito, pero que a él sí que habría de merecérselo».
Casado con Julia Arregi, padre de dos hijos que a él sí le han visto crecer, Otegi quiere sentirse el «Gerry Adams vasco», pero su trayectoria le asemeja más a un perverso personaje de la ficción: aquel Gollum que soñaba con acariciar «su tesoro». Y el mapa para encontrarlo quizá termine dándoselo Pedro Sánchez.
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