Cómo gobernar antes de ganar
A finales de febrero, la única vía plausible no pasa por esperar el desgaste ajeno, sino por construir una moción de censura trabajada, quirúrgica, pero sobre todo, exitosa
Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal, el 10 de febrero de 2026 en el Congreso
Desde Target Point coincidimos en algo esencial con Iván Redondo: España ya no vive en mayorías rotundas, sino en equilibrios inestables, casi barrocos. Pero donde algunos ven empate técnico, nosotros vemos una balanza ligeramente inclinada. Hoy, si uno suma sin apriorismos ni nostalgias, la derecha española rondaría el 52 % del voto válido, mientras el PSOE y su constelación de aliados alcanzarían el 47 %. Nada épico. Nada irreversible. Pero suficiente para entender por qué nadie duerme del todo tranquilo.
En la izquierda lo tienen bastante claro: movilizar ese millón de desmovilizados de Schrödinger actuales no es una quimera sociológica, es un objetivo operativo. En el Barcelona DF se trabaja contrarreloj en algo más prosaico que los grandes relatos: una nueva marca capaz de ordenar el extremo flanco izquierdo de esa España que algunos llaman plurinacional, otros simplemente diversa, e incluso otros, cada vez más, frentepopulista. Si el cartel lo encabeza Rufián o cualquier otro púgil de la misma esquina ideológica, es secundario. La clave es que el ring vuelva a llenarse.
Mientras tanto, en la derecha el espectáculo es otro. Feijóo y Abascal siguen atrapados en una discusión que recuerda más a un duelo de testosterona que a una estrategia de Estado: adelantos electorales, yo he sacado más, tú has bajado, Vox sí, Vox no… quién lidera, quién absorbe, quién resiste. Mucho perímetro, poco centro de gravedad. Y en esa pelea, el tiempo –ese votante silencioso– suele tomar partido. Lo vemos hoy, por ejemplo, en Zaragoza, donde una nueva alternativa como SALF obtuvo casi un 3 % y literalmente se quedó a 300 votos de entrar por Zaragoza. Son simples movimientos, que nos explican lo frágil que es el techo de los partidos en el lado derecho. ¿Recuerdan Ciudadanos? Prefiero no hablar; ya lo advertimos en su día y sucedió. Ni centro, ni derecha ni izquierda; se llama palanca de utilidad.
En la sala de máquinas de Génova 13 parece complicado asumir que ganar para gobernar sin crispar la calle exige imaginación política. Y hoy, a finales de febrero de 2026, la única vía plausible no pasa por esperar el desgaste ajeno, sino por construir una moción de censura trabajada, quirúrgica, pero sobre todo exitosa. No como gesto, sino como antesala. Es difícil, ninguna fue fácil, pero no imposible.
Devolver a Sánchez una moción para la que los números hoy no dan, pero bien explicado, quién sabe, es muy evidente que quien la consiga se corona. Gobernar unos meses para desactivar miedos, rebajar decibelios y llegar a unas generales con el terreno emocional menos inflamado. ¡Que viene la extrema derecha! No, oigan, que ya está, y no ha pasado nada como cuando gobernó Doña Carmena en Madrid, la famosa extrema izquierda, bien camuflada e integrada en el corpus nacional (¿estatal?) de España, al menos representada por aquella buena señora, y seamos serios: menos aún pasará con la super mega hiper extrema derecha, liderada por un ex-PP como Abascal.
Tal vez alguien debería explicarle a Alberto Núñez Feijóo –con la pedagogía que requieren las conversaciones serias– que cuando llegue julio de 2027 el tablero puede ser muy distinto. Si la alternativa pasa por gobernar con Vox, el precio no será solo programático ni de reparto de consejerías, será psicológico. Imaginen la primera exigencia simbólica de los verdes: cuestionar el estatuto vasco, o el catalán, o incluso el navarro. A partir de ahí, poco importará quién gobierne aquellos territorios. El marco mental ya estará fijado, y el adversario (la izquierda) habrá ganado el relato sin necesidad de ganar la votación. ¿Esto se lo han contado a Don Aitor Esteban para que se lo cuente a su «conservador» electorado o sigue con el miedo de que Bildu le sorpasse?
Y ahí está el punto ciego. La derecha española no solo tiene dificultades para ganar el relato; a veces parece no comprender que el relato es, ante todo, psicología colectiva. Si detonaran la etapa Sánchez mediante una moción breve y ordenada, el ruido en la calle se disiparía con el tiempo. El miedo a la extrema derecha se diluye cuando deja de ser hipótesis y se convierte en rutina imperfecta. Y unas elecciones convocadas pocos meses después encontrarían a un electorado menos asustado y más pragmático.
Puede que Iván Redondo, en el fondo, no discrepe tanto. Su manual habla de inercias, techos y elasticidades. El nuestro añade una nota al margen: en política, los empates rara vez se rompen con más ruido, sino con mejores tiempos. Y en esa partitura, España sigue siendo menos una batalla final que una larga partida de ajedrez donde, a menudo, gana quien entiende antes que esto no va de fuerza, sino de nervio.
- José Manuel San Millán es socio fundador de Target Point