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Reconstrucción del crimen de Miriam Vallejo EUROPA PRESS 17/7/2025Europa Press

Crímenes famosos sin resolver (1)

El crimen de Meco: el asesino de Mimi aprovechó que paseaba sola con sus perros para acuchillarla

La Guardia Civil detuvo a un sospechoso, su compañero de piso, pero la justicia estableció que las pruebas era insuficientes

La noche en la que Mimi fue apuñalada la luna estaba en fase creciente, casi llena, salvo por un leve mordisco que le impedía ser completamente redonda. En el cielo surcaban algunas nubes dispersas, que aleatoriamente dejaban pasar algo de claridad. Tras la puesta de sol el frío se había hecho consistente, hasta denso.

En ese contexto ambiental, trascendental para la investigación, la joven salió de su casa. En ese momento estaba bien. Aparentemente animada. Sin preocupaciones que se conozcan. Aquella tarde noche, justo antes de sacar a los perros a pasear, estuvo conversando con normalidad con un amigo durante unos minutos. Al colgar juntó a los cuatro animales y les puso un collar a cada uno. Los collares eran de reciente adquisición. De esos modernos que se iluminan por la noche. Los eligió de los colores de las fichas del parchís: rojo, amarillo, azul y verde.

Si tomamos como referencia la llamada que hizo a su amigo, Mimi salió de su casa, un chalé de Villanueva de la Torre, Madrid, a las 20.40. La hora es relevante porque aproximadamente diez minutos después, a las 20.50, dos jóvenes la encontraron cosida a puñaladas. Los forenses contaron 24 cortes. Las cuchilladas fueron asestadas con saña en espalda y cráneo. El nivel de violencia alcanzó tal grado que en la última el asaltante partió la punta del machete. Dentro del cuerpo de la víctima la encontraron los forenses. Una prueba más para cercar al asesino, porque ahora los investigadores saben con exactitud qué tipo de cuchillo utilizó el asesino.

Pero ¿qué ocurrió en los diez últimos minutos de vida de Miriam? Según los testigos, ella salió de casa y caminó junto a sus perros dejando a un lado su urbanización y a otro el campo. En aquel lugar se reúnen habitualmente los dueños de canes. Mientras que los animales corren, ellos charlan.

La conversación fue intrascendente. Hablaron del frío, de las coloridas luces de los collares de los perros… siempre amparados por las luces de las farolas que marcan el límite de la urbanización. Las últimas luces de vida habitada. Nadie suele alejarse porque significa adentrarse en la oscuridad y en los miedos que envuelven las sombras. A Mimi eso le dio igual: quería disfrutar de las luces de colores que iluminaban el cuello de los perros. Se separó del grupo y se adentró en la negrura. Allí los collares brillaban con más fuerza porque encendían la noche sin competir con ninguna otra luz.

Hacía tanto frío que la joven justo antes de apartarse y quedarse sola, se calzó la bufanda hasta los ojos y se estiró con fuerza el gorro para que le cubriese bien las orejas. Los otros dueños de perros vieron como se alejaba. A Mimi se la tragó la noche en cuestión de segundos. Los testigos dicen que siguieron su pista a través de los collares de los perros que eran como farolillos, pero que estos también desaparecieron de repente. Una curva y unos arbustos fueron los culpables.

Justo en ese giro alguien asaltó a Mimi. No hubo agresión sexual, ni le robaron el móvil que llevaba en el bolsillo. Nada. ¿Cuál fue el móvil?¿Alguien la odiaba tanto como para asesinarla? ¿Fue un encuentro fortuito con un asesino cruel y despiadado? La Guardia Civil detuvo a su compañero de piso. Sus explicaciones y su comportamiento lo señalaron, pero al final la justicia decidió que no había suficientes indicios contra él. La familia de Miriam sigue esperando respuestas.