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José Manuel Albares

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Albares, el nuevo Gandhi del régimen

El ministro es hoy uno de los defensores de la «posición soberana de España» frente a Washington. Ha devenido patriota. Lástima que no haya esgrimido ese sentimiento tan admirable ante Puchi, Otegi y Junqueras, personajes por los que se humilla ante las cancillerías europeas

«Será la portavoz de la Casa Blanca, pero yo soy el ministro de Asuntos Exteriores del Gobierno de España». Palabra de José Manuel Albares Bueno (Madrid, 54 años) en la mañana del pasado jueves. Le preguntaban en la cadena Ser por las declaraciones de Karoline Leavitt que, en nombre de Donald Trump, apuntaban a que el Ejecutivo español estaba empezando a colaborar en la operación contra Irán tras negar el uso de las bases de Morón y Rota. El Gobierno estaba enredado y enredando con sus propias contradicciones y el canciller español se encocoraba porque la portavoz de Trump contaba justo lo que luego ha ocurrido: España ha mandado su mejor fragata de guerra, no precisamente un spa flotante, para defender a Chipre, socio europeo.

El responsable de la diplomacia española suele tener accesos de ira cuando se trata de defender al sanchismo, cada vez más a la deriva en política internacional. Hace unas horas también telefoneó a su homólogo alemán para reñirle, a propósito de que Pedro estaba muy molesto con el canciller Merz por presenciar, sin defender a España, las invectivas que le dedicó el líder americano a nuestro país, en respuesta al cerrojazo electoralista de Sánchez. También está irritado con Feijóo, porque dice que llamó al secretario de Estado americano, Marco Rubio, y no a él, el mismísimo ministro de su país. Con voz campanuda va enfadado estas últimas horas de tele en tele, ocultando que fue el jefe de Exteriores de Trump el que decidió llamar al líder de la oposición, sabedor de que puede ser el próximo presidente del Ejecutivo. Es tarea difícil de sostener la posición aislacionista de Pedro porque es incompatible con nuestras lealtades europeas, pero Albares siempre está en primer tiempo de saludo e incluso ha convencido al presidente de que él -de nuevo él- le ha convertido en una figura de prestigio internacional.

Con voz campanuda va enfadado de tele en tele, ocultando que fue el jefe de Exteriores de Trump el que decidió llamar al líder de la oposición

El ministro nació en una humilde familia del barrio madrileño de Usera y, gracias a becas y trabajo duro, cuenta su entorno, hizo carrera; pero siempre con la vista puesta en llegar muy lejos políticamente. Y lo consiguió: acabó de ministro de Asuntos Exteriores español, tras suceder a Arancha González Laya, cuyo nombramiento en 2020 le sentó como un tiro, ya que se creía el favorito, tras la salida de Borrell, para ingresar en el Gobierno de Sánchez. Eso vendría después, cuando Laya fue cesada, porque subió la apuesta de una buena progresista trayendo a España en secreto al líder del Frente Polisario y enemigo número uno de Marruecos, Brahim Gali, para ser tratado de la covid en un hospital de Logroño. Enterado Rabat, retiró a su embajadora y lanzó sobre la valla de Ceuta a miles de inmigrantes, entre ellos decenas de menores, lo que sirvió de triste epitafio para la extitular de Exteriores y posibilitó el esperado ascenso del hoy faro averiado del pacifismo en Occidente.

Antes, Albares fue asesor de relaciones internacionales de Pedro Sánchez en Ferraz, mientras este era líder de la oposición. Tras la moción de censura de 2018, Moncloa le nombró consejero dentro del Gabinete de la Presidencia del Gobierno, con rango de subsecretario. Era para Pedro un sherpa (en el argot comunitario, el hombre de confianza que trabaja junto al embajador en las cumbres de la UE). En la icónica foto del Falcon con que nos obsequió Moncloa semanas después de la moción de censura de 2018, había dos elementos inolvidables: las gafas de Top Gun de Sánchez y el flequillo del simpar Albares que, sentado a su lado, le hacía irreconocible; entonces tuvimos una primera imagen del que era su principal asesor diplomático, que hoy ha pasado de las performances sanchistas con gafas de aviador a ataviarse y a ataviarle con la túnica de Gandhi.

Pero, sobre todo, el también conocido como Napoleonchu, será recordado como el ministro de Exteriores que acabó con medio siglo de política exterior española en el Sahara, solo para complacer a Marruecos y servir a los enjuagues de Pedro Sánchez con Mohamed VI. Esa era su plusmarca hasta que cruzó otra línea roja de difícil retorno al culpar a Felipe VI de la ausencia de representación oficial española en la reapertura de Notre Dame. Ese día, los Reyes iniciaban una visita de Estado a Italia y el jefe de la diplomacia española se dedicó, antes de subir al avión, a hablar mal del Rey con la prensa para sacudirse su responsabilidad del desastre de París. Mintió con esa soltura que solo un ministro del régimen puede gastar, escudándose en que no conocía la invitación que había cursado el Elíseo a Zarzuela y al titular de Cultura, Ernest Urtasun.

Será recordado como el ministro de Exteriores que acabó con medio siglo de política exterior española en el Sahara, solo para complacer a Marruecos

En almuerzos privados, el ministro ha verbalizado su intención de pasar a la historia —en reñida competencia con la vocación de Sánchez de hacerlo como pertinaz desenterrador— como el hacedor de una nueva y fecunda etapa en las relaciones de España con su difícil vecino del sur. La prensa oficial argelina no está en eso de acuerdo, y ha tildado en varias ocasiones a Albares de pirómano, grotesco, guiñol y enano, en respuesta a su imprudente discurso vinculando a Argelia con la Rusia de Putin. En su nutrido currículum de desaciertos, también se cuenta el día en que montó en el Falcon a Irene Montero y a las chicas de la tarta, entre ellas a la sentenciada a cárcel por agredir a policías, Isa Serra. La comitiva de Albares pisó suelo norteamericano y a punto estuvo de ser expulsada Serra en la aduana de Nueva York como consecuencia de sus antecedentes penales. El ministro tuvo que terciar para evitarlo.

Sus críticos en el Ministerio de Asuntos Exteriores dicen de él que lo único humilde que tiene es el barrio en el que nació. Exponente claro de la generación del baby boom que tomó el ascensor social para mejorar, José Manuel estudió en Deusto con los jesuitas, terminó dos carreras universitarias, Derecho y Ciencias Empresariales, y entró en la carrera diplomática. Fue cónsul general en Colombia y trabajó en la OCDE. En 2015 ingresó en el PSOE y entonces Sánchez le encargó el programa electoral sobre Exteriores para las generales de diciembre, con un resultado en las urnas perfectamente mejorable. Cuando ocupó nuestra Embajada en Francia, conoció a la madre de sus cuatro hijos, una juez enlace entre París y Madrid durante la lucha contra ETA, con la que ya no comparte su vida.

Obsesionado por la proyección internacional de su jefe, a él y a la falta de pudor del presidente se debe el bochornoso paseo que protagonizó Sánchez en una cumbre de la OTAN en Bruselas persiguiendo a Joe Biden, que le respondió con indiferencia, convirtiendo la imagen en una escena ridícula, impropia de la presidencia del Gobierno de un país serio. Luego le seguirían sus esfuerzos para que la UE reconozca el catalán, el vasco y el gallego como idiomas oficiales: ha mandado cartas a sus homólogos europeos rogándoles que desbloqueen una de las exigencias de Puigdemont para que su jefe se tome el próximo turrón en Moncloa. Curioso, el ministro es hoy uno de los defensores de la «posición soberana de España» frente a Washington. Albares ha devenido patriota. Lástima que no haya esgrimido ese sentimiento tan admirable ante Puchi, Otegi y Junqueras, personajes por los que se humilla ante las cancillerías europeas.

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