¿Más «No a la guerra» y menos Castilla y León?
Cierta izquierda reaccionaria parece hacer suyo aquel «Lejos de nosotros la funesta manía de pensar» de aquel canciller de la Universidad de Cervera al no discernir que el «No a la guerra» es como exteriorizar «No al cáncer», pero este existe, por lo que no basta refutarlo, sino sujetarse a severos tratamientos y cirugías para buscar combatirlo
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en un acto en el Museo del Prado
Pacifista al servicio del expansionismo chino del que es caballo de Troya en Europa, feminista de prostíbulo que favorece a los ayatolás feminicidas y empático hasta insultar a las víctimas de la catástrofe ferroviaria de Adamuz -como antes a las de la dana de las que huyó «el galgo de Paiporta»- con su genérico minuto de silencio del viernes en la Rábida al iniciarse la cumbre hispano-lusa al mes y medio de fallecer 46 pasajeros y sin presencia de familiares que no estaban para bajezas, mientras sus vicepresidentas Montero y Díaz se echaban unas risas, Pedro Sánchez prosigue su guerra doméstica de cara a los comicios del domingo en Castilla y León. Con este objetivo, desempolva el «No a la guerra» de hace 23 años con la Armada escoltando de tapadillo la ofensiva norteamericana contra la teocracia asesina de Teherán y enviando su mejor fragata a abrigar Chipre.
En su juego de la guerra, a «Noverdad» Sánchez le asiste una izquierda pavloviana que, acorde con los experimentos del neurólogo ruso Iván Pávlov, saliva con solo hacerle sonar el silbato y que rebulle incluso detrás de colosales mentiras que, en última instancia, justifica para no hacerle el caldo gordo a la derecha. Ello no entraña novedad, aunque su habitualidad no reste gravedad, en una izquierda totalitaria que, con su intelligentsia a la vanguardia, ha consentido históricamente monumentales mortandades.
Hay ejemplos clarificadores como el del novelista Juan Benet que, a raíz de una entrevista de TVE al Nobel Solzhenitsyn durante su estancia en España en 1976, dogmatizó: «Yo creo firmemente que, mientras existan personas como Solzhenitsyn, los campos de concentración deben subsistir. Tal vez deberían estar un poco mejor guardados a fin de que personas como él no puedan salir.» Todo porque el disidente se había sorprendido de que, en España, tras oír que era una dictadura, se pudiera viajar al extranjero, comprar prensa de todo el mundo o acceder a fotocopiadoras, y que, «si se dieran esas condiciones en la URSS, estaríamos atónitos y diríamos que disfrutábamos de la clase de libertad de la que hemos carecido los últimos 60 años». Benet no admitía tal cotejo, si bien no se traspondría a ninguno de los regímenes comunistas que encomendaba a los otros. Fehaciente de estar «en el lado correcto de la historia», volvería a Región —la provincia de León donde trabajó una década como ingeniero y escenario fabulado de su mejor obra— antes de mudarse de la España tardofranquista a la Rusia soviética de la que era adalid. ¡Qué barata y confortable sale la épica de ver los toros desde la barrera y con entrada de burladero, ejerciendo el victimismo de privilegiado con teta y pan a la vez!
Todo lo instrumentaliza
Dicho lo cual, un vividor de la política como Sánchez lo instrumentaliza todo. Como ese feminismo del «solas y borrachas» con España rodando escaleras abajo en el índice de países más seguros, que dicta leyes que redundan en provecho de los violadores cuyas cifras se triplican, o se gasta el manso en publicidad que mengua medios humanos y pulseras contra el maltrato al grito este 11-M de «No a la guerra», que redunda en favor de la satrapía de los ayatolás tras defender en las Cortes el burka y otras prendas de invisibilización femenina.
No obstante, cierta izquierda reaccionaria parece hacer suyo aquel «Lejos de nosotros la funesta manía de pensar» de aquel canciller de la Universidad de Cervera al no discernir que el «No a la guerra» es como exteriorizar «No al cáncer», pero este existe, por lo que no basta refutarlo, sino sujetarse a severos tratamientos y cirugías para buscar combatirlo. Sin embargo, como advierte Ortega y Gasset en «La rebelión de las masas», cuando el pacifismo se convierte en «nula beatería», amén de generar consecuencias como las registradas en la II Guerra Mundial con el apaciguador Chamberlain, hay políticos sin escrúpulos que arrastran a una boba ciudadanía a creer que es suficiente invocar, al modo de «detente, bala», consignas de pancarta.
Obvian que hay guerras justas cuando la legalidad internacional es parapeto de tiranías que no respetan los derechos humanos de ciudadanos a los que entierran en sangre, al no ser el consejo de seguridad de la ONU ningún club que aplique principios generales iguales a todos, sino que los administra a capricho de potencias con derecho a veto. Pero no solo ellas, sino también Sánchez, que hace un uso reversible del Derecho Internacional, como cuando entregó el ex Sáhara español a Marruecos sin informar a su Consejo de Ministros ni autorizarlo las Cortes.
Sin someter a votación
Para más inri, tiene bemoles que, a la par que fortalece a los autócratas, apele a la legalidad internacional quien infringe la española adoptando resoluciones que se saltan a pídola el Consejo de Ministros y el Parlamento, y con recochineo. Como anunciar que comparecerá en la sede de la soberanía nacional para dar cuenta de sus hechos consumados con Irán, pero sin someterlo a votación, ratificando que gobernaría como un déspota al margen del Congreso. Las Cortes evocan al Consejo Nacional del Movimiento franquista que, según José María Pemán, era «un órgano colegiado que se reúne de vez en cuando para escuchar lo que dice el aconsejado».
Con todo, sus «sancheces» rebasan lo atrabiliario al predicar el supuesto «No a la guerra» cuando el socialismo del siglo XXI español, primero con Zapatero y hoy con él, lleva esta centuria pugnando por ganarle a Franco la Guerra Civil de 1936 con artefactos como la «Memoria histórica» y la «Memoria democrática» para enfrentar a la ciudadanía y separarla por el muro del que Sáncheztein hace divisa. Empero, como le da igual Juana que su hermana, este fin de semana se ha uniformado de patriota en Soria -la ciudad natal de Antonio Machado, según él-, extrayendo del halcón la alcanforada bandera de España.
No es la primera vez que organiza esta opereta ya escenificada en septiembre de 2015 en Santa Coloma de Gramanet. Al final de un mitin, el primer secretario del PSC, Miquel Iceta, urgió «¡Ponedme la bandera de España, por favor!» para acallar a quienes afeaban a Sánchez que no sacara a pasear la gualdirroja cuando marchaba a Cataluña. «Pues esto lo arreglamos en un pispas", aseguró con desparpajo Iceta en consonancia con un Sánchez que, si su permanencia en La Moncloa lo exige, deambularía, tras mercadear la Presidencia con el prófugo Puigdemont, por Las Ramblas con una cinta de la bandera de España en el sombrero como Lerroux, el político populista de mil caras bautizado como «el Emperador del Paralelo» por su maña con las clases populares hasta ser jefe de Gobierno de la II República.
«Menos Siria y más Soria»
Con este marco, la clave estriba en elucidar qué incidencia tendrá el «No a la Guerra» en Castilla y León, más allá de cobijarle a Sánchez de sus corrupciones en un país hecho unos zorros. Para este menester, le ha dado la vuelta a lo que el prócer soriano Jesús Posada, presidente de las Cortes y ministro de Aznar, le trasladara al entonces presidente en una reunión del PP en la que este no dejaba de hablar de política exterior: «Presidente, menos Siria y más Soria».
Hasta ahora, desde el «No a la OTAN» al «No a la guerra», salvo cuando esta campaña se saldó con el macroatentado yihadista del 11-M de 2004 por un factor exterior que nadie quiere desenredar, no ha endosado factura a los Ejecutivos, pero esta vez es un Gobierno de oposición el que agita la protesta. Ello concentrará el voto de la izquierda, si bien la ultraizquierda es testimonial en estos predios, en un PSOE que contiende con una derecha repartida entre el PP —hegemónico en la comunidad los últimos cuarenta años— y un Vox que ronda la cota del 20 %. Ello propiciaría que el PSOE salvara los muebles tras sus naufragios extremeño y aragonés. De ser así, el aparato de propaganda de La Moncloa, sumando los cirios de Vox para investir a los presidenciables del PP, establecería como fallida la estrategia de Feijóo de rallies electorales autonómicos para abatir a Sánchez.
Cumplido ese empeño, Sánchez daría por bien empleado el «No a la guerra», de paso que, como obró con Putin tras la invasión de Ucrania, le endosa a Trump las fragilidades de la economía española, cuyo talón de Aquiles es su dependencia energética al importar casi las tres cuartas partes de lo que consume y que agrava con su sectarismo ideológico para clausurar las centrales nucleares. En todo caso, todo queda a expensas de si los votantes querrán más Castilla y León o más «No a la guerra» y si funciona este espejuelo o es otro cohete de carga hueca como el genocidio palestino del que solo queda recuerdo en las chapas de los activistas de la escena en los últimos Premios Goya, donde su actuación volvió a ser manifiestamente mejorable.