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De lunes a lunesFrancisco Rosell

León XIV y la pasajera «conversión» del camaleón Sánchez

Asaeteado por la podredumbre, busca ganar tiempo –como luego con el Mundial de Fútbol y las vacaciones estivales– para lanzar otra contraofensiva como la de abril de 2024

El Papa León XIV saluda a Pedro Sánchez en el Palacio RealEFE

En este España que se ajusta a lo predicho por San Agustín de que los reinos que se olvidan de la justicia, de la ley y de la moral degeneran en bandas de ladrones, León XIV, con una estrecha ligazón a este país por sus raíces maternas cántabras y sus inspecciones como prior de los agustinos, deberá ejercer la paciencia que el santo de Hipona imploraba con impaciencia: «Dios mío, dame paciencia, pero dámela ya». De momento, ha debido sentirse reconfortado al certificar «in situ» cómo, en una sociedad que se cree descristianizada y a la que el Gobierno aplica una agenda laicista siendo constitucionalmente una nación aconfesional, más de un millón de fieles asisten a la misa del Corpus en la plaza de Cibeles. Bajo una oficiosidad laica, se mantienen vivas unas brasas que encienden hitos como este viaje apostólico en medio de un renacer de la religiosidad popular.

No obstante, antes de su alocución en las Cortes, el Vicario de Cristo ha reivindicado la cultura del encuentro y del diálogo –signos definitorios de la Transición democrática– para reclamar «una reconciliación y una cooperación más profundas entre las distintas fuerzas de esta Nación» que redunde en su estabilidad y prosperidad. Lo ha hecho atendiendo a la historia de España frente a un guerracivilismo de trincheras o muros como el alzado por Sánchez para investirse en 2023 como primer mandatario español que no vence en las urnas.

Sin embargo, a nadie escapa que, al ser señalado por el juez Pedraz como el «One» de una célula promotora de la «guerra sucia» contra jueces, fiscales, policías y periodistas para proteger «a ciertos miembros del Gobierno o a su presidente» de las consecuencias de su lancinante corrupción, la ocasión la pintan calva para que Sánchez pretenda vestirse de pontifical aprovechando la visita vaticana. Asaeteado por la podredumbre, busca ganar tiempo –como luego con el Mundial de Fútbol y las vacaciones estivales– para lanzar otra contraofensiva como la de abril de 2024. Si antaño auspició aquel acto de profundo amor a si mismo tras ser imputada su cónyuge al reactivar una cloaca que ya le prestó asistencia en las primarias socialistas contra Susana Díaz con una licenciada en el Patio de Monipodio de los ERE andaluces como la fontanera Leire Díez, ahora procurará obrar otro tanto con otros procedimientos y secuaces como en las bandas mafiosas donde nuevos «sottocapos» reemplazan a los caídos, pero sin modificar su ingénita naturaleza delictiva.

Como con sólo negarlo «Noverdad» Sánchez ya lo está afirmando por su nulo apego a la evidencia, su mentís a que sea partícipe de las «andanzas» de Leire Díez, cuyas anotaciones en las agendas intervenidas por la UCO están resultando tan comprometedoras como las grabaciones requisadas al aizcolari Koldo García, han producido el mismo efecto que cuando Tricky Dick («Ricardito el Tramposo») Nixon rebatió ser un delincuente –I am not a crook- al estallar el Watergate. Pese a su gestualidad y aparatosidad en su histórica rueda de prensa de 17 de noviembre de 1973 para transmitir credibilidad, pocos norteamericanos, salvo los recalcitrantes, vacilaron de sus responsabilidades antes de dimitir el 8 de agosto de 1974.

Igualmente con Sánchez con su «que los ciudadanos no tengan ninguna duda al respecto» tras aquella «menuda inventada» que lanzó contra el comisionista Aldama y que se volvió como un bumerán contra él descalabrándolo como le volvería a suceder con una pocera que no habla por boca de ganso habiendo sentado plaza de manera incomprensible en el Gobierno y en el PSOE con aldabas incluidas en la Fiscalía General del Estado y en la SEPI de los rescates amañados. Frente a quienes tornan risible al personaje de Leire Díez para banalizar el cáncer y sacar las castañas del fuego a Sánchez como cada vez que se destapa una de sus alcantarilla, conviene preguntarse qué era lo que opinaban de otros enchironados antes de ser despojados de sus atribuciones o del hoy presidente cuando era pupilo de Pepiño Blanco o meritorio de Susana Díaz que lo usaba de kleenex porque «no vale, pero nos vale».

Leire Díez con Pedro Sánchez en una imagen de archivo

Al ligarse la anotación de Leire Díez de una «Reunión con PS» sobre la fecha «19/02/25» con episodios que se han visto refrendados como las intromisiones en la UCO o la tentativa de adueñarse de la propiedad del Grupo Prisa, tal apuntación acrecienta los indicios de que el máximo beneficiario de las maquinaciones de una trama sufragada por el PSOE estaba al corriente de los complots de la red criminal capitaneada presuntamente por su mano derecha, Santos Cerdán.

Bajo la amenaza de tener que declarar, al menos, como testigo y el posible encausamiento del PSOE por financiación ilegal, Sánchez trata de ser por enésima vez el presidente de las mil y unas caras. Como el héroe de Scott Fitzgerald que se transfiguraba en quienes le rodean y que Woody Allen llevó a la pantalla en su retrato del camaleón humano Leonard Zelig. Así bastaba que pasara unos minutos con un asiático para que sus ojos se rasgaran; que saludara a un obeso para que su estómago se hinchara; que se ubicara junto a un judío para que le crecieran las barbas; o que estuviera en compañía de un negro para que su piel ennegreciera. Ahora, con el Santo Padre, Sánchez se arrogará ser más papista que el Papa –se verá en Canarias con los inmigrantes– a modo de Zelig que se vale de la mentira como máscara. Opera con tal delectación que, más que una herramienta, el embuste ya le es consustancial.

A diferencia del infeliz Zelig, quien se transformaba en el otro para encubrir su patológica inseguridad, su uso constante de la mentira hace conducirse a Sánchez como esos psicópatas que acreditan nula empatía, escasa inteligencia emocional e incapacidad para discernir el bien del mal. En esa desfiguración de valores, los límites éticos son una incomprensible debilidad de los demás para quien blasona de ética al exhibir un falso complejo de superioridad que se manifiesta en irritabilidad al ser contrariado y se trasluce en violencia contenida de su lenguaje corporal.

Como al psicópata no le frenan los argumentos morales o el miedo a producir estragos, ni tampoco el descubrimiento de sus felonías, sino solo la ley, trata de corromperla propiciando que la democracia –desprovista de defensas inmunitarias– decline en tiranía. Dado que la verdad fue la primera víctima del sanchismo antes de arribar a La Moncloa y que concibe la política como una modalidad de guerra, el presidente instrumentaliza cada excepcionalidad para soslayar el control democrático y rebajar la razón de Estado a hacer lo que le pete.

De esta guisa, quien no ha puesto un pie en una iglesia –no asistió al funeral religioso de las víctimas de Adamuz o de la dana de Valencia, como tampoco de la COVID– aparenta una pasajera conversión reincorporándose el miércoles a la comitiva papal para la misa de acción de gracias por la inauguración de la Torre de Jesucristo que pone fin a 144 años de construcción de la Basílica de la Sagrada Familia en el centenario del fallecimiento de Gaudí.

Es más, para no ser condenado, Sánchez se vestiría de cardenal como el duque de Lerma en la España de Felipe III, cuya conducta como valido se escarnecía con una coplilla que, como epitafio de sus 20 años de abuso y mal gobierno, corría por Madrid: «Para no morir ahorcado / el mayor ladrón de España / se vistió de colorado». Si mercadeó la Presidencia con el prófugo Puigdemont, Sánchez no dudaría –si la Iglesia no hubiera extirpado la simonía– de adquirirle tal dignidad a León XIV como Lerma a Paulo V al perder poder. Aquel epítome de la inmoralidad obtuvo el capelo para gozar de inmunidad de forma que, al expirar Felipe III, Gregorio XV y el colegio cardenalicio impidieron su confinamiento por estimarlo «un atentado a la libertad eclesiástica».

Para Don «No me consta», para Don Andanzas Sánchez, la clave estriba en presentarse como víctima, pero venderse como superviviente. Como Berlusconi cuando proclamó hace veinte años en un mitin en Ancona, a orillas del Adriático: «Yo soy el Jesucristo de la política, una víctima paciente que soporta todo, que se sacrifica por todos». En su común falta de escrúpulos, como refiere el historiador norteamericano Gore Vidal en El fin del Imperio, el poder es un fin en sí mismo, cuyo rasgo más importante es el impulso instintivo de prevalecer en el cargo. Por eso, Barcelona bien vale una misa con el Papa.