Óscar Alzaga posando para su entrevista en El Debate
Entrevista | Portavoz de UCD en la Comisión Constitucional
Óscar Alzaga: «Felipe VI está siendo un rey impecable y afortunadamente va a salvar la institución monárquica»
«Habría que modernizar la Constitución. Lo único es que tienen que dialogar y entenderse los señores del PSOE con los del Partido Popular»
Óscar Alzaga Villaamil continúa escribiendo a sus 83 años. Las dos mesas de su despacho respiran el aire de los archivos, libros y anotaciones que retoman los años siguientes a sus memorias documentadas, La conquista de la transición (1960-1978), editado por Marcial Pons. Y aunque sigue asistiendo a las reuniones de la Asociación para la Defensa de los Valores de la Transición y a la UNED para hablar con los profesores del departamento de Derecho Constitucional, del que es catedrático emérito, se ha alejado de los debates de actualidad, de los que se siente al margen.
Desde sus principios democristianos formó parte de la movilización juvenil contra el régimen y estuvo confinado en un pueblo de la provincia de Soria, formó parte de los inicios de UCD, fue su portavoz en la Comisión Constitucional en la primera legislatura y declinó hasta en cuatro ocasiones las carteras ministeriales, para dejar definitivamente la política en 1987.
Enfocado en el pasado para que no quede en el olvido, invoca el espíritu de la Transición y que «el diálogo es la clave de una democracia de alta calidad» a la que debemos intentar acercarnos.
— Cuenta que después de aprobarse la Ley de Amnistía de 1977, el Gobierno de Adolfo Suárez ordenó destruir los archivos de la Policía Secreta de Franco. ¿Se pretendió quemar la historia?
— Creo que la causa principal y determinante es que quienes habían estado junto a Franco ocupando cargos públicos, en cierta medida, habían tenido que participar en prácticas represivas. En otros países europeos donde hubo regímenes autoritarios, esos cargos públicos no tuvieron continuidad en la vida política. Cuando estuve en la oposición al franquismo, me preguntaban los demócratas cristianos italianos: «¿Cómo se han podido destruir esos archivos? ¿Cómo no se ha podido evitar?».
— Se incorpora a la Facultad de Derecho de Madrid en 1959. ¿Cuándo asumió esas actitudes antifranquistas?
— Fui un estudiante muy estudioso, valga la redundancia. El rectorado de la Universidad de Madrid me daba todos los años el premio de mejor becario. Por ese esfuerzo me eligieron para ser delegado de los estudiantes de la Facultad de Derecho. Y cuando estaba con ese carguito vino a verme la hija del profesor Prados Arrarte, catedrático de Economía, para contarme que a su padre le incoaban expediente sancionador con propuesta de quitarle la cátedra. Ese fue mi primer acto de oposición al franquismo al conseguir, con actitudes muy moderadas, aunque se amenazaba con ir a una huelga indefinida como medida de presión, echarle un pulso al Gobierno. Al profesorado de mi Facultad le agradó esa actitud y me encontré con un respaldo unánime. Con una sola excepción, la de Laureano López Rodó, catedrático de Administrativo, que pidió que se me incoara expediente, mientras otros profesores le decían: «Si a este alumno le he dado matrícula de honor el año pasado. Y tú, Laureano, ¿qué nota le diste?». «También sobresaliente con matrícula de honor», respondió. «¡Qué disparate! ¿Cómo le vamos entonces a expedientar?». El clima que había en la Universidad era desear que se terminara la dictadura y que España pudiera incorporarse de forma natural a la Unión Europea que se estaba gestando.
Óscar Alzaga, en un momento de la entrevista
— ¿Por qué se conoce tan poco el papel de la oposición al régimen de la Democracia Cristiana?
— Este país conoce poco lo que fue la oposición democristiana al régimen de Franco. He conocido como en Italia, que ya tenía una democracia afianzada en aquella época, se explicaba en las universidades todos los aspectos negativos que había tenido el sistema de Mussolini con su régimen fascista. En la Alemania Occidental se hacía lo mismo. Se procuraba que los historiadores entraran en los archivos de la represión para publicar monografías, artículos, y analizar la realidad de la historia de su país. El único país de Europa occidental que ha quemado los archivos de la Policía del régimen durante el periodo autoritario es España. Por eso, los que vivimos aquella época tenemos el deber ético de contribuir a que nuestra sociedad pueda conocer la verdad histórica. Un pueblo desarrollado no puede ser que no conozca la historia de cuarenta años del siglo XX.
— Tampoco se conoce la crucial labor de la Iglesia, que dejó de ser un aval incondicional al franquismo.
— Una modesta iniciativa fue crear la Unión de Estudiantes Demócratas, para que no solo existiera el SEU falangista y la FUDE de orientación comunista. Cuando creamos esta agrupación al margen de la ley empezaron las primeras detenciones y obtuvimos un cierto apoyo del obispo. Y eso hay que reconocerlo, porque es justo y parte de la historia. En España se conoce poco esta labor que fue absolutamente determinante en la conquista de la transición.
— ¿Ha vuelto el lenguaje guerracivilista? ¿De muros contra la derecha, como dijo el presidente, o de que hay que reventarla?
— No diría que se ha vuelto a eso exactamente. Lo que tenemos es un sistema democrático que tiene aspectos muy positivos, como la Constitución, pero quienes están en el Gobierno mantienen una relación de diálogo muy reducida con la oposición. En las cámaras parlamentarias se tienen que debatir los nuevos proyectos de ley y las cuestiones que están en el orden del día, pero es una rareza en España que se vaya al Congreso de los Diputados habiendo buscado entendimientos o acuerdos entre la oposición y los partidos que respaldan al Gobierno. Hay muy poco diálogo. ¿Tenemos una democracia? Sí. ¿Esa democracia responde a los parámetros de las democracias europeas desde el punto de vista técnico, jurídico, constitucional? Sí. Pero, desde el punto de vista de la realidad de las dinámicas políticas cotidianas, me temo que España es un ejemplo de escasísimo diálogo.
En Europa no se practica esta falta de diálogo y de búsqueda de consenso que tenemos en España
— ¿Falta ese oasis que fue Cuadernos para el diálogo?
— Fue una revista verdaderamente importante en su contribución a un diálogo permanente durante los años previos a la Transición entre los diversos grupos de la oposición y los sectores más moderados del franquismo. El diálogo es esencial e imprescindible. Teníamos un consejo de redacción en el que estaba representado el espectro de las actitudes políticas que había en nuestra sociedad. Joaquín Ruiz-Giménez hizo una tarea que hay que agradecerle. Y aprovecho esta ocasión para reconocérselo una vez más.
—En ese consejo de redacción también estaba Gregorio Peces-Barba, que no quiso liderar la Unión de Jóvenes Democristianos y luego giró hacia el PSOE.
—Fue Gregorio quien me incluyó en el consejo de redacción y de administración de Cuadernos, porque Ruiz-Giménez le preguntó si había alguien más que debía estar. Y le respondió: «Sí, el delegado de los estudiantes de la Facultad de Derecho». Cuadernos para el diálogo desempeñó un rol difícil de entender para los jóvenes de hoy, que no saben que hubo una oposición demócrata cristiana muy significativa. Era una revista que no tenía información de lo que pasaba. Era una revista de pensamiento, sin fotografías, con artículos que reflejaban normalmente posiciones diversas sobre un mismo tema, que se pedía a gente que estaba más a la izquierda o a la derecha. En las reuniones del consejo de redacción, no diría que era un pequeño parlamento, pero se acercaba bastante. Era algo único en la España de la época.
—Igual que usted con Adolfo Suárez y Leopoldo Calvo-Sotelo, Peces-Barba renunció a ser ministro de Felipe González.
— Probablemente, coincidíamos en que no queríamos ser políticos profesionales. A Gregorio y a mí nos gustaba más ser profesores. Y lo compartíamos con ser abogados en ejercicio. Aparte de llevar los casos que nos entraban por la puerta del despacho, teníamos la ocasión de defender a gente que militaba en la oposición al franquismo y a los que Franco les imponía una multa muy grave, les detenía, les metía en prisión o les procesaba el Tribunal de Orden Público. Por entonces, Gregorio defendió más casos de gente que tenía una orientación socialista y quizá eso le facilitó las relaciones de confianza con el PSOE.
— De hecho, Izquierda Demócrata Cristiana consideraba fundamental ir de la mano del PSOE para la recuperación democrática. ¿Ahora sería imposible esa unión con el PSOE?
— Ese era el enfoque de Izquierda Demócrata Cristiana, partido que presidía Manuel Jiménez Fernández, catedrático de Derecho Canónico de la Universidad de Sevilla durante el franquismo, de misa diaria. Cuando cogía un avión a Sevilla para hablar con don Manuel, solía llegar a su casa y me decían: «Estará aún en la Iglesia». Y me acercaba a la parroquia, donde le encontraba de rodillas o sentado en el banco, rezando. «No sabía que venía usted», me decía. «Como tenemos los teléfonos intervenidos, no le he llamado, pero he venido a verle», le respondía. En el Congreso de Múnich, la pieza clave de su organización en el interior fue Giménez Fernández, al que le quitaron el pasaporte y no pudo asistir.
–Tras el estado de excepción de 1969, a usted le destierran primero a Cueva de Ágreda y después le confinan en Almenar de Soria. ¿Cómo lo recuerda?
–No puedes tener buen recuerdo de que te detengan, y que pases la noche previa a que nos confinaran sentados en un banco en la Dirección General de Seguridad. Aunque sí tengo un buen recuerdo de la solidaridad que despertábamos los demócratas cristianos de la época. Cuando a mí me confinan, iba por las mañanas todos los días a misa. A la segunda o tercera vez, el párroco me preguntó: «¿Por qué le han mandado a usted aquí?». Ese párroco se fue a ver al jefe del puesto de la Guardia Civil, como luego me enteré, y le dijo: «Si a Óscar Alzaga le pasa algo, te tendrás que entender conmigo». En aquel pueblo se portaron conmigo de forma excelente.
–¿Hubiera sido más propicio celebrar la conquista de la transición que el año de la muerte de Franco?
–Tengo que serle sincero. No tengo un buen recuerdo del franquismo. Estuve en la oposición democrática al régimen porque creía que había que terminar con aquel régimen a la muerte de Franco. En vida de Franco era imposible. Salía de casa y estaban esperándome en el portal dos policías todos los días. Si me iba al metro, se venían los policías detrás conmigo. Y si me ponía al lado de una puerta de salida, estaban muy preocupados de que no saltara en una estación.
–Con perspectiva, ¿Adolfo Suárez no fue el inmenso error que se anunció cuando el Rey le designó presidente bajo la planificación de Torcuato Fernández Miranda?
–Adolfo Suárez era un señor que había desplegado desde joven una actividad política en el régimen del general Franco. Había estado en los sindicatos verticales, había sido gobernador civil, había ocupado carguitos. Evidentemente, no puedo saber exactamente cómo razonó Torcuato Fernández Miranda para incluir a Suárez como presidente del Gobierno en la terna que se le propuso al Rey. Creo que Torcuato pensaba que Adolfo le iba a consultar, pedir información, apoyo, respaldo. Y Adolfo había llegado a la conclusión de que aquello era inmantenible (sic), por lo que pudimos observar los que entramos en la primera Unión de Centro Democrático. Era un político profesional. Y para conseguirlo le convenía traer la democracia como se había hecho en Europa, pero siguiendo él y sus amigos del Movimiento. Para ello, llegó a la conclusión de que convenía quemar la historia, quemar los archivos. Los gobiernos civiles en la época de Franco eran la clave de la organización policial. Por tanto, Adolfo había estado en la provincia de Segovia teniendo durante el franquismo a la Policía a sus órdenes.
Óscar Alzaga
–¿Cómo se le convenció para que legalizara el Partido Comunista?
–Tuve diálogos con Adolfo y simplemente le expliqué que era imprescindible. En Europa estaba legalizado en todas partes, y no podíamos definir a nuestra manera lo que era la democracia. Si queríamos entrar en Europa había que asumir los principios, las costumbres políticas, las dinámicas, la realidad de las democracias europeas y no era posible decir esta pieza no me gusta, o esta pieza quizá.
–Fue Landelino Lavilla como ministro de Justicia quien le sondeó para aceptar el escaño para qué se volcará en los trabajos constituyentes y en las reuniones nocturnas con los socialistas.
–Tenía una buena relación con Landelino Lavilla, porque había estado en el grupo Tácito, que formábamos la Asociación Católica Nacional de Propagandistas. Cuando Adolfo Suárez me echa para atrás en las listas de Madrid de UCD, que, según las encuestas, iba a quedar próximo a la salida, pero sin salir, se encuentra que empiezan los trabajos de debate de la Constitución y hay un desacuerdo entre los ponentes de la ponencia de la Comisión Constitucional de UCD con los del PSOE. Landelino me llamó a su despacho: «Óscar, los del PSOE dicen que esto pasa porque tú no estás, que contigo se entienden siempre. Quiero que pases a ser diputado, porque tenemos que hacer la Constitución dialogando y conviniéndola con todo el espectro de las fuerzas democráticas». Y le contesté a Landelino: «¡Cómo te voy a decir que no!», porque tenía fama de no aceptar casi ninguna cosa en política. Nada más entrar como diputado constituyente, me llamó por teléfono Peces-Barba: «¡Qué bien, Oscar! Ya estás aquí en la ponencia. ¡Nos vamos a entender!». Después del Congreso de Múnich, los democristianos habíamos tenido innumerables reuniones con el PSOE para hablar de la Transición y estábamos de acuerdo en todo lo que había que hacer.
–¿Habría que reformar la Constitución?
–Habría que no seguir esta práctica que tenemos en España de que solo hacemos una reforma de la Constitución cuando desde la Unión Europea se nos pide que se cambie una cosa, como ha pasado dos o tres veces. Habría que modernizar la Constitución siguiendo la pista de cómo se están actualizando las constituciones europeas. Lo único es que tienen que dialogar y entenderse los señores del PSOE con los del Partido Popular.
–Eso creo que ahora es imposible.
–No tengo nada que aportar, porque lo tienen que hacer ellos. Pero en Europa no se practica esta falta de diálogo y de búsqueda de consenso que tenemos en España.
–¿No se tuvo en cuenta en la Constitución que un presidente pudiera gobernar sin presupuestos?
–En el Derecho Constitucional europeo, si no hay presupuestos, se entiende prorrogados los anteriores. Eso es una práctica jurídica constitucional. Lo que no se puede es paralizar el país un 1 de enero, porque no están aprobados los presupuestos. Unos presupuestos son absolutamente necesarios todos los años. En España, por lo general, el partido que está en el poder tiene poco interés en convocar unas nuevas elecciones. Lo frecuente es que busque terminar la legislatura.
Los españoles nos hemos olvidado del rey emérito. Ya lleva en el exilio muchos años, y no hay ninguna crisis en la monarquía
–Don Juan de Borbón se resistió en un principio a renunciar a sus derechos dinásticos, y su hijo Juan Carlos I tuvo que abdicar. ¿Debe continuar el Rey emérito en el exilio?
–El Rey emérito desarrolló unas prácticas de cobro de comisiones, que son enteramente lamentables, porque un rey no puede hacer eso. Sin embargo, su hijo Felipe VI está siendo un rey impecable y afortunadamente va a salvar la institución monárquica. Los españoles nos hemos olvidado del Rey emérito. Ya lleva en el exilio muchos años, y no hay ninguna crisis en la monarquía, porque la monarquía está encarnada en su hijo, del que no se ha podido decir ni esto. Nada que pueda reflejar un comportamiento incorrecto, ni en materias económicas, ni en la forma de desempeñar el cargo. Todos los días del año es un rey impecable. Creo que los españoles están encantados con una monarquía con el Rey Felipe.
–Usted lideró la escisión de la UCD hacia Alianza Popular, pero sin entrar en el partido de Manuel Fraga, para formar después el Partido Demócrata Popular, del que dimitió como presidente, a petición de sus propios compañeros. ¿Qué ocurrió en mayo de 1987 para retirarse de la vida política?
–Creo que no tengo madera de político profesional. He disfrutado en mi vida siendo un buen catedrático de universidad. Aunque ya estoy jubilado, como es natural, porque tengo 83 años. No quería vivir de la política, quería estar en la vida pública para aportar mis conocimientos, mi esfuerzo y para contribuir al bien común de nuestra sociedad. El político profesional ve las cosas de otra manera. Comprendí que tenía que respetar esa diversa forma de ver las cosas, pero como en el fondo no la podía asumir, decidí que dejaba la política. No me he arrepentido de ello. Y, sin embargo, quiero creer que la política en España puede mejorar siguiendo los modelos de las mejores democracias europeas. Me gustaría que la democracia española se vaya convirtiendo en una democracia europea de alta calidad.
–¿Faltaría escribir sus «memorias documentadas» desde 1978 a 1987?
–Mi libro anterior lo paré cuando llegué a la conclusión de que aquello era muy extenso. Pero ahora sigo escribiendo, un libro más breve, para narrar lo que paso en los años sucesivos hasta el momento en que dejé la política.