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Imagen de un amanecerEl Debate

Contra el relato

Cuando la muerte es un regalo del cielo

Por primera vez, he comprendido que existe una forma de marcharse llena de paz, de amor y de esperanza

La historia de mi familia podría haber salido de una novela de Gabriel García Márquez. A veces pienso que pertenece más al territorio de la memoria literaria que al de la vida real. Una saga atravesada por guerras, embajadas, magnicidios, exilios emocionales, fe, pérdidas y una extraña dignidad antigua que hoy parece extinguida.

Procedo de una estirpe que desciende de una rama de Rodrigo Jiménez de Rada, el gran arzobispo de Toledo que acompañó la conquista de Las Navas de Tolosa. La familia de mi bisabuela, María Gorosabel y Mendía, oriunda de Mondragón, vivió en primera persona uno de los episodios más dramáticos de la historia de España: el asesinato de Antonio Cánovas del Castillo.

El magnicidio ocurrió en el balneario de Santa Águeda en el valle de Gesalibar de su propiedad. Aquel lugar era refugio de reinas, aristócratas y de lo más granado de la Europa de finales del siglo XIX. Allí se hospedó Isabel II y allí acudía la alta sociedad política y cultural de la época. Hasta que un anarquista italiano, Michelle Angiolino, haciéndose pasar por periodista, se alojó en el balneario y descerrajó varios tiros al presidente del Gobierno en la galería acristalada donde leía los periódicos durante todos sus veranos.

Aquel asesinato no solo acabó con la vida de Cánovas. También marcó el final del negocio familiar. El balneario nunca volvió a ser lo mismo. Con el tiempo terminaría convertido en hospital psiquiátrico de la Orden de San Juan de Dios.

Mi bisabuela se casó después con Alberto Pérez de Rada y Zapata de Calatayud, VII marqués de Zabalegui. Hace apenas unos años recibí un artículo publicado en el Diario Vasco escrito por la hija de un íntimo amigo suyo. Contaba una escena que me impresionó profundamente.

Mi bisabuelo se despidió un día de un amigo en la papelera de Tolosa, de la que era propietario, con una frase extraña:

—Cuando muera, nos veremos en el Valle de Josafat.

Al día siguiente murió repentinamente de un infarto.

Mi bisabuela quedó viuda con ocho hijos y un bebé en el vientre. Aquel bebé sería mi abuela María Dolores. La Nonna. La mujer más fascinante, divertida y entrañable que he conocido jamás.

Vivía justo debajo de nuestra casa. Todas las tardes, al volver del colegio, dejaba los libros tirados para bajar corriendo a verla. Su vida era un torrente inagotable de historias. Y qué historias.

Había perdido a un hijo de siete años. Había sufrido separaciones familiares devastadoras. Había vivido entre guerras y embajadas. Pero jamás perdió la alegría ni la fe.

Se casó con José María Doussinague y Teixidor, nacido y criado en Uruguay gracias a una rama familiar asentada allí. Mi abuelo estudió la carrera diplomática y, al no conseguir el número uno en la primera oposición, volvió a presentarse a la siguiente convocatoria. Cuando lo obtuvo, toda la Escuela Diplomática se levantó para aplaudirle.

La proclamación de la Segunda República les sorprendió en Holanda, donde habían nacido sus dos hijos mayores. Fue el primer diplomático español que dimitió tras la proclamación republicana. Después llegarían la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial.

Vivió el mundo de los espías, las embajadas, las conspiraciones diplomáticas y las tensiones de una Europa en llamas. Como director de Política Exterior defendió la neutralidad española contra viento y marea frente a las presiones de Ramón Serrano Suñer. Lo dejó escrito después en un libro rotundo: España tenía razón.

Pero el gran legado histórico de mi abuelo fue otro.

Durante la guerra organizó operaciones para salvar a comunidades judías perseguidas por el nazismo, especialmente la deportación de la comunidad sefardita de Salónica. Cuando estuvieron a salvo, miembros de aquellas familias quisieron agradecerle su ayuda con regalos que él rechazó. Finalmente aceptó únicamente una fina alfombra tejida a mano que hoy sigue colgada en la pared de mi casa como un testimonio silencioso de aquella gran historia.

La vida diplomática llevó después a la familia a Chile durante diez años. Y allí se produjo otro de esos desgarros que marcan generaciones enteras.

Mis dos tías pequeñas se quedaron con mis abuelos en América, mientras mi madre y mi tía Isabel fueron enviadas a San Sebastián para vivir con mi bisabuela. Su único hermano fue internado con los Jesuitas de Tudela. Eran otros tiempos. La diplomacia separaba familias enteras durante años.

Mi tía Isabel era una gran contadora de historias. Recordaba la incomprensión y tristeza que les sumió de aquella separación hasta el final de su vida: la despedida en lo alto del barco que las alejaba de sus padres rumbo a España. Mi abuela nos contaba las lágrimas que le brotaban en el puerto. Unas lágrimas que emborronaban la tinta con la que escribían madre e hijas desde ambos lados del Atlántico. Aquella relación epistolar que les unió entre San Sebastián y Santiago de Chile solo se vio salpicada de escasas llamadas telefónicas porque era demasiado caro y los largos viajes en trasatlánticos cada dos años que duraban un mes en alta mar.

Después vendrían Roma, la embajada ante el Quirinal, la Santa Sede, las amistades con Victoria Eugenia «Ena» de Battenberg, las fiestas diplomáticas, los relatos de espías en el Hotel Jockey durante la guerra.

Pero lo verdaderamente extraordinario no era aquella vida aparentemente novelesca. Era la educación moral que dieron a sus hijos.

Humildad. Sencillez. Honradez. Fe católica.

En un mundo de privilegios que se desmoronaba, mis abuelos educaron a sus hijos como si lo único importante fuese conservar intacta el alma.

Hasta aquí llega la historia familiar que siempre pensé digna de una novela.

Pero nunca había comprendido verdaderamente qué significa la muerte.

A los diecinueve años mi hermana María apareció muerta en la cama una gélida mañana del once de febrero. Yo tenía un examen de Política aquel día. La vida feliz de nuestra infancia y adolescencia saltó por los aires en segundos.

Mi hermana había sufrido anorexia y bulimia en una época en la que casi nadie diagnosticaba aquellos trastornos. Su muerte me produjo un profundo alejamiento de Dios. No entendía nada. No podía aceptar que una persona buena desapareciera de repente a los veinte años mientras tanta maldad seguía intacta en el mundo.

Mis padres sobrevivieron a aquello con una fortaleza que aún hoy me parece heroica, sobrenatural. Años después mi padre afrontó un proceso lento, doloroso y cruel. Y aquella muerte larga me pareció tan injusta como la fulminante muerte de mi hermana. Hasta ahora, la muerte siempre había sido para mí violencia, desgarro, oscuridad.

Hasta estos últimos meses. Mi querida tía Isabel, mi madrina, el alter ego de mi madre, nos ha enseñado otra cosa. Por primera vez he visto una despedida dulce. Lenta. Natural. Llena de amor. Sin estridencias. Sin miedo. Rodeada de todos los suyos.

He visto cómo una persona se iba apagando despacito, casi de la mano de la Virgen. Ayer apenas podía hablar. Ayer sus seres más queridos le colocaron un rosario entre las manos y comenzaron a rezar junto a ella. Mi prima María Dolores nos envió un audio emocionado contando cómo su madre intentaba seguir el Ave María moviendo apenas los labios. Entonces ocurrió algo difícil de explicar.

Toda la familia, desde distintos lugares, comenzó a rezar el rosario a la vez. Frente al mar, con ruidoso silencio de las olas me puse a rezarlo también. Como si una corriente invisible nos hubiese unido a todos.

Y comprendí por primera vez aquellas palabras del padre Gabriele Amorth sobre lo que sucede cuando alguien reza el Rosario: que la Virgen acude acompañada de coros de ángeles y que la oración abre una luz imposible de comprender del todo en esta vida.

En tiempos donde rezar parece casi un acto clandestino para el oficialismo laicista dominante, hoy me atrevo a escribir algo que jamás pensé pronunciar: Gracias por la muerte. No por el dolor de perder a quien amas. Eso nunca desaparece. Sino porque, por primera vez, he comprendido que existe una forma de marcharse llena de paz, de amor y de esperanza.

Creo sinceramente que mi tía Isabel nos regaló una despedida del cielo. Y estoy segura de que en aquel instante estaban junto a ella la Virgen, un coro de ángeles, con la Santísima Trinidad, la Nonna y el Nonno, su hermano Santiago y todos los que amamos y ya no están.

Por primera vez en mi vida no siento solo tristeza ante la muerte. Siento también gratitud. Y la certeza profunda de que descansa en paz.

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